No era una noche fuera de lo corriente para estar confesando pecados. Le vi llorar antes de cruzar la puerta de la iglesia de la plaza roja. Sostenía con fuerza un objeto que no lograba reconocer en su mano derecha. No conseguía leer sus facciones pero yo sabía quién era: un mortal más que acababa de descubrir que lo era.
Le observé por minutos, minutos inmensos. Estuve demasiado tiempo viendo como la nada ocurría, además de la pérdida de fe.
Era obsceno presenciar un momento tan íntimo y no supe apartar la mirada ni aún queriendo. Nunca fui criada en ninguna religión, ni en la propia; así que esa falta de respeto simbólica se me antojo idiota e insulsa.
No entendía aquel ritual así que mi empatía se transformaba en morbo y curiosidad, como si estuviese admirando una obra o una escena grotesca e inaudita. Era morboso ver el tambalearse de los pilares más arraigados, a la vez que gratificante.
Hincó una rodilla en el suelo y miró al cielo como anhelando una respuesta. Me pareció que sus ojos se iban a romper o que iba a empezar a convulsionarse en cualquier momento. Sentí mucho frío. Sentí frío en el pecho cada vez que veía como se sumergía en una especie de agujero negro, de espiral sin salida. Y quise gritarle que aquello que veía era la verdad, quise gritar que ese era el final: la nada. Siempre nada. Que era verdad, no hay nada de divino aquí en el infierno. No hay nadie más allá ni más acá para absolvernos de la monstruosidad de nuestra naturaleza. No somos nadie, no somos destino, no hay teleología, no hay salvación para nadie, nosotros somos nuestro propio infierno, toda la vergüenza, todos los remordimientos, las cruces que llevamos a la espalda, no serán perdonadas. Estamos destinados a vagar en vida, que es mucho más doloroso que un supuesto castigo después de ésta. E hinchando los pulmones quise escupir delante de aquellas puertas que no había fe para nadie ni para llevar. Que no había condición, no había nada ahí arriba que perdonase lo que realmente somos pero no queremos ver, y esa sería la peor de las condenas, que nadie va a perdonarnos. Y mientras observaba sus manos aferrarse al musgo húmedo de la piedra de los bancos tan aletargados, quise entender que yo no podía gritar nada de eso. Nadie va a tocarte la frente con el dedo divino para quitarte la etiqueta de animal, pero tampoco nadie te lo confesará.
Y entonces lloré, no sé muy bien por qué.
martes, 18 de octubre de 2016
jueves, 16 de junio de 2016
Faltan valientes.
Si cierras los ojos encuentras los colores del alma. Todos
esos colores te hablan de quien eres. Faltan valientes.
Y esos colores son tus raíces. Son azules de fuentes remotas
en las que un día tus dedos jugaron; son negros de noches de viajes observando
las estrellas y la luna que siempre te persigue (hasta cuando cierras los
ojos); son verdes de los montes que tú ya anduviste y en los que imaginaste
mundos paralelos compatibles con la realidad; son rojos de atardeceres comiendo
manzanas robadas del huerto de cualquiera que en ese momento no estaba ahí para
impedirte ser un niño.
Son tus raíces las que te hablan en las horas bajas y te
susurran lo que nadie nunca quiere oír o verse pensar: ¿quién eres? Y esas
raíces se mueren por que las riegues porque faltan valientes que se mojen.
Faltan valientes porque nos han enseñado a temer la libertad
y la libertad está en las raíces. Y el miedo se enreda para hacerte vivir como
si esa fuera tu raíz. Por eso faltan valientes.
Valientes aquellos que supieron quedarse un ratito más.
Valientes los que quisieron libre y se dejaron volar. Valientes los que son más
de amaneceres que de anocheceres. Valientes los que recuerdan que los escalones
se bajan de uno en uno y con el mismo pie, los que comen con las manos y saben
sonreír solos. Los que cogen la vaquera
a las cinco de la mañana y cierran la puerta despacio para no despertar.
Valientes los que baten en tu puerta para decirte con los ojos lo que las
palabras no pueden. Valientes los que aún se emocionan cuando ven a alguien
llorar. Valientes los que sienten la sublimación de estar en la cima.
Quienes cierran el paraguas aunque quede mucho camino a
casa, los que saben cerrar heridas y apuestan por la que podría llegar a serlo
sin mirar la cicatriz. Valiente todo aquel que aprende a respirar y da aire a
quienes se han olvidado de hacerlo.
Valiente todo aquel que es fiel a sus raíces, y el que al
cerrar los ojos encuentra el caleidoscopio de su pequeño principito personal.
Valientes porque se abrirán y qué difícil es querer a un
valiente, que difícil es querer libre, qué complicado es ver a alguien volar.
lunes, 7 de marzo de 2016
Bienvenida.
Me sorprende que vuelvas como de casualidad, como si todo este tiempo que estuviste ausente hubiese sido un suspiro inesperado y fugaz. Y me alegro, y me enfado a la vez. Porque siempre vuelves cuando hace frío aquí dentro y te vistes rápido para no volver a cruzar mi puerta hasta que haga frío otra vez. Seas bienvenida, estás muy cambiada aunque aún reconozco en tus ojos las manchas y las heridas, el tiempo ha hecho su mella en ti también.Cuéntame ese viejo cuento, el del rey y el anillo y esta vez no me asombraré. Cuéntame dónde has estado, aunque, tal vez, tu pregunta sea dónde he estado yo. La verdad, yo tampoco lo sé. ¿Te sorprende? Creí que ya me empezabas a conocer.
Te confesaré algo: te he echado de menos. Es extraño, ¿verdad? Cómo se puede extrañar algo que sabes que sólo aparece cuando uno se resquebraja un poco por dentro. Supongo que ese fue nuestro trato, o más bien ahí fue el punto crítico en el que nos conocimos.
Siéntate por favor, siéntate y mírame a la cara, mírame como nunca lo habías hecho, esto hemos construido tú y yo. Mira mis ojos, ¿están más cansados? Mira mi pelo, mis brazos, mis pies, mis piernas, y los cinco lunares del vientre. Mírame bien por favor, aprehendeme de memoria. ¿Recuerdas la última vez que lo hiciste? No me arrepiento. Son profundas, tócalas. Pero no me arrepiento. ¿Escuchas mi respiración? Sí, mis hábitos han cambiado. Pero no me arrepiento.
Escribe, escribe lo que ves. Cuéntale a todos lo que has visto. Diles que me duelen demasiado los pies, que las zarzas eran más altas de lo que pensaba. Diles que he sentido mucho vértigo, que me ha faltado el aire. Diles que llevo años y años ascendiendo, que mis retinas no aguantan más el sol, diles que lloré, sí, diles que dormí sobre polvo, que mis manos nunca van a poder tocar un piano. Diles que caí, que sangré, que me rompí tres costillas, que pasé las heladas, las noches y subí, sin agua, sin paz. Pero sobre todo diles que, después de todo, no culminé. No, no culminé. Porque yo sobreviví y esta es la cara de un superviviente. ¿La ves? Recuerdala bien, porque pienso volver a subir hasta que el nivel de oxígeno en sangre me vuelva a hacer delirar y, créeme, volveré a sobrevivir.
¿Y tú? Después de todo este tiempo, ¿qué vienes a contarme?
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