Estoy corriendo, puedo incluso sentir como el corazón me perfora el pecho, me duele, no puedo parar. La última vez sabía de qué huía, y ahora está en todas partes, cuando miro hacia atrás, debajo de mi cama, dentro de ella, ¿soy yo?
Correr sin saber de qué se huye.
Es la misma ciudad, las mismas calles, las mismas luces, se mueven, tintinean, me persiguen y se reflejan en mi piel, una detrás de otra, anuncian el fin de algo que desconozco. Pero ya no queda tiempo, ni siquiera para respirar, ya no queda nada, nunca queda nada.
''Soy el héroe de esta historia, no necesito ser salvada'' me repito.
Siento su respiración en la nuca y no puedo acelerar el pulso. Me arden los pulmones, los ojos. Escupe su canción en mi oído, cuenta de diez a cero, la cuenta atrás, la cuenta final. Casi puedo sentirlo en mis talones, saborea el sudor que resbala por mi frente. Nada, de repente, nada. Todo pasa borroso ¿sabes? Como si hubiesen cambiado la escena sin pedirme permiso.
Una estación de tren. Estoy sola... ¿O no? La reconozco, la corrección con edding negro en el cartel, el río, el camino de vuelta iluminado por cuatro farolas que ni siquiera ahuyentan a las bestias que se esconden dentro. Las dos vías, el manto estrellado bajo el que estoy, las telarañas, el saliente pulido en piedra con un veintisiete grabado. El crepitar de los castaños. La respiración agitada, y el aliento helado que me susurra. Me tiene, y si me giro acabará conmigo, ¿a qué le tengo miedo? Estoy sola, siempre estoy sola. Miro atrás, me giro tan rápido como el orgullo mezclado con falsa valentía me lo permite. Y la veo, se eleva ante mi, ancestral, inamovible, insondable, oscura y tenebrosa: mi sombra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario