Agarré tu mano, sin recordar el dolor, sin recordar nada. No pensar, sentir.
Así que, eso hice, cogerla tan fuerte como sentía que éramos: infinitos.
Y no podía evitar pensar qué se cruzaba por tu mente. Casi inhalábamos el mismo aire, estábamos en el mismo compás mientras todos aquellos surcos nos hacían tropezar, pero no nos paraban, y por un momento creía saber por qué no podía dejar de correr en medio de aquel infinito maizal agarrándote tan fuerte. Como deseando que jamás parásemos, que jamás te fueses, como si por un momento fuésemos gritándonos en silencio todo lo que nos habíamos callado, como si estar ahí, en aquel preciso instante, de aquella forma, tan lejos y tan cerca, todo nos dijese ''habéis nacido para cambiar el mundo''. Y sé que tenías tanto miedo como yo, tanto miedo a que esas manos que parecían una, un día acariciasen la amargura de otra piel. Pero ninguno de los dos se soltó, seguíamos corriendo sin creer o querer saber la respuesta. O sabiéndola pero sin siquiera susurrarla, como si (como siempre) pudiésemos leernos la mente, sin necesidad de romper aquel silencio noctámbulo. Nuestra noche eterna.
Las hojas de las mazorcas aún inmaduras cortaban mi piel suavemente, el camino se hacía estrecho, mi corazón bombeaba con más fuerza, no sé si por la velocidad o por el vértigo de descubrir lo que callábamos. Seguías mis pasos, estrechabas aquella extremidad que tantas veces habías acariciado. También escuchaba tu vértigo, porque a cada segundo que avanzábamos, nos encontrábamos aún más.
''María, estás llegando al final, ¿no vas a parar de correr?'' me preguntaba, entonces sentí como casi te despegabas de nuestras manos, y el terror me hizo frenar en seco y girarme tan rápido como mis latidos por segundo.
Y te vi. Ahí estábamos, frente a frente, aquella cercanía accidental que éramos incapaces de romper o acabar.
Y te vi. Te vi como no te había visto nunca, como si cada bocanada de aire fuese mía, y la comisura de tus labios, me parecía tan perfecta que me atemorizaba el mero hecho de besarla. Fui recorriendo tus lunares, abstraiéndolos como si formasen parte de mis ideas innatas. Y cada vez estábamos más cerca, más cerca que nunca. Respirábamos el mismo aire, sentía como rozabas mi anatomía con sólo mirarme, y te leía, y tenía tanto miedo de que te desvanecieras que ni siquiera me atrevía a tocarte, no podía permitirme que te disolvieses en aquel instante, porque éramos tan reales que aquella noche las constelaciones nos admiraban a nosotros.
La inercia que nos caracterizaba no nos abandonó, y ya no escuchaba aquellos ladridos lejanos, ni el sonido que provocaba el viento agitando aquellas hojas, no escuchaba aquella noche de Noviembre más que tus latidos y nuestra respiración agitada, escuchaba lo que nunca nos dijimos, sabiendo que tú también lo hacías.
Sentí como mi corazón descarrilaba, mis manos temblaban, cerré los ojos para evitar ver el posible desastre, y entonces sucedió. Sucedió tan fuerte que supe que estábamos hechos del mismo material, y nos perdimos en algo más que un beso. En aquel momento descubrí lo que es la existencia de la posibilidad de morir por alguien, de vivir por ti. De saber que habría mordido el agua, habría dejado de respirar o incluso habría respirado por los dos. Y todas las noches malditas se volvieron reversibles en aquel instante, en el instante en que ambos seguíamos hablando de magia y efectos especiales.
Y lo supe. Supe que tú y yo siempre nos habíamos buscado y aún quedaba mucho para encontrarnos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario