domingo, 15 de enero de 2012

Y respirar tan fuerte que se rompa el aire.

Dieciséis treinta: Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. Saint-Exupery.
I, II, III... Volaban las páginas proporcionalmente directas a la ida y venida de las estaciones que permanecían como un vago recuerdo efímero que quedaría atrapado en mi mente por cuestión de tiempo limitado.
Llamadas perdidas registradas: 66445629. ''Siempre llegando tarde''.
Caminé con paso ligero por el andén, uno de los más peculiares de la ciudad de Madrid por temas de los que uno prefiere no hablar. Pero eso ya quedaba demasiado lejos en mi conciencia, buscaba impaciente tu silueta por alguna parte de aquella estación.
Cálida bienvenida, filosofía, política, literatura, waterpolo, anécdotas y pis de pájaro en mi mano. Las manecillas del tiempo volaban, pero nuestras mentes iban cien pasos por delante de nuestros pies. Metrópolis, futuro, y las luces de ciudad. Siempre acompañadas de aquella sonrisa picajosa, comentarios de desprecio junto con miradas de cariño.
Viejas memorias, palabras insondables, Starbucks.
Disimulaba demasiadas sonrisas que ni siquiera notabas ante tus ideas desordenadas. Toda aquella gente que camuflaba nuestra presencia no era capaz de imaginar que escondíamos una gran historia, quizá, ni siquiera nosotros mismos eramos conscientes de cómo habíamos llegado hasta aquel punto. Se que no lo veías, pero la evidencia era clara: te había echado de menos.
Y allí nos encontrábamos de nuevo, surcando pasillos llenos de arte, en los cuales el siempre tenía demasiado que enseñarme. Beatles, Beach boys, The Smiths, Franz Ferdinand, Rolling stones, Los planetas, Love of Lesbian, y demasiado que aprender de un Indiegnado.

A veces cierro los ojos sin que te des cuenta y puedo volver al principio, donde los dedos de los pies eran de las cosas más absurdas que existían. A veces mezclas felicidad con melancolía, haces de la nostalgia un sentimiento más claro que oscuro, haces que Madrid parezca otra ciudad.
A veces la música callejera a tu lado abre más de lo que cerraron demasiadas canciones en mi reproductor. Después de todo, estabas ahí, como si el tiempo no pasase, como si fuese posible que nunca anunciasen en mi estación la palabra 'dolor'.










jueves, 12 de enero de 2012

El verdadero color de la Vía Láctea.

Aún puedo percibir el traqueteo de los radios de aquella desgastada bicicleta. Recuerdo aquel sol color luz que desprendía de ti un inconfundible perfume mezclado con el ir y venir de tus pupilas. Agosto, Junio, Julio, no importaba, hacía calor y te tenía.
Siento aquel olor fresco que se colaba entre la brisa, recuerdo tu sonrisa a contraluz. Tus ojos azabaches que siempre parecían serenos, firmes, divertidos, negros, al fin y al cabo, tuyos.
Siempre tenías algo que enseñar, no importaba qué o cómo, de algún modo nunca cerraba los ojos sin saber algo nuevo que no hubiese rozado un poco el corazón que latía de forma desenfrenada cuando decidías respirar cerca de mis sueños.
Escondiste la racionalidad que me quedaba, como si no fuese lo suficientemente desastrosa y patética con ella, te la llevaste y me invitaste a observar un mundo paralelo al nuestro en tu pecho. Cada latido que quedaba impregnado en mi memoria me asustaba, me inquietaba, ni siquiera me gustaba escucharlo, por el mero suspense de si en algún momento decidiría querer pararse, quedarse en el eco de la eternidad para siempre. Pero ninguna inquietud tenía algo que hacer ante ti, tu siempre tenías demasiadas curiosidades, siempre había alguna estrella que no habías visto antes, siempre me pedías que te contase el por qué de la Vía Láctea, siempre había algo extraño ahí arriba que necesitabas saber, tenías más preguntas de las que tu mismo sabías responder o comprender.
El firmamento era una clara comparación con tu mente, a pesar de tener claro que no había nada más allá de tus dedos, de tu cerebro finito, de tu música y tus letras.
Si en ese justo instante hubiese podido saber quién y qué somos ahora, juro que habría agarrado tu ritmo cardiaco, juro que te habría pedido que te quedases siempre, que lo prometieses, que no me hicieses descansar al lado de tu corazón si algún día iba a dejar de funcionar. Fuiste muy egoísta, sabías muy bien que odiaba aquel tic-tac de los segundos que marcaban tu vida, lo que era o lo que queda de ella, y aún así me hiciste comprender que la vida misma no es más que un engaño sensible.
A veces, me gusta cerrar los ojos e imaginar que sigues ahí, juzgando cuan ingenua he sido siempre, pero, ¿sabes? dejé de serlo, dejé atrás mucho más de lo que algún día llegaste a conocer, y todas las palabras que en algún momento llegaron a significar demasiado para mí, huyeron, cobardes, reacias, adversas, tú te fuiste, yo descubrí el verdadero color de la Vía Láctea.



Para Alberto.