domingo, 20 de octubre de 2013

Las cinco etapas del duelo.

No, ¿entiendes? No lo hagas. No te vas y no te has ido y no vas a hacerlo porque no puedes. Y tú nunca ibas a irte y no puedes abandonarme así, no puedes cerrar la puerta como si nunca hubiese sido nada, porque lo he sido, y lo soy, y no puedes evitar que lo sea, no puedes acabar este capítulo arrancando las páginas anteriores, ¿comprendes eso? Lo haces, sé que lo haces, así que haz el favor de volver, haz el favor de retirarlo todo y decir que lo que acabas de romper era una falsa alarma, que las luces rojas van a dejar de brillar y de carcomerme la piel. Dilo, dilo porque sé que quieres decirlo. No me des la espalda, no cruces la maldita puerta sin escucharme, porque lo estás haciendo.
Y la has cerrado ya, y jamás escucharás nada de lo que estoy gritando con la maldita boca cerrada, pero adelante, adelante porque eres un cobarde, un maldito cobarde y jamás la abriré, ¿entiendes? Nunca más, esta es la última vez porque detesto todo en lo que te has convertido o lo que tal vez siempre has sido. Esta es la última vez que me abandonas y que te abandono, porque no quiero volver a recordar una sola palabra que me hayas dedicado. Y esta es la última vez que te olvido, porque no pienso volver a recordarte. Y quiero reventar la maldita ventana y todos los cristales lloverán reflejando que nunca llegué a ser ni la mitad de lo que escribías, de lo que dabas. Y le repito al espejo que esta es la última vez para ti, para todo lo que un día fuimos, y ¿esto que escribo? no te creas importante con ello, porque no es más que una mera forma de curar las heridas, de reventar los vacíos, de explotar todo lo que has creado, y la dinamita son mis manos alrededor de la garganta de todo lo que un día llegamos a ser. Y la asfixio, la asfixio con todas las fuerzas que la rabia me regala, y si volvieses, no dudaría en seguir asfixiándolo hasta comprimir todo el oxígeno y destruirlo con un sólo movimiento. Te lo repito una vez más, esta es la última vez que te olvido, y ojalá pudiese.
¿Por qué no coges este barco? ponlo rumbo a casa, seguimos teniendo tiempo... Puedo cambiar las cosas de lugar, te prometo que lo voy a intentar muy fuerte y con los ojos muy cerrados. Lo cambiaré todo y volverá a ser como antes, y lo vas a ver, vas a poder ver cómo nada es lo que parecía, y volveremos a patearnos Madrid, como antes ¿recuerdas? como en los viejos tiempos en los que malgastábamos las horas escuchando la música callejera. Y nada más va a importar, porque no volverá a torcerse, no se hundirá por su propio peso, ¿por qué no puedes intentarlo tan fuerte como yo? Si viniste para quedarte, ¿por qué te vas sin siquiera luchar? ¿No vas a volver?

No vas a volver y las paredes me están comiendo, los valles se han cambiado por desiertos. Y no puedo más... No puedo respirar este aire contaminado que me intoxica, que me envejece el rostro y las ojeras que me recuerdan el ayer. ¿Y ahora? ¿Dónde consigo un mapa que me diga ''usted está aquí''? porque no tengo ni idea del ''aquí'' en el que me encuentro, y necesito ayuda.
Me tiemblan tanto las manos, y las idas y venidas, y los días son eternos, y no consigo dejar de escavar este pozo sin sentido y sin aparente final.
Estoy sola, 'sola, haga lo que haga, siempre acabo sola. No hay nada que temer salvo la propia soledad'. Y me pierdo, y me encuentro, pero aún sin saber dónde, porque alguien ha apagado todas las luces y no veo ningún símbolo direccional, alguien ha tapado la luz verde del cartel de salida, y aquí dentro el oxígeno cada vez dura menos, se oxida, se agota... Y me quedo aquí, decido tumbarme hasta que logre abrir los ojos, me acurruco con la carga a mis hombros, con las dudas, con el miedo, inseguridad, decepción, pérdida, a la deriva, y me duermo, y me despierto sin levantarme. Ha pasado tiempo, mucho tiempo, o al menos esa sensación recorre cada poro de mi piel. Y empiezo a comprender, que la vida es un eterno cambio, que no sólo existe una, existen tantas vidas como cambios experimentemos, y cada etapa empieza y acaba dejando atrás tantos aspectos como personas, incorporando otras, conservando aquellas que realmente han querido caminar junto a nosotros. Y acaricio mi rostro con la yema de mis dedos despidiendo a aquella persona que fui ayer, que en esencia se quedará siempre aquí, despidiéndome de ti, saludando desde el fondo de la escalera, apretando mis cordones, dispuesta enfrentar esos escalones, sabiendo que no fui yo quien decidió rendirse, sino seguir luchando, y esta vez lucho porque este peso muerto sobre mis hombros vaya resultando cada vez más ligero. Y lo hará, prometo que lo hará. Y las malas noches, se convertirán en buenos días, y los malos días, en buenas noches.




sábado, 19 de octubre de 2013

Sobre la relatividad y la catarsis.

Irónico. Irónico es lo único que pienso ahora mismo. ¿Por qué? Porque creo que es irónico todo lo relativo a todo. Todo es irónico ahora mismo. Es irónico la forma en que concebimos ciertas cosas, cómo construimos altares y qué rápido los fulminamos o los fulminan. Es irónico todo esto ¿no lo crees? pero de una forma muy agria. Dios, cómo detesto lo amargo. 
Es irónico el pasar del tiempo. Como por ejemplo es irónico cómo hace tres años me salvabas y ahora me das la estocada final. Certera, fría, fuerte.
Y me surgen miles de preguntas, pero la única respuesta que obtengo es un olvido desolador, un golpe sordo. Cada espina, cada pequeño arañazo, cada cuchillo por la espalda están empezando a dejar de ser pequeños trámites.
Quizá las malas lenguas tengan razón y no te ha importado, o lo dejé de hacer hace mucho, y todo esto estaba premeditado y falto de excusa hasta que la encontraste. Tal vez todas las adulaciones no eran más que espejos y espejismos. Que todo este tiempo no ha sido más que encerrarse en un cuarto de espejos de todo tipo de lentes, y tú nunca estuviste realmente como decías que estarías.
Es irónico cómo ciegan algunas luces al final del túnel. Que lo inquebrantable se convierta en frágil y enfermo. Que las razones que nos unieron sólo me demuestren que todo acaba siendo polvo y cenizas. Y que lo desconocido se hace conocido en un respiro, y me pesa comprobar que también a la viceversa. 
Y todo se quema, todo se incendia, todo lo haces arder una mañana nublada aparentemente rutinaria. ¿Sabes qué es lo mejor de prender fuego? Que durante el proceso es devastador, pero nunca jamás volverás a poder reponer nada, porque nada queda. 
Así que, hoy, no pongo la mano sobre el fuego por ti. Esta vez contemplo cómo el crepitar de las llamas consume con fiereza las horas acumuladas, las tardes, las mañanas, los cafés, los paseos eternos, los inviernos malditos y las azoteas.
¿Sabes dónde acaba esta ironía? en ese preciso instante en el que descubro que eres tú quien observa desde el otro lado, y yo quien se  intoxica dentro.









jueves, 17 de octubre de 2013

Sentimientos cordiales para heridas sin cerrar.

''He estado pensando sobre el tema, y creo que esta vez no me decantaré por la negativa. Sin embargo, he escrito unos cuantos puntos que veo necesarios e imprescindibles para esta ocasión, y espero (y creo) que no estarás en desacuerdo, y los aceptarás:
Nada de dos besos en la mejilla, porque ya sabes que odio la cordialidad. Tampoco cogeremos el transporte público, que no está la vida para darle el gusto al señor presidente. Caminaremos, pero no quiero ni un sólo silencio (cómodo o incómodo) que invite a decir cosas de las que uno luego se desentiende. Yo escogeré el sitio, pero no te creas que será más complicado que una cafetería. Nada de invitarme o de invitarte, sólo serán un par de cafés o quizá uno. No caeremos en el engaño de hablar sobre sentimientos o emociones demasiado fuertes que puedan acabar en otros temas aún peores. No se te ocurra llevarme al círculo, y mucho menos pasear. No muestres interés por el título del libro que saque al buscar mi cartera (reitero lo de pagar mi café). Ni un sólo reproche sobre el tabaco. Cuando crucemos la puerta de salida, cada uno tomará un camino, y nos despediremos con un 'gracias por la tarde, ya nos veremos'. Dejaremos un largo espacio de tiempo hasta que volvamos a renegociar el próximo encuentro (si es que hay próximo encuentro). No existirán los impulsos aparentemente ''idóneos''. Y no, no se te ocurra preguntar por mis ojeras.
Espero que no haya problema.''



martes, 15 de octubre de 2013

Se necesitan más que alas y huesos huecos para poder volar.

''Estás pensado demasiado'' me repito una y otra vez. Y ese maldito reloj marca la una, y no deja de sonar, una y otra vez ''tic-toc''. No lo aguanto más. Si alguien no lo para lo pararé yo. Y este edredón, odio este maldito edredón. Y la cama, se me está quedando grande, y esas cortinas, y el color de las paredes, y el maldito cuadro de París, y la Coca-cola encima de la mesa. Este maldito perfume, odio este maldito perfume y mi pelo que me asfixia, y el tiempo que no pasa o que no se para. Odio este maldito cuarto. Y ya que me pongo a maldecir, maldigo Madrid, y toda esa gente despreocupada, toda esa masa de gente despreocupada que ni siquiera sabe caminar sin arrollar a las personas, malditas sean todas. Y el edificio de Schweppes. ¿Es que nadie piensa parar todo ese ir y venir de los coches? El ruido, el rojo, el verde, el ámbar, y todos absortos en conversaciones banales e insustanciales, con esas risas escandalosamente picajosas, ¿es que nadie va a decirles algo?
¡Basta! Basta porque alguien debería parar toda esta farsa de gente entre la que ya no sé si hay personas o marionetas, ¿es que a nadie le preocupa? ¿es que a caso algo aquí merece la pena? Porque malditas las avenidas inmensas y las prostitutas de Montera, y el maldito barrio de Tribunal y las azoteas. Y ya vale de fingir síndrome de Stendhal, porque aquí no hay nada de bonito ni de asombroso. Y cuando digo nada, es nada. Ni la desdichada plaza de Sol, ni sus desgraciados artistas, ni ese señor tocando Coldplay, ni las míseras monedas en su funda de guitarra. Porque aquí hace mucho tiempo que las cosas han pasado de castaño a oscuro, y aquí hay más desgracias de las que uno se atrevería a contar, y ya no da para más, no da para más cubrirlas con esta ciudad fantasma que ya nada guarda, no esa magia que me solía hipnotizar. Y ahora que me pongo a maldecir, a lo mejor debería maldecirme a mi misma, porque esta ciudad sigue tal y como estaba, porque nada cambia más que esta necesidad de gritar entre el gentío que se me ha perdido el cuaderno, y las escrituras, y la cabeza, y qué se yo qué más. Y que tal vez maldito el momento en el que empecé a perderlo todo sin querer o queriendo. Y que tal vez maldito el momento en que queriendo o sin querer perdí hasta el suelto en los bolsillos. 


'Si pudiera explicarte todos mis silencios. Sólo son laberintos en los que te pierdo. Viviría por ti, viviría por ti, como viven los valientes'.