Con miles de excusas y una sonrisa más que burlona arrancaste de mi boca un ''sí'' tan sincero como el último que te he concedido en la vida.
Y empezamos con un pie, que marcaba el ritmo de los graves, y seguimos con el otro, sin apartar la mirada el uno del otro, bebiéndonos las carcajadas, girando, gritando como si todo el entorno fuese una gran noria de feria con un telón negro de noche. Las luces brillaban, corrían, nos atrapaban y te envolvían mientras seguíamos girando como si aquel ritmo pegadizo jamás fuese a despegarse de nuestros huesos, y seguía viendo como mis pies se aceleraban cada vez más, como las piruetas de tu mano me hacían sentir ebria, pero era la embriaguez de la felicidad. Y movía mis brazos hipnotizados eléctricamente, sentí tan dentro aquellos tintineantes ritmos que creía verme volar del suelo; ahora añadía mi brazo izquierdo, seguido por el derecho. Parecían tener vida propia mientras mi cabeza no paraba de marcar cada compás, como si el mero hecho de hacerlo cada vez más fuerte fuese mi motor de la serotonina. Y de un momento para otro estábamos en el centro. Nos cogíamos del brazo. Nos alejábamos. Nos volvíamos a respirar. Atrapábamos las miradas más descaradas, pero para descaro aquellos saltos que nos atrevimos a regalarnos. Tus mejillas se tornaban rojizas, las mías las seguían como contagiadas. Juro que nos olvidamos hasta de respirar en aquella locura de adrenalina jamás experimentada en mi.
Mi boca sabía a libertad. Mi pelo alborotado por el éxtasis te producía aquella mueca divertida que me hizo aceptar el segundo baile.
Aquella noche nos supo a jaulas rotas y cicatrices maquilladas. Aquella noche nuestras miradas iluminadas olvidaron tanto como empezaron a recordar.
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