Aún hoy la gente sigue recordando aquella tragedia, yo sin embargo sigo sabiendo que estaba dentro de ella, era una marca grabada dentro de su anatomía.
Os hablaré de la última noche y cómo siguen los recuerdos centelleando en mi cabeza, una cabeza que se quedó en aquella fiesta.
Nunca supimos la verdad, aunque en parte yo la supe desde el principio, desde el momento en que la vi cruzar el patio, bajo las luces y las copas burbujeando. Doradas. Llenas de estrellas. Llenas de hipocresía y banalidades.
Los decibelios eran altos, aunque yo no lograba escuchar más allá de la brisa veraniega que azotaba la finca. A veces escucho cómo se ríe entrecerrando los ojos, y dejando escapar el oxígeno que me faltó a las pocas horas de saber lo que pasaría.
Iba sembrando una serie de miradas cada vez que se desplazaba lentamente por aquellas escaleras de mármol, ella era consciente del efecto que causaba en las demás personas. Siempre se apuntaba dos tantos antes de que alguien intentase ganarse algo. O ganarla a ella. Sabía hacer algún tipo de magia que aún desconozco, o quizá conocí demasiado. Pero eso no importa, lo que importa es lo que ella sabía y sólo había compartido conmigo.
Se iba perdiendo entre las parejas que bailaban al compás, entre los camareros y las cortinas de seda. Todos estaban disfrazados de felicidad, de celebración... Y tan castigados por la desgracia interiormente.
Se había esfumado como la espuma y entonces supe que era mi turno.
Cuando la encontré allí sentada vi en sus ojos el pozo un poco más abismal de lo normal, el laberinto del minotauro, y como un valiente jugué a ser Teseo, aunque sabía que ella conocía todos mis pasos y coordenadas de antemano. Es algo inexplicable, la manera en que podía adelantarse a cualquier acontecimiento. Quizá ese era su castigo, a pesar de que solía lamentar que mis muros fueran más difíciles que los muros de los demás.
Se irguió lentamente, sin abandonar todas las posibles caras ocultas. Sólo recuerdo que estuvimos bailando demasiado tiempo, pista tras pista, acompasados por los latidos de nuestros relojes. A veces creo que estuve inconsciente, que las horas se rompieron a la vez que toda aquella escena: poco a poco.
Y sentí que jamás volvería a formar parte de un juego tan maquiavélico, era como un ajedrez sin reglas, pero imposible de derrocar al rey contrario. Sentí que aquel vestido se iba a quedar impregnado en mis huellas dactilares, el olor en mis noches de insomnio, las imágenes en un film de autoproducción.
¿Conocéis ese momento en que sabes que algo va a cambiar para siempre y ya nunca volverá a ser como era antes?
Cuando conozcáis a una persona capaz de transformar el oro en polvo, entonces sabréis de qué hablo. Eran años difíciles, eran tiempos en que el curso de la vida se abría paso a sí misma por medio de la destrucción y demolición humana. Eran tiempos en que encontrar a alguien cuerdo entre aquella masa de brazos y piernas se consideraba un milagro. Eran las primeras y las últimas noches del verano del cuarenta y cinco.
La última noche mágica... ¿Dónde estarás ahora?
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