lunes, 4 de noviembre de 2013

Del arte del grito.

El frío se me colaba entre los huesos mientras caminaba firme. ''Sin mirar atrás, María, no mires atrás''. Las calles apestaban a humedad, la boca me sabía a sal, apenas lograba distinguir mis botas. El sonido estridente de la llave en aquella vieja puerta me avisó ''es hora de romperse'', pero permanecí impasible. Subí los escalones de mármol, fríos, como si cada paso me pesara más, paulatinamente, y se hacían eternas, infinitas, y sentía que podía ser una buena comparación con mis últimas vidas.
Cerré la puerta detrás de mi, y el contraste del calor no parecía satisfactorio, porque el invierno acababa de llegar y no hablo sólo de la estación. Sentía tanto frío dentro que creía ver el vaho inúndandolo todo. 
Cada movimiento resultaba tan vago que quizá estuve demasiado tiempo desvistiéndome y colándome entre las sábanas. Entonces y sólo entonces, el grito sordo se apoderó de mi cabeza. Agarré con ansia la almohada, tan fuerte que mis manos gélidas parecían querer romperse tanto como se me desquebrajaba el alma mientras el aire atravesaba mis pulmones y se ahogaba contra la presión que me permitía gritar sin ser escuchada. Y grité, grité tan fuerte que creí perder la consciencia, los ojos me ardían y la cabeza parecía hincharse como un globo a velocidades pasmosas. Y seguí gritando, y el grito no quería acabar, y sentía como mi pecho dejaba de subir y bajar, y sólo se desinflaba, sólo dejaba de respirar mientras mis oídos escuchaban la habitación sumergirse en la nada. Y vino el tercer grito, casi como un hilo de desesperación aterradora. Y quizá fue el peor, porque ahí, ahí supe que no iba a volver a respirar, no de la forma en que solía hacerlo. Desee no volver a hacerlo nunca. Sentí quebrar la cabeza, sentí como algo me perforaba el pecho. Permanecí inmóvil, respirando tan despacio, escuchando todo aquel desastre, todos aquellos edificios que se derrumbaban, y ya nada respondía, ni mis manos, ni mis ojos incapaces de volver a cerrarse o de dejar de segregar aquel asqueroso líquido amargo. Y me temblaba la anatomía, se sacudía como si quisiese correr, pero mi capacidad para realizar cualquier tipo de movimiento era nula. Así que me quedé allí tendida, y no hice nada. No hice nada por horas. No hice absolutamente nada tanto tiempo que a veces pienso que sólo fue una pesadilla. Entonces recuerdo mi cara en el espejo la mañana siguiente y con ella, todas las cicatrices que hablaban braille.





-You stole a blue french horn for me...
- I would have stolen you a whole orchestra.

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