Y me vuelvo a girar, y entro en un mar de dudas girando, y girando, y girando otra vez. Es totalmente ilógico que mis piezas irregulares a esta distancia parezcan tan exactas a las tuyas. Pero no estás ni por asomo cerca de mi cable. Ni del edificio del que cuelga mi cable. Ni del edificio de al lado. Ni del edificio de al lado de mi edificio.
Mi azotea está tan llena de vida que me eclipsa el hecho de que sólo yo pueda conocerla. ¿Y quién va a cruzar cables por mi? ¿Quién me va a acompañar a enseñar? ¿Y a aprender? Nadie, otra vez. Nadie.
Y me juro una y otra vez que los equilibrismos se me dan bien. Pero me engaño y te engaño, otra vez.
Y me canso de ser faro, y me canso de iluminar, y me canso de encontrarte, y me vuelvo a cansar. Y entro en cólera, en desesperanza, en desazón constante. Y te grito. Te grito más fuerte. Y ya me estoy quedando sin voz y paso del plan alfa al beta. Y me empiezo a quedar sin cualquier tipo de abecedario conocido o por conocer. Pero allí sigue tu barco. Tan solitario como sereno. Y lo veo alejarse ¿o se está acercando? Y ya lo sé, otra vez, que sí, que son los efectos ópticos, que sigue ahí, ni un milímetro más cercano ni más lejano. Ni un ápice de movimiento a través de la marea.
Y un reflejo en la espuma me hace señas. Y enciendo mis luces, a pleno pulmón. Nada. Como el ruido sin aire, ¿qué haré?.
Comienzo a ser intermitente. Ahora más intenso. Ahora más débil. Y me apago, me enciendo, y la espuma sigue brillando como aullando ser salvada. Pero es la espuma y no es tu barco. Y compartimos el cielo y nada más.
Entonces lo entiendo. Estamos condenados a la causa perdida. Estamos condenados a encontrarnos sin vernos. A conocernos sin adentrarnos. A respirar el mismo aire sin intoxicarnos. Somos... Ni siquiera somos, pero si lo fuéramos, una deriva caprichosa en la que nunca uno puede llegar a encontrar nada.
Ya lo decía Parménides, si de la nada, nada se puede sacar.
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