Las montañas se alzaban como gigantescos e interminables dedos que rasgaban el cielo con fuerza, como un gran muro, una fortaleza verde que te cuida y te ve, como si fueras de cristal.
Los primeros rayos de sol intentaban penetrar con suavidad las sábanas de nubes que arropaban levemente el horizonte, dejando sólo una estela azul-grana que se disolvía entre los diferentes tonos que se iban desnudando y persiguiendo unos a otros, que bailaban incesantemente con las posiciones solares. La neblina se colaba entre los árboles, los castaños, los helechos, envolvía con cariño y malicia aquel, a mis ojos, paraíso natural. Las hojas se susurraban al oído en un dialecto incomprensible, parecían contar historias de todas las batallas que allí se habían librado, parecían cantarle al pueblo celta, al hidromiel y a las queimadas.
Cada sendero perdido, cada camino vertiginoso, cada rincón redescubierto, hermético de historia, sellado por lo que la mente imagina pero los ojos nunca pudieron ver, lleno de misterio, de enigmas codificados en la piedra pulida, en el aliento gélido amenazante de cada una de las cuevas al encontrarlas, como si quisieran reconocerte y, recelosas, dejarte entrar. Como si te hubiesen visto crecer; las almas ancestrales te hubiesen acunado en las frescas y oscuras noches y los árboles hubieran elaborado con sus respiraciones la melodía que te recuerda de dónde provienes, por cada vez que cerraste los ojos escuchándola. Como si el pantano eterno, agua del mismísimo santo grial, hubiese pulido tu piel dejándola con su propia marca, con el sello que te recuerda a dónde pertenece tu sangre.
Existen sentimientos nacionalistas, patriotismos, lealtad y orgullo por trapos, o como lo llaman, banderas. Existen sensaciones inexplicables como aquella que solo sentimos cuando experimentamos el amor, cuando subimos a una azotea o nos asomamos a un acantilado. Cuando un amigo sale de su casa a las tres de la mañana por ti o tus padres te miran con orgullo y aprobación.
Yo no entiendo de nación, no entiendo de amor ni de fraternidad, admiración o bandera. No, no si ese muro formado por montañas e historias más complejas que la mente humana no me abraza protector mientras la sensación de volver a ser tierra envuelve hasta la punta de los dedos de tus pies.
Sé lo que es el hogar, sé lo que es la familia, sé lo que es raíz y origen, sé de dónde vengo y a dónde voy, sé por qué mataría y qué corre por mis venas, cuál es mi genética. Sé qué me protege y qué me ha visto crecer. Sé a dónde tengo que ir cuando no sepa siquiera de qué o quién estoy huyendo.
Sé a lo que busco, cuando miro hacia atrás. Te miro a ti, Cobas de Valdeorras, te miro a ti, Galicia.