jueves, 22 de noviembre de 2012

Bang, bang

Resbalaba mis pies descalzos por aquellas baldosas, casi de puntillas, casi sin tocarlo, casi sin respiración. Escuchaba cómo contaba desde su habitación, de cero a cien, solía decir, pero yo sabía que a partir del cincuenta devoraba cada oscuro recoveco con la mirada, ansioso por atrapar la mía, escondida en algún recóndito lugar de aquel piso. Una gama de negros y grises se cernía sobre nuestra piel. Amaba esconderme en su bañera, no era la única que elevaba cada poro de mi piel.
Se colaban por mis pulmones el ir y venir de los números, la angustia y el morbo de aquel pequeño juego que se había convertido en un ritual. El vapor de mi cuerpo pegado al mármol grisáceo, casi imperceptible, la respiración entrecortada y una sonrisa picajosa esperando ser devorada minutos después.
Entonces comenzaban los pasos firmes por el pasillo, el temblor que provocaba en mis piernas como consecuencia. Casi aterrador, con única arma aquella sonrisa que me dejaba sin aliento. Capaz de hacer heridas más profundas que una sutil hoja afilada. Podía oír hasta su respiración agitada, tan impaciente como la mía. Y se deslizaba lentamente, como si escuchase mis gritos envasados al vacío, mis pulsaciones aumentaban de forma directamente proporcional a la cercanía de sus huellas. Y justo en el  preciso momento en el que corría lentamente aquella cortina que desvelaba el misterio, todos los colores se fundían en uno, nos retábamos ansiosos con la mirada, aquella mirada, tan enigmática y a la vez descifrable que me atrapaba entre su cuerpo y la pared de aquel baño en a penas segundos. Ahí comenzaba el marcador, empezaba el verdadero juego, en el instante justo en el que los últimos rayos de sol perforaban las persianas y dibujaban los colores del caleidoscopio sobre su tostada y aterciopelada piel, a la misma velocidad que yo la recorría con la yema de mis dedos. A la misma velocidad en la que esos últimos rayos de sol mezclaban nuestra piel desnuda con aquel lúgubre cuarto.


lunes, 12 de noviembre de 2012

Hiding, like everynight.


Hoy no te traigo nada esperanzador Alberto. Hoy no te traigo un alentador ''todo va a ir bien''.
Cierro los ojos, y tras el telón que desciende lentamente, veo las imágenes de mis converse bajas negras totalmente destrozadas, por esas noches reversibles en las que corría tras tu sombra o junto a ella, subiendo con energía aquellas escaleras. Recuerdo las primeras palabras, recuerdo quedarme sin ellas. Sin conciencia, sin consciencia, sin respiración. Recuerdo que desde entonces, no volví a respirar realmente. Recuerdo golpear, golpearme, recuerdo todas las preguntas, no entender que era demasiado tarde y que ya no había respuestas para ti, para mi tampoco. Recuerdo cerrar la llave del agua fría, alternando con la llave de agua caliente, pensando que al menos, podría sentir algo físico. Y tras observar demasiados sucesos demasiado fuertes emocionalmente y personales como para exponerlos aquí, recuerdo dónde dejé exactamente mi alma. Si es que en algún momento la tuve.
Ya han pasado muchas hojas en mi calendario y en mi ventana, pero tú sigues apareciendo en mi mundo onírico, como si nunca hubiese pasado nada, siempre repites ''estoy bien, he estado bien todo este tiempo'' y entonces deseo no despertarme nunca más, pero tu nunca me diste un sólo capricho, y este no iba a ser menos, ¿eh?
Hoy me está pesando el tiempo que perdimos, me están pesando los recuerdos, los ''ya nunca más'', me pesa la vida Alberto, me pesa muchísimo. Te busco dando palos de ciego y ni siquiera puedo sentir tus latidos, aún sabiendo que ya sólo existen en el eco de aquella noche estrellada de verano. He intentado, desquiciadamente, buscarte hasta en los lugares más remotos. He gritado hasta perder mi propio equilibrio, hasta desfallecer. He creído hasta sentir tu respiración en mi nuca.
Hoy me está pesando el tiempo que perdimos y que no vamos a recuperar nunca más. No estás hoy, no volverás a estar. Ya no hay dónde encontrarte, ya no hay más latidos bajo la vía láctea. Ya no hay más veranos, ya no nos quedan más conversaciones, no nos quedan más miradas risueñas ni tampoco me queda más amor disfrazado de odio. Ya no hay más rescates agarrada de tu mano, como si por un momento, fuésemos invencibles. Ya no hay más constelaciones que descubrir.
Hoy no serás tú quien cumpla los diecinueve, no serás tú quien prometa odiarme eternamente ni mucho menos quien, en el fondo, confiese que lo hace incondicionalmente. Hoy beso el suelo de ganas de besarte a ti. ''Feliz'' no cumpleaños, Alberto, agrio como aquel veintiocho.


 ''No matter who you are, no matter where you go in life, you will need somebody to stand by you''

lunes, 5 de noviembre de 2012

Yo intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso.

''No sé por qué me gustan tanto los espejos y los espejismos.
Sé que a los diez años me apasionaban los trucos de magia.
La magia a domicilio con sus instrumentos: el sombrero de doble fondo, la varita con la estrella, el juego de cartas que entre los dedos se metamorfosea en cabeza de cerdo. Sí, sí. 
Todo eso te llegaba en una gran caja de los almacenes. 
Peto, calle de la caravana, cerca del Circo Cíniselli, en San Petersburgo.
Dentro venía un manual de magia que enseñaba cómo hacer desaparecer o cambiar una moneda entre los dedos.
Yo intentaba hacer esos trucos delante de un espejo,
tal como aconsejaba el manual: "Ponte delante de un espejo".
Y mi carita, pálida y seria, reflejada en el espejo, me aburría... Me ponía un antifaz negro que me daba mejor cara; pero nunca llegaba a igualar al famoso mago Mister Merlín,
a quien solían invitar a las fiestas infantiles y de quien yo intentaba en vano imitar el parloteo, frívolo y engañoso, que mi
manual quería que yo recitara para eclipsar mis juegos de manos. Parloteo frívolo y engañoso: he aquí una definición engañosa y frívola de mis obras literarias...
Pero esos estudios de escamoteo no duraron mucho.
"Trágico" es un término muy fuerte, pero hay algo trágico en el incidente que me hizo abandonar esa pasión, relegar la caja al cuarto trastero con los juguetes difuntos y los títeres rotos.
Una tarde de Pascua, en la última fiesta infantil del año,
no pude evitar mirar por la ranura de una puerta para ver cómo iban los preparativos que hacía el señor Merlín para su número de salón.
Le vi que entreabría un secreter para meter tranquilamente, abiertamente, una flor de papel. Y la familiaridad de aquel
gesto era innoble comparada con el hechizo de su arte.
Yo entendía de ello, sabía qué ocultaba el frac ajado de un mago, y qué pueden hacer los magos.
Ese vínculo profesional, vínculo de mala fe, me llevó a revelar a
una primita mía, Mara Jevuska, en qué escondrijo hallaría la rosa que Merlín escamotearía en uno de sus trucos.
En el momento crítico, la pequeña traidora, blanca y de pelo negro, señaló con el dedo el secreter, gritando: "¡Mi primo ha visto dónde la ha metido!" Yo era muy joven, pero ya distinguía o creí distinguir la expresión atroz que contrajo las facciones del pobre mago. Cuento este incidente para satisfacer a mis críticos perspicaces que declaran que en mis novelas el espejo y el drama
andan muy lejos. Porque debo añadir: cuando abrieron el cajón que los niños señalaban entre burlas... la flor no estaba.''