No puedo evitar apresurarme a decir ''no es lo que parece'', pero ya no me escucha. Ella siempre se hunde en sábanas y agujeros de conejo de las fantasías más enrevesadas que la mente de un niño puede llegar a crear.
¿Qué he hecho? Lo he estropeado todo. Sigo arruinando el momento llegando siempre tarde.
Toco su hombro, se gira: sigue teniendo esos ojos oscuros, felinos, irresolubles.
Pero me mira extrañada. Realmente ni siquiera sé qué me quiere decir con esa mueca y quizás eso es lo que más me aterra.
Está perdida en algún lado y no sé dónde. Se ha zambullido tan lejos que siento aún más miedo. Zarandeo su frágil cuerpo mientras intento encontrar algo de luz después del suceso. No escucha absolutamente nada. Ensimismada. Se ha ido a los páramos verdes, a lo único que conoce. A las piedras y al riachuelo, a el queso para merendar y las habitaciones de madera. A la guitarra que aún no sabe tocar.
Aprieto mis manos frías, agarro las suyas con mucha fuerza, la diferencia es abismal. ''¿Qué has visto?'' No hay respuesta. ''Escúchame, por favor coquín, escúchame''. Nada.
Lo he vuelto a hacer, lo he vuelto a hacer. Recorro el maldito pasillo, de arriba a abajo. Pero no estoy donde creo estar. La cocina tiene una barra americana y es más grande. Mi cuarto es más pequeño y en frente ese azul, en el que sólo me cuelo cuando no me mira y en el que me siento un ser casi invencible cuando él me invita.
¿Qué hago aquí? ¿Cómo hemos llegado aquí? Ella sigue conmigo, pero no me ve. Nunca puede verme y yo no puedo parar de verla. Y si yo no puedo comunicarme con ella ¿qué hago aquí? Se hace un silencio eterno, que dura tanto tiempo, tantos inviernos, tantos otoños, tantas primaveras, tantos veranos, que dura tantos años, tantos, que no logro comprender que me está susurrando, que al fin parece verme, que tiene su mirada puesta en mi, por fin. Y entonces empiezo a caer en picado, piso tras piso, cuando escucho como dice ''¿Por qué estamos llorando?''.
Y un torbellino abrasa mi visión y mi mente y todo se queda suspendido en un abrir y cerrar de ojos. En un sutil suspiro, en las palabras. Y aparece la carretera de nuevo, y yo en la parte de atrás del micra, y la noche también. El cristal, el semáforo en rojo, la lluvia, la Navidad. ''He vuelto''.
Y sigo viendo como dejamos aquel edificio atrás, el motor se vuelve a poner en marcha, mi corazón se vuelve a poner en marcha. Arrancamos y se arrancan mis pies del pasado a la vez.
Y lo entiendo. Lo comprendo a la perfección. No estaba haciendo la visita, estaba siendo visitada. Siempre supe que era una niña demasiado espabilada.
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