No era una noche fuera de lo corriente para estar confesando pecados. Le vi llorar antes de cruzar la puerta de la iglesia de la plaza roja. Sostenía con fuerza un objeto que no lograba reconocer en su mano derecha. No conseguía leer sus facciones pero yo sabía quién era: un mortal más que acababa de descubrir que lo era.
Le observé por minutos, minutos inmensos. Estuve demasiado tiempo viendo como la nada ocurría, además de la pérdida de fe.
Era obsceno presenciar un momento tan íntimo y no supe apartar la mirada ni aún queriendo. Nunca fui criada en ninguna religión, ni en la propia; así que esa falta de respeto simbólica se me antojo idiota e insulsa.
No entendía aquel ritual así que mi empatía se transformaba en morbo y curiosidad, como si estuviese admirando una obra o una escena grotesca e inaudita. Era morboso ver el tambalearse de los pilares más arraigados, a la vez que gratificante.
Hincó una rodilla en el suelo y miró al cielo como anhelando una respuesta. Me pareció que sus ojos se iban a romper o que iba a empezar a convulsionarse en cualquier momento. Sentí mucho frío. Sentí frío en el pecho cada vez que veía como se sumergía en una especie de agujero negro, de espiral sin salida. Y quise gritarle que aquello que veía era la verdad, quise gritar que ese era el final: la nada. Siempre nada. Que era verdad, no hay nada de divino aquí en el infierno. No hay nadie más allá ni más acá para absolvernos de la monstruosidad de nuestra naturaleza. No somos nadie, no somos destino, no hay teleología, no hay salvación para nadie, nosotros somos nuestro propio infierno, toda la vergüenza, todos los remordimientos, las cruces que llevamos a la espalda, no serán perdonadas. Estamos destinados a vagar en vida, que es mucho más doloroso que un supuesto castigo después de ésta. E hinchando los pulmones quise escupir delante de aquellas puertas que no había fe para nadie ni para llevar. Que no había condición, no había nada ahí arriba que perdonase lo que realmente somos pero no queremos ver, y esa sería la peor de las condenas, que nadie va a perdonarnos. Y mientras observaba sus manos aferrarse al musgo húmedo de la piedra de los bancos tan aletargados, quise entender que yo no podía gritar nada de eso. Nadie va a tocarte la frente con el dedo divino para quitarte la etiqueta de animal, pero tampoco nadie te lo confesará.
Y entonces lloré, no sé muy bien por qué.