Y todo lo que ha pasado, ha pasado como sin querer, como sin pedir permiso y a la vez pidiendo perdón, porque sabe que va a desajustarse, porque nunca ha estado realmente en hora.
Así que al final, decido resignarme a estar cayendo, a resbalarme entre tantas horas que han pasado. Me deslizo en desajuste esperando que en algún momento algo me diga que es hora de descansar o de despertarse. Que ya puedo parar. Pero nunca para.
Y siempre está en calma, porque así se siente, y se me encogen los músculos al pensar que precede a la tempestad, y me resigno a mirar, por cobardía o por dejarme llevar.
Después voy examinando milímetro a milímetro el cubículo en el que hemos estado tanto invierno, y creo que no hay nada más seguro que agarrarme fuerte y pensar que no todo puede ir tan mal, y que siempre se me ha dado bien lo de curar y arreglar las habitaciones destrozadas. Pero lo sé. Sé que la mía aún sigue siendo una pena. Sé que voy a tener que dejar de respirar. Sé que va a doler. Sé que me vas a obligar a mirar. Y es esta consciencia de la experiencia y de los miedos irracionales la que quema los días, porque están contados. Así que mientras tanto, voy juntando los desastres para convertirlos en muros impenetrables, voy armando un ejército y convenciéndome de que serás el peor enemigo y sabrás donde encajar los golpes, porque conoces la estructura, porque me sabes por dentro, rincón a rincón. Nos vamos a tener que declarar la guerra y ni siquiera sé por dónde empezar a entender eso. Y, quizá, la peor parte sea darme la vuelta y ver que has ganado antes de empezarla. Has ido un paso más allá siendo el caballo de Troya. llevas invadiéndome ya tanto tiempo que sé que me rendiré o me eliminarás. Y lo harás. Pero pase lo que pase, sólo espero que golpees fuerte y que no dejes nada. Que lo hagas bien. Que no vuelva a crecer la hierba.