Recuerdo la esperanza de un futuro mejor. La expectativa de una luz. Un camino que seguir con los ojos cerrados.
Recuerdo muchas cosas, siempre recuerdo muchas cosas. Recuerdo las primeras hojas caer con el cambio de estación y toda la gente llenando el espacio y el tiempo... Llenándolo demasiado para mi gusto.
Y de repente veníamos del mismo lugar. Estábamos formados de un material completamente diferente, pero que parecía querer encajar sin margen de error alguno.
Eramos el planeta y su satélite, afectados por la ley de la gravitación universal las veinticuatro horas del día, sí, desde aquel día que se hizo de noche muy pronto y hacía demasiado frío.
Después de todo aquello no tengo demasiadas historias que contar, pero tengo una que vale por todas las que pudieran haber sucedido.
Corrimos tan unidos, tan convencidos. Huíamos de mil cosas, excepto de ti y de mi. Eramos nuestra pequeña excepción, el mar muerto.
Las noches se convertían en días, las horas en minutos, los cafés en el café de después del primero y las palabras en vida. Nos encontramos y el reloj empezó a funcionar.
¿Recuerdas cuando te conté sobre aquel libro? Fuimos algo así, un reloj de madera estropeada, carcomida por la humedad y el tiempo, que fue a parar en manos de quien supo hacerlo girar una vez más.
Hemos sido todos los colores, todos los olores y momentos. Hemos sido cara y cruz, hemos sido todas las caras y las cruces. Hemos vivido y desvivido (por cada uno).
Parece que fue ayer cuando empezamos a ser una casualidad y resulta que hoy no puedo creer en casualidades contigo. Parece que el tiempo no ha pasado por nosotros y, en realidad, nos ha dejado completamente ligados, nos ha dejado sellados, como la gota de agua a un cristal en un día de lluvia: nos vamos deslizando. Nos vamos deslizando sin parar.
Sí, sé con certeza que seríamos capaces de mover el mundo si uno de los dos lo necesitase. Por desgracia, seríamos hasta capaces de bajar a los infiernos. No importa, a fin de cuentas, sigue existiendo el mar muerto.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
domingo, 8 de marzo de 2015
La guerra fría.
Llevo aquí demasiado tiempo... Y no puedo parar de repetirme que tal vez aún no ha sido el necesario.
Y todo lo que ha pasado, ha pasado como sin querer, como sin pedir permiso y a la vez pidiendo perdón, porque sabe que va a desajustarse, porque nunca ha estado realmente en hora.
Así que al final, decido resignarme a estar cayendo, a resbalarme entre tantas horas que han pasado. Me deslizo en desajuste esperando que en algún momento algo me diga que es hora de descansar o de despertarse. Que ya puedo parar. Pero nunca para.
Y siempre está en calma, porque así se siente, y se me encogen los músculos al pensar que precede a la tempestad, y me resigno a mirar, por cobardía o por dejarme llevar.
Después voy examinando milímetro a milímetro el cubículo en el que hemos estado tanto invierno, y creo que no hay nada más seguro que agarrarme fuerte y pensar que no todo puede ir tan mal, y que siempre se me ha dado bien lo de curar y arreglar las habitaciones destrozadas. Pero lo sé. Sé que la mía aún sigue siendo una pena. Sé que voy a tener que dejar de respirar. Sé que va a doler. Sé que me vas a obligar a mirar. Y es esta consciencia de la experiencia y de los miedos irracionales la que quema los días, porque están contados. Así que mientras tanto, voy juntando los desastres para convertirlos en muros impenetrables, voy armando un ejército y convenciéndome de que serás el peor enemigo y sabrás donde encajar los golpes, porque conoces la estructura, porque me sabes por dentro, rincón a rincón. Nos vamos a tener que declarar la guerra y ni siquiera sé por dónde empezar a entender eso. Y, quizá, la peor parte sea darme la vuelta y ver que has ganado antes de empezarla. Has ido un paso más allá siendo el caballo de Troya. llevas invadiéndome ya tanto tiempo que sé que me rendiré o me eliminarás. Y lo harás. Pero pase lo que pase, sólo espero que golpees fuerte y que no dejes nada. Que lo hagas bien. Que no vuelva a crecer la hierba.
Y todo lo que ha pasado, ha pasado como sin querer, como sin pedir permiso y a la vez pidiendo perdón, porque sabe que va a desajustarse, porque nunca ha estado realmente en hora.
Así que al final, decido resignarme a estar cayendo, a resbalarme entre tantas horas que han pasado. Me deslizo en desajuste esperando que en algún momento algo me diga que es hora de descansar o de despertarse. Que ya puedo parar. Pero nunca para.
Y siempre está en calma, porque así se siente, y se me encogen los músculos al pensar que precede a la tempestad, y me resigno a mirar, por cobardía o por dejarme llevar.
Después voy examinando milímetro a milímetro el cubículo en el que hemos estado tanto invierno, y creo que no hay nada más seguro que agarrarme fuerte y pensar que no todo puede ir tan mal, y que siempre se me ha dado bien lo de curar y arreglar las habitaciones destrozadas. Pero lo sé. Sé que la mía aún sigue siendo una pena. Sé que voy a tener que dejar de respirar. Sé que va a doler. Sé que me vas a obligar a mirar. Y es esta consciencia de la experiencia y de los miedos irracionales la que quema los días, porque están contados. Así que mientras tanto, voy juntando los desastres para convertirlos en muros impenetrables, voy armando un ejército y convenciéndome de que serás el peor enemigo y sabrás donde encajar los golpes, porque conoces la estructura, porque me sabes por dentro, rincón a rincón. Nos vamos a tener que declarar la guerra y ni siquiera sé por dónde empezar a entender eso. Y, quizá, la peor parte sea darme la vuelta y ver que has ganado antes de empezarla. Has ido un paso más allá siendo el caballo de Troya. llevas invadiéndome ya tanto tiempo que sé que me rendiré o me eliminarás. Y lo harás. Pero pase lo que pase, sólo espero que golpees fuerte y que no dejes nada. Que lo hagas bien. Que no vuelva a crecer la hierba.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)