Me gustan las cosas rotas. De hecho, mantengo la teoría de que las personas no son más que un ''algo'' roto. Como esos juguetes que esperan demasiado tiempo en una caja de cartón en un trastero o ático bañado de polvo y demasiadas cosas inútiles. No somos más que partes fracturadas de nosotros mismos, a veces unidos por cintas aislantes y remiendos imperfectos apurados en domingos demasiado existenciales. No somos más que un atajo de trastornos psicológicos incubados desde una infancia aparentemente normal. Mendigamos empatía y comprensión por falta de seguridad y capacidad para sacarnos adelante. Ni siquiera estamos programados para sobrevivir solos. ¿Qué clase de vida es esa? Dependemos de cosas tan abstractas e inexplicables como el ''amor'' o la ''felicidad'' y ni siquiera podríamos decir más de dos palabras sin balbucear si nos preguntasen que significado tienen para nosotros. Vivimos apegados a determinadas cosas materiales, a sentimientos, personas, sin tener un documento legal y fiable de que no nos harán daño o abandonarán, aún sabiendo de antemano que será así. ¿Qué clase de sociedad nos rodea? Porque si alguien con un poquito de conciencia y moral pudiese ver esto, lloraría. Lloraría de pena, terror, o de impotencia, y su cara no sería más agradable que ''el grito'' de Eduard Munch.
Sin duda apretaría el gatillo, con la misma facilidad con la que puedo acabar con la vajilla de mi casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario