No tardé mucho en memorizarte como memoricé serendipia la noche en que las estrellas parecían diferentes desde el mundo sublunar.
1460 días después de rumbos nómadas frenéticos caminé distinto cuando descubrí tus pies al lado. También cambié el insomnio por últimos cigarros.
Y se quedaron huellas en cada esquina, búsquedas detrás de cada puerta y de cada despertador. Hay acordes que recuerdan miradas, vueltas a las tres de la mañana y tiempos libres que descubrieron más purpurina de la que esperaban.
No tardé mucho en confesarte que no creía en las casualidades, aunque parezcas la más grande del mundo. No recuerdo en qué momento empecé a ver a través de ti, como si fueses el caleidoscopio que perdí con cinco años y encontré no hace tanto. Tampoco sé en qué momento me acostumbré al sonido de tu voz -tanto que lo guardaría en una caracola-.
Supongo que la vulnerabilidad de las pequeñas debilidades que te he prestado no asusta tanto cuando son tus dedos los que desenredan mis nudos, y respiro tranquila si te veo llegar, aunque me tiemble el pulso cada vez que me giro. Quizá lo que hizo al verano primavera fue ver cómo admirabas mis flores sin querer cortarlas. O que colocases un globo de cristal en las noches más frías.
No tengo ni idea de cómo has convertido las horas en reversibles, ni por qué las respuestas son tan irrelevantes. Jugaría eternamente a las preguntas, sobre todo las noches en que decides desnudarte sin quitarte la ropa. Quizá ese sea uno de tus puntos fuertes. Ese y el lunar de tu mejilla. Hay magias y magias, aunque ninguna se pueda comparar si no se ve sentada entre tus piernas.
Sigo sin saber qué ha pasado, y eso que ha pasado todo. Y no puedo dejar que deje de pasar. Quizá éste sea el vértigo más irresistible que he vivido, pero no tengo miedo cada vez que abro los ojos, porque del uno al qué siempre sale dos.