Se colaban por mis pulmones el ir y venir de los números, la angustia y el morbo de aquel pequeño juego que se había convertido en un ritual. El vapor de mi cuerpo pegado al mármol grisáceo, casi imperceptible, la respiración entrecortada y una sonrisa picajosa esperando ser devorada minutos después.
Entonces comenzaban los pasos firmes por el pasillo, el temblor que provocaba en mis piernas como consecuencia. Casi aterrador, con única arma aquella sonrisa que me dejaba sin aliento. Capaz de hacer heridas más profundas que una sutil hoja afilada. Podía oír hasta su respiración agitada, tan impaciente como la mía. Y se deslizaba lentamente, como si escuchase mis gritos envasados al vacío, mis pulsaciones aumentaban de forma directamente proporcional a la cercanía de sus huellas. Y justo en el preciso momento en el que corría lentamente aquella cortina que desvelaba el misterio, todos los colores se fundían en uno, nos retábamos ansiosos con la mirada, aquella mirada, tan enigmática y a la vez descifrable que me atrapaba entre su cuerpo y la pared de aquel baño en a penas segundos. Ahí comenzaba el marcador, empezaba el verdadero juego, en el instante justo en el que los últimos rayos de sol perforaban las persianas y dibujaban los colores del caleidoscopio sobre su tostada y aterciopelada piel, a la misma velocidad que yo la recorría con la yema de mis dedos. A la misma velocidad en la que esos últimos rayos de sol mezclaban nuestra piel desnuda con aquel lúgubre cuarto.
Qué bueno.
ResponderEliminarSoy la de antes, te dejo mi blog por si te quieres pasar..
ResponderEliminarthewordsineverfound.blogspot.com
:)
Me alegra mucho que te haya gustado. Ahora me paso a leer que maquinas tú por el tuyo;)
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