jueves, 15 de febrero de 2018

Bajo el Volcán

He vuelto a leer el día en el que dijiste que nunca podríamos decepcionarnos o hacernos daño. Realmente no he parado de releer un 2010 que se me antoja tan lejano como lleno de mentiras y delirios pesimistas.
No sé en qué momento dejé de ser tu altar o perdí la credibilidad del hogar que algún día significamos. Nos pusimos las alas tantas veces y me desplumaste con tanta facilidad... Nunca fue suficiente para ti, le pedías el mundo a alguien que aún no sabía en qué continente estaba. Aquel día ni siquiera Madrid fue suficiente para arreglar la magia suicida que inventamos desde las alturas de nuestros tejados.

Te esperé mil millones de días. Te esperé siempre con tanto odio como para decirme a mí misma que no estaba esperando. Repetí mil veces las conversaciones que nunca se materializaron, porque no volviste a entrar por el andén dos, nunca más.
También te he buscado entre la gente. A veces me giro de repente, por si eres tú. Suele pasar lo mismo que con las conversaciones. He procurado ponerle bien de mercromina a los recuerdos, a todas las canciones, a todos los pasos que cuentan kilómetros de una historia que un día nos prometimos escribir. Qué dramáticos éramos, pero cuánto nos queríamos, ¿verdad?
Cada vez que dejo volar a mi mente sin conceptos límite, apareces tú. Como una sombra que me acompaña como el negro en el luto. No llegarás a ser nadie, me dije; nunca te lo perdonaré, nos dijimos. Siempre te espero, me recordé. En el fondo sé que tú también lo haces.

No creo en las coincidencias, o al menos dejé de creer en ellas. Sé que la vida no te pondrá en mi camino, que nunca nos pagaremos lo que nos debemos y mucho menos, recordaremos con un café desde las alturas que con los pies en la tierra nos seguimos sintiendo tan cerca como nos sentimos en el alma. Mis ojos no volverán a brillar posados en tu ingenio. Nunca más me pedirás un cigarro. Nunca más volveremos a casa pensando que tendríamos que habernos confesado que estábamos profundamente enamorados. Nunca creí que la vida nos iría a separar. Sabía que los caminos nos distanciarían, que en el fondo tus sentimientos nublaban tus ganas de despegar y que yo pisaba tus pies fingiendo que bailábamos el mismo vals. Perdóname pero no puedo perdonarte. Y creo que jamás lo haré, porque existen los conceptos límite, la vida pasa y el tiempo no perdona.
No, no descubriremos nuestros pies cruzándose por la Gran Vía ni nos daremos la oportunidad de decirnos que “esto tenía que pasar tarde o temprano”. No sujetaré una copa en un bar, distraída, esperando que nada pase y pases tú. Y sí, los años pasan y están apagando tu voz. No existirán arrecifes si te vas. Desde donde quiera que esté, estés y estemos, veremos la luz verde al otro lado del puerto, pero es un espejismo del día en que decidimos, o más bien decidiste, que era todo o nada. Y para mí, nada mereció la pena si había migajas de noches eternas. Y para ti, fue un amanecer sin incoherencias, sin risas mayúsculas, sin domingos existenciales, sin esperas, sin reproches de distancia, sin que la luna aguardase… que era yo. Sí, me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos. Pero ya no me muero por ti aunque me maten los recuerdos de vez en cuando.


Arranca la esperanza la razón dominando las pasiones. He ganado coherencia en mis discursos, te sorprenderías. Supongo que acabado el inicio y el final, la historia es una suerte de relato surrealista que parece no haber sucedido nunca. Ojalá muchas cosas. Suerte haber sido luz. Cuántas veces me lo decías. Siento no haberme dado cuenta a tiempo. Perdóname, por no haber seguido tus dedos en el cristal, sé que llegué demasiado tarde a la cita, tan tarde que tú ya te habías ido. Ojalá hubiésemos pasado sin miedo. Quizás en otra vida recordemos que en otra vida fuimos un mismo ser. Que nos atrevamos a andar por los cables. Yo, ya no sueño más. Y espero que tú, por lo menos, hayas despertado.



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