Mi pelo huele a humo y a Dolce and Gabbana; no están tan lejos mis noches de incendio.
He estado deambulando por la calle, tarareando: ''frecuenté a la peor calaña de esta sociedad.''
He estado haciendo maniobras funambulistas, equilibrismos en el borde del vacío de mi pecho. Es oscuro, me gusta observarlo, es inmenso y parece absorberlo todo, siempre. Recuerdo cuántas veces he luchado en vano, cuántas veces he remado contracorriente para no ser engullida por el agujero negro. Y es gracioso pensarlo ahora, pero me he rendido a sus redes y no me disgusta. Siento como me abraza y ya no me siento débil sino más fuerte que nunca. Ahora no es doloroso, produce una especie de placer mezclado con coca-cola y mezquindad.
Me fugo entre los pliegues de sábanas. Me muevo entre sombras de calles frecuentadas. Capturo miradas de gente indeseada y la mejor parte viene cuando no siento nada. Inmortal.
Reboso en los vasos; despierto fantasmas; me resbalo entre los dedos de lo que pudo haber sido y saben que no puede ser.
Sólo puedo ver desde mi ventana la noche eterna y las incesantes luces naranjas como faros de almas perdidas. Y me miran, me miran desde fuera; miran cómo la oscuridad está dentro, tenue, mientras mis movimientos se ven acompasados por un par de acordes simples y una melodía absorta. Y bailo mientras le doy los últimos tragos, y nada me hace sentir más viva, que bailar sola.
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