El primer acto reivindicativo que se manifestó en mi vida fue la decisión que tomó mi madre al no ponerme pendientes. Recuerdo preguntar preocupada por qué no los llevaba como las demás niñas, su respuesta fue: me pareció una tontería hacerte pasar por ese sufrimiento solo para marcarte como a una oveja por ser niña. Entonces no me di cuenta de lo que significaba eso.
Volviendo a echar la vista atrás, recuerdo las repetidas discusiones sobre por qué tenía que peinarme si tenía el pelo corto como mi hermano, a lo que mi abuela, hija de su tiempo, argumentaba que no podía ir hecha unos zorros; que por qué no podía parecerme un poco a las otras niñas que iban tan arregladitas y bien compuestas.
Recuerdo también los "ay filla, que pena que seas la única chica del grupo, qué vas a hacer siempre rodeada de mozos". Uniendo todo esto, no es sorprendente que el único juego de la PlayStation que capturaba toda mi atención fuese Tomb Raider, el único personaje femenino dentro del mundo de los videojuegos que me demostraba que ser mujer no significaba sólo ser recatada, admirar la valentía de los hombres y esperar a que te dejasen participar de ella si tenías suerte y algo de gracia. Quizá Mulán, Pippi Langstrump, Xena la princesa guerrera, se salvaban del resto de patrones y "mujeres-ejemplo" que me tragué durante años por todos los canales perceptivos, siendo la esponja que se es en ese lapso de tiempo.
El segundo acto reivindicativo que recuerdo con más fuerza fue a la edad aproximada de diez años, cuando Hugo, un niño de armas tomar, se dedicaba a pegar a los niños con menos fuerza física que él, y yo, queriendo imitar a mis heroínas, pensé que a veces las mujeres también llevan capa. Le grité que era un abusón y me empujó tan fuerte que me tiró al suelo. Cuando la cuidadora del comedor se enteró por las heridas que tenía en las manos, me dijo que una niñita como yo no podía meterse con los niños, que son unos brutos y siempre iba a tener las de perder.
Ayer recordé especialmente esta anécdota de Hugo. "Una niña como yo no podía meterse con los niños porque son unos brutos y siempre iba a tener las de perder".
Aunque durante muchos años la sociedad me hizo beber del machismo, por h o por b, un día recuperé la capa y me puse las gafas moradas. Ayer pensé que aquel día Hugo me ganó y me tiró al suelo. Hugo me hizo mucho daño. Hugo me hizo llorar de rabia e impotencia. Pero agradezco a Hugo que me hiciese vivir ese aterrizaje forzoso, porque Hugo no sabe que regó la semilla que hace que hoy en día no pase ni una más. Que me hizo coger el primer libro feminista. Que me hizo bajar a la primera manifestación del ocho de marzo. Que hizo que no me callase en las discusiones familiares y en los debates de calle. Que me ha hecho hermana y amiga de todas las mujeres. Que me une en una lucha que tiene un enemigo muy claro: el patriarcado.
Lo que sucede es que este ejemplo infantil no dista tanto de lo que sucedió ayer y sucede todos los días cada dos minutos. Solo que no es la cuidadora del comedor la que nos recuerda que "es lo que hay", no, mucho peor, es la sociedad. Son los órganos judiciales. Es el estado que nos debería amparar y no lo hace.
Ayer, por un momento, sentí que una vez más el sistema patriarcal le marcaba un gol(pe) insoportable al feminismo, a todas nosotras. Un golpe que desinfla, enfada, conmociona, desanima. Un golpe que duele como un empujón muy fuerte contra el suelo cuando tienes diez años. Y fue entonces cuando pensé que esto no hace más que regar la semilla de todas y cada una de las mujeres que empujamos cada día estas cadenas, estos pendientes, los nudos del pelo y los prejuicios. Estos golpes hacen que cada mañana cojamos con más ganas la capa y regalemos gafas moradas para que el día de mañana nuestras hijas, sean las brujas que no conozcan la hoguera. Y es entonces cuando por un momento vuelvo a ver la luz al final del túnel; cuando sé que esto gritará más fuerte y con más voces: tranquila, hermana, aquí está tu manada.
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