Retorcí aturdida mi anatomía. Dolía. Dolía hasta dejarme sin consciencia por intervalos de escasos minutos. No existían labios rosados ni ojos brillantes, sólo pelo alborotado que dibujaba una tétrica escena en cualquier callejón, del cual ni siquiera recordaba la vuelta, la vuelta a casa. ''Volver a casa significa compartir cama con el monstruo que habita debajo'' me repetí.
Volvían los incesantes pinchazos en la cabeza, ''¿moriré?'' pensé. Yo ya llevaba muerta mucho tiempo como para que aquella cuestión pudiese importarme algo.
El eco de mi respiración cesaba lentamente mientras las pulsaciones hacían su último fade, al compás de aquella intermitente farola. Parecía querer escribir el capítulo más digno de una tragedia de Shakespeare.
Existe un antes y un después en la vida de cada persona. ¿De qué huimos? De los fantasmas del pasado, los que se disfrazan para evitar que descubramos quienes son realmente: nosotros mismos.
Resignarse es perder el pulso. Levantarse es desgarrarse la piel. Esperar es consumirse. Luchar es perder el poder de sentir. No importa de qué forma nos enfrentemos a nosotros mismos, lo realmente importante es saber que seguimos siéndolo.
El paso más vertiginoso, el que decide si seguimos vivos o muertos, no es aquel en el que nos damos cuenta de que nos estamos desangrando, es aquel en el que hallamos el cristal roto en nuestras manos, el cual, encaja de forma perfecta con la profundidad, diámetro y gravedad de la herida.
''No hay nada que temer salvo la propia soledad''.
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