jueves, 12 de enero de 2012

El verdadero color de la Vía Láctea.

Aún puedo percibir el traqueteo de los radios de aquella desgastada bicicleta. Recuerdo aquel sol color luz que desprendía de ti un inconfundible perfume mezclado con el ir y venir de tus pupilas. Agosto, Junio, Julio, no importaba, hacía calor y te tenía.
Siento aquel olor fresco que se colaba entre la brisa, recuerdo tu sonrisa a contraluz. Tus ojos azabaches que siempre parecían serenos, firmes, divertidos, negros, al fin y al cabo, tuyos.
Siempre tenías algo que enseñar, no importaba qué o cómo, de algún modo nunca cerraba los ojos sin saber algo nuevo que no hubiese rozado un poco el corazón que latía de forma desenfrenada cuando decidías respirar cerca de mis sueños.
Escondiste la racionalidad que me quedaba, como si no fuese lo suficientemente desastrosa y patética con ella, te la llevaste y me invitaste a observar un mundo paralelo al nuestro en tu pecho. Cada latido que quedaba impregnado en mi memoria me asustaba, me inquietaba, ni siquiera me gustaba escucharlo, por el mero suspense de si en algún momento decidiría querer pararse, quedarse en el eco de la eternidad para siempre. Pero ninguna inquietud tenía algo que hacer ante ti, tu siempre tenías demasiadas curiosidades, siempre había alguna estrella que no habías visto antes, siempre me pedías que te contase el por qué de la Vía Láctea, siempre había algo extraño ahí arriba que necesitabas saber, tenías más preguntas de las que tu mismo sabías responder o comprender.
El firmamento era una clara comparación con tu mente, a pesar de tener claro que no había nada más allá de tus dedos, de tu cerebro finito, de tu música y tus letras.
Si en ese justo instante hubiese podido saber quién y qué somos ahora, juro que habría agarrado tu ritmo cardiaco, juro que te habría pedido que te quedases siempre, que lo prometieses, que no me hicieses descansar al lado de tu corazón si algún día iba a dejar de funcionar. Fuiste muy egoísta, sabías muy bien que odiaba aquel tic-tac de los segundos que marcaban tu vida, lo que era o lo que queda de ella, y aún así me hiciste comprender que la vida misma no es más que un engaño sensible.
A veces, me gusta cerrar los ojos e imaginar que sigues ahí, juzgando cuan ingenua he sido siempre, pero, ¿sabes? dejé de serlo, dejé atrás mucho más de lo que algún día llegaste a conocer, y todas las palabras que en algún momento llegaron a significar demasiado para mí, huyeron, cobardes, reacias, adversas, tú te fuiste, yo descubrí el verdadero color de la Vía Láctea.



Para Alberto.





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