domingo, 12 de octubre de 2014

El mundo de lo absurdo.

Reventar la burbuja con los dientes y escupir con pertinencia el por qué. Si tuviera todos los añicos de la ventana, todos los universos paralelos que se desprenden de los diminutos trozos de cristal que vuelan y son atravesados por la luz de un cielo caótico, que forman la imagen de un mundo repugnante y sentirlos quebrantar las manos; sentirlos tan fuerte como sienten los pulmones el humo de un cigarrillo.

Y eso es lo que hace el tiempo, hacer papilla nuestra masa cerebral, derretirla con la repugnancia y la rabia que va aumentando con cada año, con cada cumpleaños, con cada segundo que marca un reloj de muñeca.
Y nos consume la vida, nos consume tan rápido reprochándonos todas las veces que no vimos con la razón, todas las veces que creímos atisbar algo de control, algo de sentido, algo firme y estable que no existe. Esa es la clave del ser humano ahora mismo, pudrirse en un mundo completamente devastado por la mierda que nos anula todos los sentidos para no sentir absolutamente nada.
Y si no es la propia histeria ¿qué es lo que nos mantiene en pie? Nada.

Correr constantemente sin saber de qué se huye es la única forma de seguir cuerdo. Y, por supuesto, no mirar atrás. Nunca mirar atrás. Por no vomitar polvo, segregamos monstruos. Son estos monstruos los que te recuerdan que gracias a ellos respiras. Pero derrúmbate a gusto, es el único camino sensato.





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