Podía ver a Andrómeda siendo salvada por Perseo, de la misma forma que tú lo estabas haciendo conmigo.
El tiempo jugueteaba entre tus lunares, concretamente entre aquellos que forman la Osa Mayor. Aquél helado belga luchaba contra el calor de una madrugada cualquiera de Julio, aún sabiendo que acabaría siendo derrotado. Sonábamos como un viejo vinilo de Bob Dylan, dos latidos no tan mal acompasados, no tan diferentes.
Te movías por aquella habitación como si respirar fuese fácil. Quería ser el oxígeno que se colase por tus pulmones, quería desenvolverme y deshacerme, pero contigo. Quería ser el último suspiro, pero tuyo. Rozabas con cuidado mi piel, comparándola con la porcelana, me observabas, casi conseguía ser aire, y cicatrizaban las balas, los arañazos, las ventanas rotas y aquellas heridas que supuraban siempre que decidías cruzar el perímetro de necesidad agonizante.
Deseaba que jamás atravesaras aquella puerta, me sentía como un perro a tus pies, pidiendo que aquella noche se hiciese eterna, convirtiéndome en tu nación, dejando mi bandera a un lado sin que tú siquiera fueses consciente.
Lo conseguías, me devolvías el pulso, pintabas, saliéndote de la línea pautada. No había monstruos que matar ni pesadillas oníricas que me persiguiesen. Aparecías como si ya nada nunca más pudiese tocarme, cubrías cada milímetro de mi cuerpo como un eclipse lunar, luz aural.
Y cuando llegaba el momento en el que sólo quedaba la sombra de tu silueta en aquella tela de color rojo apagado, cerraba los ojos, fuerte, tan fuerte como pedía que por algún casual, volvieses, una y otra vez, volvieses, siempre.
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