martes, 20 de mayo de 2014

Last day of magic.

Os hablaré de la última noche que la vi. Del vestido en el que iba bañada, rojo carmesí; a juego con sus labios. Y de cómo se deslizaban aquellos bucles cobrizos por su espalda desnuda.

Aún hoy la gente sigue recordando aquella tragedia, yo sin embargo sigo sabiendo que estaba dentro de ella, era una marca grabada dentro de su anatomía.

Os hablaré de la última noche y cómo siguen los recuerdos centelleando en mi cabeza, una cabeza que se quedó en aquella fiesta.

Nunca supimos la verdad, aunque en parte yo la supe desde el principio, desde el momento en que la vi cruzar el patio, bajo las luces y las copas burbujeando. Doradas. Llenas de estrellas. Llenas de hipocresía y banalidades.
Los decibelios eran altos, aunque yo no lograba escuchar más allá de la brisa veraniega que azotaba la finca. A veces escucho cómo se ríe entrecerrando los ojos, y dejando escapar el oxígeno que me faltó a las pocas horas de saber lo que pasaría.

Iba sembrando una serie de miradas cada vez que se desplazaba lentamente por aquellas escaleras de mármol, ella era consciente del efecto que causaba en las demás personas. Siempre se apuntaba dos tantos antes de que alguien intentase ganarse algo. O ganarla a ella. Sabía hacer algún tipo de magia que aún desconozco, o quizá conocí demasiado. Pero eso no importa, lo que importa es lo que ella sabía y sólo había compartido conmigo.
Se iba perdiendo entre las parejas que bailaban al compás, entre los camareros y las cortinas de seda. Todos estaban disfrazados de felicidad, de celebración... Y tan castigados por la desgracia interiormente.
Se había esfumado como la espuma y entonces supe que era mi turno.
Cuando la encontré allí sentada vi en sus ojos el pozo un poco más abismal de lo normal, el laberinto del minotauro, y como un valiente jugué a ser Teseo, aunque sabía que ella conocía todos mis pasos y coordenadas de antemano. Es algo inexplicable, la manera en que podía adelantarse a cualquier acontecimiento. Quizá ese era su castigo, a pesar de que solía lamentar que mis muros fueran más difíciles que los muros de los demás.

Se irguió lentamente, sin abandonar todas las posibles caras ocultas. Sólo recuerdo que estuvimos bailando demasiado tiempo, pista tras pista, acompasados por los latidos de nuestros relojes. A veces creo que estuve inconsciente, que las horas se rompieron a la vez que toda aquella escena: poco a poco.
Y sentí que jamás volvería a formar parte de un juego tan maquiavélico, era como un ajedrez sin reglas, pero imposible de derrocar al rey contrario. Sentí que aquel vestido se iba a quedar impregnado en mis huellas dactilares, el olor en mis noches de insomnio, las imágenes en un film de autoproducción.

¿Conocéis ese momento en que sabes que algo va a cambiar para siempre y ya nunca volverá a ser como era antes?
Cuando conozcáis a una persona capaz de transformar el oro en polvo, entonces sabréis de qué hablo. Eran años difíciles, eran tiempos en que el curso de la vida se abría paso a sí misma por medio de la destrucción y demolición humana. Eran tiempos en que encontrar a alguien cuerdo entre aquella masa de brazos y piernas se consideraba un milagro. Eran las primeras y las últimas noches del verano del cuarenta y cinco.

La última noche mágica... ¿Dónde estarás ahora?





jueves, 15 de mayo de 2014

Joining the dots.

''Y lo supe, porque estabas allí de pie, interpretando, como si cada una de las cosas que decías fuesen una historia y millones al mismo tiempo. Y las interpretabas tan bien, tan desenfadada, como si por un momento pudieses contener la respiración de todas las personas que te rodeaban, pero que yo no podía ver. Y pensé que podía quedarme allí sentado, esperando no, escuchando. Como un antojo de querer estar escuchando todo lo que pudieras llegar a decir; a contar; a inventar; como si tuvieras miles de fábulas y tuviese que investigar que parte de la historia es cierta y cual no lo es tanto.
Y movías los brazos, agitabas las manos de forma tan contagiosa que me parecía que nadie allí podía llegar a apreciar nada de lo que podía llegar a significar: nada pero algo.
Y estaba como contagiado, como lleno de alergia, como si pudieses desprender y aprehender, y es que no quería parar de ver aquel fenómeno que eras tú en ese preciso instante.
Pero entonces simplemente te callabas, y te quedabas como medio colgada, como si te balanceases entre las hojas, pero nunca abandonabas esa ternura y misticismo. Ciencia-ficción o algo así. Y se te veía en los ojos, como si fuesen túneles interminables de gusano, que te invitan a caerte y deslizarte por ellos como los toboganes en los parques de bolas.
Y me sentía un crío perdido en medio de una librería, sabiendo que tú estabas llena de libros e infinitas palabras.
Es extraño lo que evocas, andas por ahí como incitando, invitando de forma tan atrevida, que cualquiera tiene valor a entrar realmente. Entonces supe que tenía un problema. Eres un problema enorme de enunciado eterno que no para de dar vueltas y al que no puedes volver a encontrar el principio ni el final. No haces más que descolocar cosas sin darte cuenta y es eso lo que quizá me hizo caer, y me hace caer una y otra vez. Que tienes una capacidad de ordenar las cosas inconscientemente y cada día de una forma diferente. Eres una cosa y tantas a la vez, que colapsa, que estalla y te deja ahí, yo que sé cómo, pero ahí y diferente.

Yo no sé qué voy a hacer contigo, pero menos aún sé qué voy a hacer para dejar de estar tan intoxicado. A veces me pregunto si en algún momento realmente dejaste a alguien colarse en esa cabeza que parece un cajón desastre. Y yo creo que no. Yo creo que no porque cualquiera que hubiese podido aproximarse mínimamente a ese universo jamás habría podido aguantar salirse de él o salirse de ti.
Soy como un satélite girando sin querer en tu órbita, inconsciente de que ha quedado atrapado.''








domingo, 4 de mayo de 2014

Errantes.

Me giro sobre mi propio eje. Y te veo. Te veo a una longitud abismal de mi cable y los vértigos nunca han sido tan escalofriantes como en este instante.
Y me vuelvo a girar, y entro en un mar de dudas girando, y girando, y girando otra vez. Es totalmente ilógico que mis piezas irregulares a esta distancia parezcan tan exactas a las tuyas. Pero no estás ni por asomo cerca de mi cable. Ni del edificio del que cuelga mi cable. Ni del edificio de al lado. Ni del edificio de al lado de mi edificio.

Mi azotea está tan llena de vida que me eclipsa el hecho de que sólo yo pueda conocerla. ¿Y quién va a cruzar cables por mi? ¿Quién me va a acompañar a enseñar? ¿Y a aprender? Nadie, otra vez. Nadie.
Y me juro una y otra vez que los equilibrismos se me dan bien. Pero me engaño y te engaño, otra vez.

Y me canso de ser faro, y me canso de iluminar, y me canso de encontrarte, y me vuelvo a cansar. Y entro en cólera, en desesperanza, en desazón constante. Y te grito. Te grito más fuerte. Y ya me estoy quedando sin voz y paso del plan alfa al beta. Y me empiezo a quedar sin cualquier tipo de abecedario conocido o por conocer. Pero allí sigue tu barco. Tan solitario como sereno. Y lo veo alejarse ¿o se está acercando? Y ya lo sé, otra vez, que sí, que son los efectos ópticos, que sigue ahí, ni un milímetro más cercano ni más lejano. Ni un ápice de movimiento a través de la marea.

Y un reflejo en la espuma me hace señas. Y enciendo mis luces, a pleno pulmón. Nada. Como el ruido sin aire, ¿qué haré?.
Comienzo a ser intermitente. Ahora más intenso. Ahora más débil. Y me apago, me enciendo, y la espuma sigue brillando como aullando ser salvada. Pero es la espuma y no es tu barco. Y compartimos el cielo y nada más.

Entonces lo entiendo. Estamos condenados a la causa perdida. Estamos condenados a encontrarnos sin vernos. A conocernos sin adentrarnos. A respirar el mismo aire sin intoxicarnos. Somos... Ni siquiera somos, pero si lo fuéramos, una deriva caprichosa en la que nunca uno puede llegar a encontrar nada. 

Ya lo decía Parménides, si de la nada, nada se puede sacar.