viernes, 26 de octubre de 2012

The white parts of my eyeballs illuminate.

Siempre lleva la boina un poco torcida y unos bucles deshechos informales. Camina firme, ausente, enreda sus dedos en los cables de su reproductor, los cuales, por algún casual, son del mismo color que sus uñas. Mirada enigmática mezclada con un burdeos bastante inestable. Camina mientras se observa los pies y piensa que hace unos años, se veían más inseguros. Sus manos pálidas siempre resguardadas en los bolsillos, como si fuesen nieve virgen. Efecto Summer.
Cuántas personas han querido descifrar cuántos lunares cubren su piel, y aún ella se sigue preguntando la cifra.
Tiene manías irracionales, como dibujar de forma obsesiva la noche eterna, leer siempre la última frase de cada libro o el café.
Es una soñadora, enamorada de Bécquer. Aún así, vive en un perpetuo invierno.
Sé que no le gusta hablar de ello, pero antes de vencer al insomnio que tanto cariño le ha cogido  y parece no querer dejarla sola nunca, suele cerrar los ojos muy fuerte y piensa que tal vez alguna noche no le coma el vacío que nadie ha sabido llenar después de él. Respira muy hondo e intenta que sus ideas suenen más fuerte que los latidos de su propio corazón. Los detesta. Les tiene un terror inverosímil, pero la razón sólo ella la guarda bajo llave. Suele repetirse: ''jamás dejaré que nadie me encierre en una jaula, nadie pertenece a nadie'', y en el fondo, sigue esperando que alguien roce sus pies congelados por debajo de las sábanas alguna noche. Que alguien intente un ''Glass in the park''al oído, no quiere despertarse sola  nunca más.



lunes, 15 de octubre de 2012

Tercero, justo a la izquierda.

¿Has visto la luna? Se ha quedado escuálida desde hace seis meses. ¿Has visto mis manos? Me pesan.
He estado deambulando sola desenfocando las luces de ciudad y esos monstruos que ya no vas a matar por mi devoran mi estado anímico todas las noches, después de las doce. He estado palpando a tientas las rachas de suerte, pero siempre se tornan complicadas, ásperas. ¿Sabes? me cuesta horrores admitirlo, pero tenías razón y siempre la tuviste. Soy una cabezota, una testaruda, una irracional, intolerante, y a veces debería golpearme cien veces seguidas contra la pared. Pero lo peor de todo es que te he llevado de cabeza por culpa de mis propios quebraderos.

Aún cuando Morfeo llama con tres golpes a la puerta, siento tus manos tibias recorriendo mi rostro, aún siento como respirabas en mi nuca y también el frío de las baldosas que quebraban mis pies desnudos en pleno Diciembre. Se hace la oscuridad en mi inconsciente mientras buscaba tus manos en aquella despensa donde guardabas el pan y alguna que otra sonrisa nerviosa. Mis mejillas prendidas en fuego en noches de incendio. Las mismas castigadas por el frío nocturno corriendo calle abajo por la falta de tiempo y un par de preocupadas reprimendas al otro lado de la puerta sin saber que he estado haciendo algo más que el amor.

Eso éramos. El punto exacto en que la estela de dos aviones se cruzan de manera aparentemente casual. El mundo paralelo en el que la gente vive en los tejados y no en la tierra. Un faro y quien da luz a éste. La respiración entre cortada tras el sprint final en una carretera abandonada cubierta por una oscuridad inescrutable. Un accidental enfrentamiento en medio de un maizal gritando ''bésala''. Eso éramos.

Y, ahora, mordiéndome el alma para no dejarme ir por las palabras, expongo el grave problema: Eso éramos. Eso somos. Eso seremos.
Por suerte o por desgracia, nada, ni siquiera yo misma, ni siquiera tu mismo, nadie, puede cambiarlo. Estamos destinados tú y yo. Estamos condenados tú y yo.