martes, 15 de octubre de 2013

Se necesitan más que alas y huesos huecos para poder volar.

''Estás pensado demasiado'' me repito una y otra vez. Y ese maldito reloj marca la una, y no deja de sonar, una y otra vez ''tic-toc''. No lo aguanto más. Si alguien no lo para lo pararé yo. Y este edredón, odio este maldito edredón. Y la cama, se me está quedando grande, y esas cortinas, y el color de las paredes, y el maldito cuadro de París, y la Coca-cola encima de la mesa. Este maldito perfume, odio este maldito perfume y mi pelo que me asfixia, y el tiempo que no pasa o que no se para. Odio este maldito cuarto. Y ya que me pongo a maldecir, maldigo Madrid, y toda esa gente despreocupada, toda esa masa de gente despreocupada que ni siquiera sabe caminar sin arrollar a las personas, malditas sean todas. Y el edificio de Schweppes. ¿Es que nadie piensa parar todo ese ir y venir de los coches? El ruido, el rojo, el verde, el ámbar, y todos absortos en conversaciones banales e insustanciales, con esas risas escandalosamente picajosas, ¿es que nadie va a decirles algo?
¡Basta! Basta porque alguien debería parar toda esta farsa de gente entre la que ya no sé si hay personas o marionetas, ¿es que a nadie le preocupa? ¿es que a caso algo aquí merece la pena? Porque malditas las avenidas inmensas y las prostitutas de Montera, y el maldito barrio de Tribunal y las azoteas. Y ya vale de fingir síndrome de Stendhal, porque aquí no hay nada de bonito ni de asombroso. Y cuando digo nada, es nada. Ni la desdichada plaza de Sol, ni sus desgraciados artistas, ni ese señor tocando Coldplay, ni las míseras monedas en su funda de guitarra. Porque aquí hace mucho tiempo que las cosas han pasado de castaño a oscuro, y aquí hay más desgracias de las que uno se atrevería a contar, y ya no da para más, no da para más cubrirlas con esta ciudad fantasma que ya nada guarda, no esa magia que me solía hipnotizar. Y ahora que me pongo a maldecir, a lo mejor debería maldecirme a mi misma, porque esta ciudad sigue tal y como estaba, porque nada cambia más que esta necesidad de gritar entre el gentío que se me ha perdido el cuaderno, y las escrituras, y la cabeza, y qué se yo qué más. Y que tal vez maldito el momento en el que empecé a perderlo todo sin querer o queriendo. Y que tal vez maldito el momento en que queriendo o sin querer perdí hasta el suelto en los bolsillos. 


'Si pudiera explicarte todos mis silencios. Sólo son laberintos en los que te pierdo. Viviría por ti, viviría por ti, como viven los valientes'.

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