Es irónico el pasar del tiempo. Como por ejemplo es irónico cómo hace tres años me salvabas y ahora me das la estocada final. Certera, fría, fuerte.
Y me surgen miles de preguntas, pero la única respuesta que obtengo es un olvido desolador, un golpe sordo. Cada espina, cada pequeño arañazo, cada cuchillo por la espalda están empezando a dejar de ser pequeños trámites.
Quizá las malas lenguas tengan razón y no te ha importado, o lo dejé de hacer hace mucho, y todo esto estaba premeditado y falto de excusa hasta que la encontraste. Tal vez todas las adulaciones no eran más que espejos y espejismos. Que todo este tiempo no ha sido más que encerrarse en un cuarto de espejos de todo tipo de lentes, y tú nunca estuviste realmente como decías que estarías.
Es irónico cómo ciegan algunas luces al final del túnel. Que lo inquebrantable se convierta en frágil y enfermo. Que las razones que nos unieron sólo me demuestren que todo acaba siendo polvo y cenizas. Y que lo desconocido se hace conocido en un respiro, y me pesa comprobar que también a la viceversa.
Y todo se quema, todo se incendia, todo lo haces arder una mañana nublada aparentemente rutinaria. ¿Sabes qué es lo mejor de prender fuego? Que durante el proceso es devastador, pero nunca jamás volverás a poder reponer nada, porque nada queda.
Así que, hoy, no pongo la mano sobre el fuego por ti. Esta vez contemplo cómo el crepitar de las llamas consume con fiereza las horas acumuladas, las tardes, las mañanas, los cafés, los paseos eternos, los inviernos malditos y las azoteas.
¿Sabes dónde acaba esta ironía? en ese preciso instante en el que descubro que eres tú quien observa desde el otro lado, y yo quien se intoxica dentro.
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