viernes, 7 de noviembre de 2014

All monsters are human.

Sí, después de todo, uno a veces se replantea si lo que creía que no es posible puede llegar a serlo. Uno tiene que comprobarlo antes de sumergirse en la autoconvicción y la soberbia.
Se empieza por cerrar los ojos y respirar hondo. Seguidamente se ha de agudizar el oído para percibir con claridad la verdad o su verdad. Pero entonces empiezan a pasar los segundos y se impacienta. Bien, se ha de repetir de nuevo. Cerrar los ojos, respirar hondo, escuchar. Nada.
Pudiera ser que uno no esté realmente dentro, que no esté concentrado lo suficiente y por eso el experimento no acabe por llegar a realizarse. Tercera vez, piensa, tercera vez. Repetir, es sencillo, relajar todos y cada uno de los músculos, cerrar los ojos, respirar hondo, a recordar: nariz inspirar, boca expirar. Escuchar. Nada. Nada. Nada. Y los ojos empiezan a impacientarse y parecen estar en la fase REM, uno comienza a sudar y a sentir como toda la ira y frustración se abandonan a las extremidades de su cuerpo para repetir un TOC que simboliza la punta del iceberg del cataclismo. Y a uno le da por gritar palabras como ''joder'', ''mierda, venga''.
Y con la ansiedad llamando a la puerta, uno se altera y presa del pánico comienza a desabrocharse botón a botón la camisa, cada uno con más miedo que el anterior. Despacio, torpe, guiado por la insaciable curiosidad y el terror de saciarla. Y entonces se paraliza porque lo ha visto. Y es una cicatriz feísima, que parte en dos y divide el pecho. Parece profunda, pero si uno ya no tiene casi capacidad para mirarla, mucho menos para tocarla. Y uno se olvida de cómo se respiraba, de cuánto tiempo llevaba ahí de pie, uno ya no es consciente porque la cabeza está llena de minas de vapor ardiendo que en algún momento van a estallar. Y pasado un tiempo, más eterno que la espera de un tren, uno entiende y llora del disgusto, porque ya ha pasado y no puede solucionarlo. Porque no recuerda cuándo y porque no se le ha pedido permiso ni perdón. Y uno piensa qué va a hacer ahora con un reloj de madera ahí dentro y no un corazón. Y uno ya sabe la respuesta: Nada.

domingo, 2 de noviembre de 2014

El Cristo en la pared se encogió de hombros.

No es como si supiera que aunque cierre muy fuerte los ojos cuando me toque meter la mano en la cesta, sabré perfectamente cuál será el nombre escrito en la papeleta. Es más bien saber que añadamos todas las que podamos añadir, agitemos todo lo que podamos agitar, siempre acabará por salir el mismo, sea cual sea. Sin margen de error.

El mundo ha estado girando de forma diferente últimamente, desde hace ya demasiado tiempo y no se me ha avisado de nada, no se me ha tenido al tanto de ninguno de los cambios que no he percibido, y todos sabemos que eso no puede ser otra cosa que estar abocado a la caída, antes o después, ellos ya saben que voy a caer, pero no han decidido agarrarme de las mangas del jersey.

Si todos podemos encontrar un lugar seguro, si está dentro de nosotros, si existe una tierra prometida en la que las cosas dejen respirar, si hay un atisbo de esperanza en el rincón de cualquier cuerpo, ¿dónde se supone que estoy yo? Como siempre, en ningún lado y en todos los que podría haber estado.
''Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos''. Entonces si estoy llegando lejos ¿cuánto de lejos tengo que seguir? Si por cada tramo que he avanzado estoy donde he empezado. Ya no son círculos porque mi mente es incapaz de reconocer algo de lo que se supone que veo, pero no veo nada, nada excepto mis pies parados en medio de un camino árido y seco por el sol en mitad de cualquier lado. Y odio el polvo, y más aún la sensación de desorientación, de tener un mapa entre las manos que no logro comprender aunque le de la vuelta más de seis o siete veces.
No consigo recordar en qué momento sólo había un campo de trigo infinito a mis espaldas y nada más. Intento recordar cuál fue el preciso instante en el que dejé de ver faros, luces, coordenadas, y cuándo el musgo empezó a rodear toda la corteza.

Y antes de poder apagar por completo el sonido sucio en mi cabeza, se hizo de noche, y lo que acababa de ser tierra pasaba a ser una sábana marina inmensa, reconocía las facciones en aquellos botes de madera que no parecían verme, y entre la flota comprendí que seguían millones de luces que colisionaban, que se entrecruzaban pero tenían un destino distinto, focos que procedían de millones de puntos diversos, aleatorios para mi, necesariamente determinados para las pequeñas barcas que avanzaban. Y entre aquella procesión, a mis ojos, tan fúnebre, comprendí que en mis manos sólo había sal, y no unos remos. Yo no estaba tocando madera. Yo no me movía ni pertenecía a esa realidad. ¿Es así entonces como se empieza? ¿O no hay un bote para algunas personas? ¿Era acaso el principio de un hipotético faro? ¿O el final de una mierda de película de cine independiente? ¿Qué se suponía que tenía que interpretar? ¿Cuál era la metáfora?

Comprendo entonces que necesito una revelación, algún tipo de revelación antes de empezar a ver ovnis en el cielo.