viernes, 12 de septiembre de 2014

Tablas.

Caíste en picado como un bote salvavidas. La sorpresa fue infinita. Así que me creí el discurso humanista que tenías solapado con tu impertinencia. ''En el fondo todos somos humanos''. Y una mierda. Pero tenías tantas ganas de creértelo que hasta yo me decidí por hacerlo también. Eras como la religión bajo la forma de lo humano. Una sarta de mentiras a la mitad, llena de carencias, un engaño de un mismo, un espejismo, para que nadie pierda la calma, para mantenernos a flote y no verle los dientes al lado más perro de la vida.

''Bien, juguemos'', pensé. No voy a mentir, al principio me pareció hasta divertido, no tanto como las otras veces, pero le encontré el gusto. Ojalá hubiese podido saber de antemano qué pasaba al final, aunque supongo que desde el principio, tuve presente que sabía el desenlace.
Había pasado mucho tiempo desde que habías hecho tu movimiento, el primer peón. Cuando de repente se hicieron las diez de la mañana de una mañana cualquiera en una cama que no era la mía. Me levanté somnolienta y con ganas de comer cereales. Estuve más de media hora saboreándolos en tu cocina. Eso y la verdad. Estaba agotada. Estaba completamente agotada y cansada de pensar. De absorber, de guardar, de calcular cada movimiento como si el descuido de colocar el pie derecho un poco más horizontal fuese a perpetuar el golpe en el costado y fueses a reventar de un palo todas mis costillas, una a una. Fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía ni la menor idea de cuál era el siguiente movimiento. Así que dejé el bol de cereales y cogí lo que quedaba de vitalidad en ese instante. Ya eran las once de la mañana y aún quedaba una hora. Me tiré en picado sobre tu cama y analicé la situación: el techo necesita una capa de pintura y estas sábanas parecen sacadas de un prostíbulo.
Supongo que fue entonces cuando lo supe, que no estaba analizando ninguna situación, estaba despidiéndome de ella. Y no, no correría de mi cuenta, porque ya había cargado demasiados remordimientos en mi cuenta bancaria. 
Me desperté una hora más tarde con una llamada entrante ''ya están aquí''. Y casi me dejo las gafas de sol antes de bajar. Lo primero que pensé al abrir los ojos fue que nunca más me permitiría el lujo de tratarme así. Y me empecé a perdonar. Supe que aún me quedaba un último tramo de sufrimiento, pero merecería la pena con tal de no volver a caer en unas manos tan inútiles y faltas de inteligencia emocional. Cerré la puerta y dije adiós, aunque sabía que desde las nueve el piso estaba completamente desolado excepto por mi. Exacto. ''Ni una más'' me dije, ''ni una más''.






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