Aquella noche, contra todo pronóstico, tras una serie de catastróficas desdichas, decidí acostarme mucho antes de lo habitual. Aunque había descubierto "eres agua".
Supongo que a las tres de la mañana ya sabía que algo no iba bien, o al menos no lo haría al día siguiente.
No era demasiado temprano ni muy tarde. Bajé los escalones con la desgana de un viernes pretencioso: uno, dos, tres... Y la vida se volvió una causalidad. No recuerdo con claridad mi reacción en el momento en el que vi la inundación.
Allí estaba todo lo que no había querido ver desde una edad muy temprana como para tomarse tan en serio el horóscopo y los ascendentes.
Y allí estaba yo, con los pies sumergidos, congelada, aterrada. Tras varias caídas, muchas maldiciones en voz alta y más que un par de lagrimas, la sed descansó.
Y allí estaba yo, con el agua por los talones, los brazos cansados, la ropa mojada, una casa inundada y la calma que precedía a la tormenta. O tal vez fue al revés.
"Eres agua, es inútil huir de ti; inundas y arrasas.
Eres agua, es inútil huir de ti; la sed no descansa"
Nunca un descubrimiento se me antojó tan irónico. Supongo que cuando me reí en medio de todo el desastre natural, no sabía que estaba a punto de entender que el fuego se había apagado. Al fin.
No sé que vino primero, si el huevo o la gallina; la revelación o la neurosis; las respuestas o las preguntas.
Es inútil huir de ti. Es inútil huir de mi. Y en el segundo cajón del escritorio reencontré las respuestas. Una carta que escondía la verdad que siempre había sido negada: agua eres.
La vida siempre tiene una manera muy extraña de mostrarte sus enrevesados caminos. Supongo que me hicieron falta veintidós años de tormentas, una regresión al pasado, una canción, una inundación, una decisión impasible y un poema para hacerme ver que no somos lo que querríamos o creíamos que íbamos a ser; para hacerme ver que somos, sin más vuelta de hoja. Esto o aquello. Lo somos. Nos guste mucho más o mucho menos.
No eres más que aquello que siempre has sido. Sin aceptar o aceptándolo. Eres agua, por mucho que quieras reducir a cenizas, siempre arrasas. Puedes seguir observando la hoguera cuanto quieras, puedes bailar con las llamas; incesante.
Nada de eso cambiará tu cauce y caudal. Te perteneces. Descubre: por mucho que intenten cogerte, eres transparente, eres blanco, te escurres entre los dedos.
¿Lo aceptas?
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