lunes, 21 de abril de 2014

EVERYTHING THAT KILLS ME MAKES ME FEEL ALIVE.

Derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda. El eco lejano del último portazo colgaba de cada oscuro rincón de la cabeza.
Correr, correr, correr y no parar. Correr tan fuerte que nunca se llegue muy lejos, porque caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos.
Todas esas miradas se posaban amenazantes y aquella melodía se pegaba a mi piel como mi álter ego.
Los pulmones ardían y mi anatomía se sacudía suplicando el descanso, casi al borde de la catarsis, al borde de la implosión más bestial habida jamás.

Las imágenes estallaban como peta-zetas. Podía escuchar los glóbulos rojos, el oxígeno transportándose por cada vena. Inspirar, expirar.
Verde, ámbar, rojo. El ruido era ensordecedor, la gente hablaba tan alto que deseaba ahogar sus gargantas. Pero mis ojos ya no habían vuelto a ver la luz del día. Mi noche al fin era eterna. Y seguían los latigazos mentales.

''Dijiste que no ibas a volver a hacerlo'' ''Y no voy a volver a hacerlo'' ''Ya no lo sé, ya no me creo nada de lo que digas porque no soy capaz contigo, ya no sé seguirte'' ''No puedo prometerte nada futuro, ¿no te das cuenta de que todo es incierto?'' ''Y por eso hasta aquí hemos llegado tú y yo''.


Sentía una miga de plomo atrofiando mis cuerdas vocales. Mis pies marcaban el bombo, el bajo, cada acorde. Mis uñas perforaban la palma de mi mano. Los músculos se contraían vertiginosamente. No puedo mentir, no puedo mentir, no puedo mentir.


''Lo destrozas todo, ¿lo ves? Destrozas todo lo que tocas, Dios, ni siquiera Atila, ni siquiera'' ''Eso no es verdad, cállate porque eso no es verdad'' ''Mírate, ¿puedes girarte un momento y verlo? Dime, mira tu mundo y ten las narices de decirme de nuevo que estoy mintiendo''.


Y de mi garganta salían notas, salían pentagramas extraviados de un aparato fonador paralizado; sombras distorsionadas; colores difusos; negro; blanco; gris; osos; figuras ilimitadas; incertidumbre de certeza podrida. Cenizas de periódicos, de hemerotecas ardiendo.

Y el agujero de gusano tenía un final catastrófico, aquel fondo blanco psicótico me perseguía (o quizá le perseguía yo a él) y gritaba, grité hasta que el impacto abrió mis pulmones.
El sonido era sucio. Algún claxon. Tacones y bicicletas. Ir y venir. Conversaciones inútiles y banales. Y una acera. Adoquines. Grises. Sucios.

- Oye, ¿estás bien? Si no te levantas vas a matar a alguien.
- Aquí todo el mundo ya está muerto.

He vuelto.






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