''Perdona que te moleste... Realmente ni siquiera sé si debería estar escribiéndote esto. Ríete a gusto tú que me conoces, cuántas veces me has oído hablar de la odiada era de la tecnología y qué de veces me lo reprochaste también junto con tus ''cabezota''.
Bueno, ante nada, sinceramente, me gustaría preguntarte cómo te está tratando la vida... Esta vez sí que es una pregunta de esas que dicen que ''si lo sientes, lo haces''.
Tengo que contarte algo gracioso, me acordé de ti el otro día pasando por aquella calle ¿te acuerdas? Esa en la que... Bueno, mierda, estoy dando rodeos como siempre. Joder, creo que debería ir al grano directamente y dejarme de cordialidades, que sí, que también sabes que las odio, los convencionalismos y toda esa basura de principios sociales.
En fin, a medida que vas leyendo palabra tras palabra supongo (y espero) que tu intriga habrá ido en aumento paulatinamente. Seré yo quien le de fin si es que hay algo de interés por tu parte.
Mira, no estoy bien... (es gracioso pensar que cuando leas esta última confesión de algún modo pensarás en lo paradójica que es la vida, ¿eh? seguro que hasta sientes algo de entusiasmo). Y antes de que me puedas preguntar para saber (tanto con interés falso como sincero) me gustaría pedirte que no lo hagas.
No estoy bien y punto. No estoy bien en muchos aspectos, ya que tu sabes que yo nunca he estado bien del todo en ningún momento, pero creo que eso es plato de buen gusto para el psicólogo y nada más.
Podría quedar descarado, pero si alguna vez te lo has preguntado, sí, yo también sigo pensando que hemos dejado aquel banco muy abandonado. Pero bueno, ese no es el tema (ya ves que no pierdo la costumbre de irme por las ramas; qué bien se me ha dado siempre divagar y qué poco te gustaba la mitad de las veces; tú que siempre necesitabas colarte dentro, saberlo todo). El tema es que necesito compartir ciertas cosas contigo, cosas como la libertad de sentirse uno mismo y, vuelta a la paradoja, quién mejor que tú.
No pido robarte la tarde entera, la noche o la mañana; sólo un par de horas ¿eh? como en los viejos tiempos. Y ahora, si sigues leyendo, te preguntarás que qué quiero en ese par de horas. Mi propuesta es simple: el columpio. Sé que no lo has olvidado. Así que, más como persona que como nada, te pido que me lleves, que no preguntes, que lo dejes estar y que estemos allí. Me subiré como he hecho otras veces y tendrás que columpiarme como has hecho tú otras tantas. Nada más. Ni siquiera hace falta fingir.
Sé también que no te preguntas por qué el columpio, porque cuantas veces me escuchaste gritar ''puedo comerme las nubes''.
En fin, no te tomes esto como una propuesta indecente... Más bien como un favor a una vieja promesa. Espero tu respuesta; lo comprenderé si no llega.''
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viernes, 13 de diciembre de 2013
lunes, 9 de diciembre de 2013
IT'S YOU! IT'S ME! AND THERE'S DANCING!
Estabas al otro lado, sentado en aquella banqueta metálica, con una cara pensativa y absorta cuando, por arte de magia, un impulso desmedido te hizo levantarte casi levitando; te acercaste a mi y preguntaste si me complacería compartir aquel baile de orquesta contigo, y aunque no me gustaba presumir de algo que no tenía, por algún extraño motivo mi respuesta fue una negativa. Pero desconocía de tu ya característico arte que siempre has tenido con la retórica.
Con miles de excusas y una sonrisa más que burlona arrancaste de mi boca un ''sí'' tan sincero como el último que te he concedido en la vida.
Y empezamos con un pie, que marcaba el ritmo de los graves, y seguimos con el otro, sin apartar la mirada el uno del otro, bebiéndonos las carcajadas, girando, gritando como si todo el entorno fuese una gran noria de feria con un telón negro de noche. Las luces brillaban, corrían, nos atrapaban y te envolvían mientras seguíamos girando como si aquel ritmo pegadizo jamás fuese a despegarse de nuestros huesos, y seguía viendo como mis pies se aceleraban cada vez más, como las piruetas de tu mano me hacían sentir ebria, pero era la embriaguez de la felicidad. Y movía mis brazos hipnotizados eléctricamente, sentí tan dentro aquellos tintineantes ritmos que creía verme volar del suelo; ahora añadía mi brazo izquierdo, seguido por el derecho. Parecían tener vida propia mientras mi cabeza no paraba de marcar cada compás, como si el mero hecho de hacerlo cada vez más fuerte fuese mi motor de la serotonina. Y de un momento para otro estábamos en el centro. Nos cogíamos del brazo. Nos alejábamos. Nos volvíamos a respirar. Atrapábamos las miradas más descaradas, pero para descaro aquellos saltos que nos atrevimos a regalarnos. Tus mejillas se tornaban rojizas, las mías las seguían como contagiadas. Juro que nos olvidamos hasta de respirar en aquella locura de adrenalina jamás experimentada en mi.
Mi boca sabía a libertad. Mi pelo alborotado por el éxtasis te producía aquella mueca divertida que me hizo aceptar el segundo baile.
Aquella noche nos supo a jaulas rotas y cicatrices maquilladas. Aquella noche nuestras miradas iluminadas olvidaron tanto como empezaron a recordar.
Con miles de excusas y una sonrisa más que burlona arrancaste de mi boca un ''sí'' tan sincero como el último que te he concedido en la vida.
Y empezamos con un pie, que marcaba el ritmo de los graves, y seguimos con el otro, sin apartar la mirada el uno del otro, bebiéndonos las carcajadas, girando, gritando como si todo el entorno fuese una gran noria de feria con un telón negro de noche. Las luces brillaban, corrían, nos atrapaban y te envolvían mientras seguíamos girando como si aquel ritmo pegadizo jamás fuese a despegarse de nuestros huesos, y seguía viendo como mis pies se aceleraban cada vez más, como las piruetas de tu mano me hacían sentir ebria, pero era la embriaguez de la felicidad. Y movía mis brazos hipnotizados eléctricamente, sentí tan dentro aquellos tintineantes ritmos que creía verme volar del suelo; ahora añadía mi brazo izquierdo, seguido por el derecho. Parecían tener vida propia mientras mi cabeza no paraba de marcar cada compás, como si el mero hecho de hacerlo cada vez más fuerte fuese mi motor de la serotonina. Y de un momento para otro estábamos en el centro. Nos cogíamos del brazo. Nos alejábamos. Nos volvíamos a respirar. Atrapábamos las miradas más descaradas, pero para descaro aquellos saltos que nos atrevimos a regalarnos. Tus mejillas se tornaban rojizas, las mías las seguían como contagiadas. Juro que nos olvidamos hasta de respirar en aquella locura de adrenalina jamás experimentada en mi.
Mi boca sabía a libertad. Mi pelo alborotado por el éxtasis te producía aquella mueca divertida que me hizo aceptar el segundo baile.
Aquella noche nos supo a jaulas rotas y cicatrices maquilladas. Aquella noche nuestras miradas iluminadas olvidaron tanto como empezaron a recordar.
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