Me sigo levantando todas las mañanas; algunas tardo casi una hora en conseguir despegar mis párpados y despegarme de la cama; otras casi practico salto de altura.
Sigo yendo a la universidad, (casi) todos los días... Oh, también me he apuntado a teatro.
He gastado dos cajas de bengalas desde el tiroteo, sé que no te lo preguntas.
Sé que tampoco te preguntas si concilio el sueño por las noches, verás, mi respuesta es ''a la mitad''.
Tengo más pesadillas desde el tiroteo.
A veces siento el frío mordiendo mis huesos; otras veces veo como mueves los labios, pero no logro escuchar nada; las peores, son cuando sólo escucho los disparos, o cuando sueño que esa noche nunca ha existido en este lado del mundo.
Estoy dejando de escribir cartas a todas nuestras catástrofes. Cada día olvido más, recuerdo menos. Lo siento, lo siento porque no voy a volver a cruzar por el marco de tu puerta. Siento que jamás volvamos a ver llover como solíamos hacerlo. Siento que ya no vuelva a cantar en el asiento de copiloto, y no poder volver a fumar en tu terraza.
Esta es mi carta de despedida, la carta que nunca has necesitado, la carta que nunca vas a leer, la carta que nunca creí que llegaría a escribir y estoy escribiendo.
Hoy cometo una gran infidelidad, probablemente la mayor de todas; No estamos en un punto muerto, estamos en un (punto) final, y no pierdo la consciencia cuando escucho como digo ''que sea cierto el jamás''.
[...]
Recuerdo que perdí cinco kilos después del tiroteo, me había crecido el pelo y mi piel se había vuelto casi transparente como cada invierno ha seguido haciéndolo.
No, no recuerdo el tiroteo.
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