Hacía semanas que notaba aquella sombra en los ojos, la piel casi transparente, los huesos frágiles y aquella mirada fatigada, la que se perdía en cada grieta de las paredes de aquel magenta en las noches más irreversibles.
Repasaba delicademente las rosas estampadas del colchón con la yema de los dedos, mientras divagaba, como saltando entre ideas, ni siquiera recordaba cuántos días llevaba sin comer algo más consistente que un agrio yogur, ni tampoco recordaba en qué momentos cerraba los ojos para dormir y no para intentar olvidar.
Algunas noches ni siquiera sabía si respiraba. Era entonces cuando comenzaban las imágenes, destrozando cualquier rastro de cordura o salud mental, como si pudieran atravesarle la cabeza y el cuerpo.
Nunca había deseado empezar una guerra, frente a él sus murallas eran débiles, y aquel indestructible orgullo cubierto de hielo abrasador que le caracterizaba las hacía de papel seda. A veces deseaba no haber caído nunca, deseaba no haberse vuelto débil, se daba asco. Solía repetirse ''había sido siempre tan capaz''.
A veces se despertaba, pero nunca sacaba los piés de la cama. Otras sin embargo, se pasaba las mañanas arrancando hojas de viejos cuadernos, con la mirada clavada en el gotelé. Las demás estaban gobernadas por la rutina, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de sentirla.
Dicen que no hay mayor derrota que la de la perdición de uno mismo, su cuaderno de mano siempre tenía trazados a lápiz, pájaros, jaulas, balas.
Se sentía como todas aquellas tarjetas del bingo completamente usadas y tiradas en el suelo de las ferias ambulantes, aunque ella solía formar parte de la magia.
Una tras otra. Las botellas de vino vacías y The Shins endulzando la habitación. El olor a cítrico y la colonia fresca. Los gemidos y las respiraciones agitadas. Las tardes de lluvia y las noches sin dormir. La ciudad a través de sus ojos ebrios, las luces, su portal. El asiento del copiloto y las interminables conversaciones de cocina. Los paseos noctámbulos también. El vapor del amanecer en los cristales de la ventana de su coche.
Los gritos, las noches de insomnio... Las tardes de hastío. Las pesadillas. La cara inexpresiva frente al espejo cada mañana. Las ojeras. Las eternas esperas en la calle, donde nunca aparecía. El tiempo corriendo y ella resbalándose entre sus dedos, o quizá era al revés. El desprecio e impasibilidad que confesaba su vanidad. Siempre tan soberbio. Cada ''no seré yo quien me vaya'' esparcido por el suelo. A veces quería escupir tanto vacío que sentía su cabeza reventar. A veces deseaba golpear tan fuerte su pecho que se deshacía en la necesidad de caer agotada junto a él.
Aquel juego se había convertido en el monstruo que dormía bajo su cama. Entonces deseaba no dormir nunca. Pero siempre recurría al pensamiento irracional de las balas bajo la piel, a pesar de saber que él sujetaba aquel rifle con firmeza. Era enfermizo, auto-destructivo.
Hacía tiempo que caminaba por la cuerda floja, ella y su miedo a las alturas. Recuerdo la frecuencia con la que confesaba cuántas veces había deseado caer al vacío, también mi habitual pregunta. Ella siempre meditaba dos minutos exactos antes de contestar, siempre con aquella sonrisa torcida y la mirada perdida ''Al fin y al cabo, es mi miedo a las alturas lo que me hace sentir viva''.
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