He vuelto a leer el día en el que dijiste que nunca
podríamos decepcionarnos o hacernos daño. Realmente no he parado de releer un
2010 que se me antoja tan lejano como lleno de mentiras y delirios pesimistas.
No sé en qué momento dejé de ser tu altar o perdí la
credibilidad del hogar que algún día significamos. Nos pusimos las alas tantas
veces y me desplumaste con tanta facilidad... Nunca fue suficiente para ti, le
pedías el mundo a alguien que aún no sabía en qué continente estaba. Aquel día
ni siquiera Madrid fue suficiente para arreglar la magia suicida que inventamos
desde las alturas de nuestros tejados.
Te esperé mil millones de días. Te esperé siempre
con tanto odio como para decirme a mí misma que no estaba esperando. Repetí mil
veces las conversaciones que nunca se materializaron, porque no volviste a
entrar por el andén dos, nunca más.
También te he buscado entre la gente. A veces me
giro de repente, por si eres tú. Suele pasar lo mismo que con las
conversaciones. He procurado ponerle bien de mercromina a los recuerdos, a
todas las canciones, a todos los pasos que cuentan kilómetros de una historia
que un día nos prometimos escribir. Qué dramáticos éramos, pero cuánto nos
queríamos, ¿verdad?
Cada vez que dejo volar a mi mente sin conceptos
límite, apareces tú. Como una sombra que me acompaña como el negro en el luto.
No llegarás a ser nadie, me dije; nunca te lo perdonaré, nos dijimos. Siempre
te espero, me recordé. En el fondo sé que tú también lo haces.
No creo en las coincidencias, o al menos dejé de
creer en ellas. Sé que la vida no te pondrá en mi camino, que nunca nos
pagaremos lo que nos debemos y mucho menos, recordaremos con un café desde las
alturas que con los pies en la tierra nos seguimos sintiendo tan cerca como nos
sentimos en el alma. Mis ojos no volverán a brillar posados en tu ingenio.
Nunca más me pedirás un cigarro. Nunca más volveremos a casa pensando que
tendríamos que habernos confesado que estábamos profundamente enamorados. Nunca
creí que la vida nos iría a separar. Sabía que los caminos nos distanciarían,
que en el fondo tus sentimientos nublaban tus ganas de despegar y que yo pisaba
tus pies fingiendo que bailábamos el mismo vals. Perdóname pero no puedo
perdonarte. Y creo que jamás lo haré, porque existen los conceptos límite, la
vida pasa y el tiempo no perdona.
No, no descubriremos nuestros pies cruzándose por la
Gran Vía ni nos daremos la oportunidad de decirnos que “esto tenía que pasar
tarde o temprano”. No sujetaré una copa en un bar, distraída, esperando que
nada pase y pases tú. Y sí, los años pasan y están apagando tu voz. No
existirán arrecifes si te vas. Desde donde quiera que esté, estés y estemos,
veremos la luz verde al otro lado del puerto, pero es un espejismo del día en
que decidimos, o más bien decidiste, que era todo o nada. Y para mí, nada
mereció la pena si había migajas de noches eternas. Y para ti, fue un amanecer
sin incoherencias, sin risas mayúsculas, sin domingos existenciales, sin
esperas, sin reproches de distancia, sin que la luna aguardase… que era yo. Sí,
me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos. Pero ya no me muero
por ti aunque me maten los recuerdos de vez en cuando.
Arranca la esperanza la razón dominando las
pasiones. He ganado coherencia en mis discursos, te sorprenderías. Supongo que
acabado el inicio y el final, la historia es una suerte de relato surrealista
que parece no haber sucedido nunca. Ojalá muchas cosas. Suerte haber sido luz.
Cuántas veces me lo decías. Siento no haberme dado cuenta a tiempo. Perdóname,
por no haber seguido tus dedos en el cristal, sé que llegué demasiado tarde a
la cita, tan tarde que tú ya te habías ido. Ojalá hubiésemos pasado sin miedo.
Quizás en otra vida recordemos que en otra vida fuimos un mismo ser. Que nos
atrevamos a andar por los cables. Yo, ya no sueño más. Y espero que tú, por lo
menos, hayas despertado.
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