martes, 29 de enero de 2013

Just follow my yellow light and ignore all those big warning signs.

En el techo de aquel salón podía imaginar cada constelación aferrada a su mito.
Podía ver a Andrómeda siendo salvada por Perseo, de la misma forma que lo estabas haciendo conmigo.
El tiempo jugueteaba entre tus lunares, concretamente entre aquellos que forman la Osa Mayor. Aquél helado belga luchaba contra el calor de una madrugada cualquiera de Julio, aún sabiendo que acabaría siendo derrotado. Sonábamos como un viejo vinilo de Bob Dylan, dos latidos no tan mal acompasados, no tan diferentes.
Te movías por aquella habitación como si respirar fuese fácil. Quería ser el oxígeno que se colase por tus pulmones, quería desenvolverme y deshacerme, pero contigo. Quería ser el último suspiro, pero tuyo.  Rozabas con cuidado mi piel, comparándola con la porcelana, me observabas, casi conseguía ser aire, y cicatrizaban las balas, los arañazos, las ventanas rotas y aquellas heridas que supuraban siempre que decidías cruzar el perímetro de necesidad agonizante.
Deseaba que jamás atravesaras aquella puerta, me sentía como un perro a tus pies,  pidiendo que aquella noche se hiciese eterna, convirtiéndome en tu nación, dejando mi bandera a un lado sin que tú siquiera fueses consciente.
Lo conseguías, me devolvías el pulso, pintabas, saliéndote de la línea pautada. No había monstruos que matar ni pesadillas oníricas que me persiguiesen. Aparecías como si ya nada nunca más pudiese tocarme, cubrías cada milímetro de mi cuerpo como un eclipse lunar, luz aural.

Y cuando llegaba el momento en el que sólo quedaba la sombra de tu silueta en aquella tela de color rojo apagado, cerraba los ojos, fuerte, tan fuerte como pedía que por algún casual, volvieses, una y otra vez, volvieses, siempre.









sábado, 5 de enero de 2013

He shot me down. I hit the ground.

No había oxígeno en mis pulmones.  El dolor punzante y mi mano rígida intentando que no supurase la herida hacía que mis dedos cansados intentasen contener aquel penetrante e insonoro palpito. Resbalé hasta tocar el suelo, las imágenes se distorsionaban. Mis manos ensangrentadas, completamente vestidas de rojo. Hacían un bonito contraste con la palidez inhumana que solía caracterizarme. ¿Un tiro? ¿Quizás alguien en un acto cobarde había decidido embestirme? ¿La adrenalina o la confusión me habían evitado recordar qué era ficticio o qué había pasado antes de encontrarme con aquel charco amargo?
Retorcí aturdida mi anatomía. Dolía. Dolía hasta dejarme sin consciencia por intervalos de escasos minutos. No existían labios rosados ni ojos brillantes, sólo pelo alborotado que dibujaba una tétrica escena en cualquier callejón, del cual ni siquiera recordaba la vuelta, la vuelta a casa. ''Volver a casa significa compartir cama con el monstruo que habita debajo'' me repetí.
Volvían los incesantes pinchazos en la cabeza, ''¿moriré?'' pensé. Yo ya llevaba muerta mucho tiempo como para que aquella cuestión pudiese importarme algo.
El eco de mi respiración cesaba lentamente mientras las pulsaciones hacían su último fade, al compás de aquella intermitente farola. Parecía querer escribir el capítulo más digno de una tragedia de Shakespeare.

Existe un antes y un después en la vida de cada persona. ¿De qué huimos? De los fantasmas del pasado, los que se disfrazan para evitar que descubramos quienes son realmente: nosotros mismos. 
Resignarse es perder el pulso. Levantarse es desgarrarse la piel. Esperar es consumirse. Luchar es perder el poder de sentir. No importa de qué forma nos enfrentemos a nosotros mismos, lo realmente importante es saber que seguimos siéndolo. 

El paso más vertiginoso, el que decide si seguimos vivos o muertos, no es aquel en el que nos damos cuenta de que nos estamos desangrando, es aquel en el que hallamos el cristal roto en nuestras manos, el cual, encaja de forma perfecta con la profundidad, diámetro y gravedad de la herida.

''No hay nada que temer salvo la propia soledad''.