No consigo recordar cuánto tiempo lleva mi barra de labios tirada en el suelo del baño. Ni tampoco cuánto tiempo llevas hablando del equilibrio, de la soledad necesaria y esas farándulas tuyas. Qué poco me gusta cuando leo entre líneas el ''adiós'' en tus labios, porque es entonces cuando sé que yo tengo que ponerle el punto y final, y la verdad es que carezco de voluntad o libre arbitrio últimamente.
Apunto con cuidado para pisar las baldosas adecuadas de la cocina y llegar hasta la terracita. Saco el paquete de Camel y por un momento creo haber olvidado todo lo que estabas intentando hacerme entender. El problema es que siempre se te olvida que voy unos pasitos por delante, y que no es que no entienda, es que simplemente no me da la real gana entender. Me cuesta y no hay más vueltas de tuerca en este asunto.
Me siento y tú parece como si aún quisieras acompañarme, ya sé yo que no, pero me parece bonito que parezca como si sí.
Resulta que me es indiferente lo que ya sé y tú crees que no sé. Resulta que al final no ha sido para tanto y que no me perfora nada que no me haya perforado antes. La broca es incluso adecuada para el agujero ancestral.
Pues vaya chasco. Yo que pensaba por un momento que las cosas iban a cambiar y que tú las habías cambiado. Qué desastre de magia. Qué encantamientos tan inútiles. Qué desperdicio de tiempo.
Y lo que me parece una broma aún más pesada, lo que me pesa, valga la redundancia, es la no-capacidad.
¿La no-capacidad de qué? La no-capacidad de verme dispuesta a tener que salir de algo o superar nada.
A mi esto se me va antojando como el cigarillo de las bodas y de las ocasiones especiales cuando conseguiste dejar el vicio. Después, cuando llegas a casa y te quitas los zapatos te dices ''¿Otra vez? Otra vez no, que suficiente costó la última''. Pues así es todo el tiempo contigo.
Sé que suena a desfachatez, pero me das pereza. Me das tanta pereza que prefiero hacer como si doliese más que los tragos de la cicuta. ''Vaya mierda'' me repito. ''Pero vaya soberana mierda'' todo el rato.
Es que borrar todo un ejercicio de funciones, con tanto cálculo y tanta gráfica y replantearlo y volver a intentar solucionarlo no es otra cosa que una flagrante hez. Y entonces eso supones para mi, una hez.
Y le doy un par de caladas mientras te miro y pienso que eres una mierda enorme. Y sonrío porque mis pensamientos son tan básicos y sencillos que tú crees que estoy colisionando, como si esto fuese amor verdadero o algo parecido. ''Qué inútil''. Sí, la inutilidad de la soledad. Eso me da cansancio, me desinfla, me pone histérica, ''tanto tanto para nada nada''. Pues así yo no quiero funcionar, pero mucho menos contigo.
Es que es realmente molesto darse cuenta de que has tirado cosas a la basura que sólo vas a poder tener una vez en la vida, poniendo un ejemplo muy tonto y que no tiene nada que ver: el tiempo.
Así que decido no darle más importancia a las cenizas que acabarás recogiendo tú e inhalo por última vez. Me miras como si fuese a reventar hasta el último de tus músculos y te sorprendes.
''Lo siento... ¿Estás bien? ¿dónde vas?'', preguntas como si te hubiese decepcionado mi reacción ''pues a recoger la barra de labios, ¿qué te esperas?''. Y vaya con el invierno, el de fuera y el de dentro. Vaya decepción de supuesto descoloque, que me miro por dentro y sigo igual pero con todo al revés y la cabeza oscura y abismal. No has solucionado nada y me lo has recordado todo. Joder, siempre has sabido la manía irracional y pánico que le tengo al pasado. Ahí, y sólo ahí, supiste ganar una batalla. Las demás que te atribuiste deberías considerarlas, tanto a priori como a posteriori, más que perdidas, hundidas y tocadas.
Jamás te quise admitir que no llegabas a la altura, y eso me ha tenido caminando sobre la cuerda floja, porque tampoco me lo quise admitir a mí misma. Y ahora es cuando se ve el fin de la función ¿no?
Voilà, au revoir, alehop.