Subíamos los peldaños en un vaivén de recuerdos; de historias que no nos habíamos contado aún, hasta que nos topamos con la puerta. El objetivo. Sonreí mientras ella me decía ''de verdad, que no te va a doler nada''. Le devolví la sonrisa más nerviosa que se le puede dar a alguien cuando sientes que algo no marcha bien.
El proceso que se fue sucediendo hasta que estaba totalmente dispuesta a ser marcada de por vida no tiene demasiada importancia (por no decir que no logro recordar algo que no sea yo pensando ''step in front of a runaway train just to feel alive again'')
''Tienes que ladearte, es decir, mirar hacia la pared y levantar un brazo. Busca la posición que te sea más cómoda porque nos va a llevar un rato'' Y la inquietante espera me pareció más larga que los últimos días de Otoño.
Respiré hondo antes de escuchar el ''¿Estás preparada?'' y cuando quise darme cuenta ya no había vuelto a respirar.
No sentí demasiado o quizá menos de lo que esperaba (como todo lo que sucede en la vida real en un combate con las dichosas expectativas).
Los pinchazos eran certeros, rápidos, firmes, efímeros, sufribles. Los movimientos eran sumamente lentos, cuidadosos. El sonido de la aguja penetraba hasta en el último recoveco de mi cabeza.
Los primeros cinco minutos sólo pensaba ''¿Estará todavía por la K?'' y de repente me sumí en una nube negra de vapor atosigante. Y cada vez que la aguja se detenía sentía una imperiosa necesidad de que no parase, de que siguiese, de que el sonido jamás abandonase mi pabellón auditivo, que penetrase tan, tan, tan fuerte que todo lo demás ya no estuviese. Nada. Ni ese cuarto. Ni aquel hombre. Ni Sara. Ni yo.
''Más adentro'' pensé. ¿Más adentro? ¿Dentro de qué? Dentro de mi no, por favor. Pero ya era muy tarde como para no estarlo, y eso formaba parte de esa maldita bruma vertiginosa que me rodeaba mientras apretaba los ojos fuerte para no ver ni un ápice de sangre (si es que estaba sangrando algo)
No sé cuántas veces me arrastré de rodillas ni me supliqué que no abriese esa puerta. Esa no. Y allí estaba, tirada en el suelo como una escena totalmente fuera del drama, un paso más allá.
''María, ciérrala ya o se te va a hacer tarde''. Y se me hizo más tarde que nunca.
Y seguía en aquel suelo, aquella tarde de Mayo, deseando estar completamente bajo tierra o donde quisiera que él estuviese. ¿Y cómo se suponía que iba a seguir? ¿Y por qué ya no te iba a volver a ver? Es que, ¿quién había deliberado todo aquello y por qué no se me citó para el juicio? Porque te juro que de haberte condenado delante de aquellos (mis) ojos, me habría ido contigo, de la misma forma que tu evitaste mi caída fatal aquella noche de verano en ese santo camino casi imposible.
Y no me movía. ¿Cuánto tiempo llevaba allí tirada? ¿Por qué no paraba de pensar en soluciones si esta vez no había una posible? Ya no. Ya nunca más.
Quien quisiera que llegase a casa, no podía verme así, pero eso no me importaba demasiado. No sé cuántas veces susurré tu nombre, como a quien le arrancan un hijo de los brazos (no quiero ni imaginar esa parte de la historia).
La aguja volvía a ponerse en marcha. Y seguía mordiendo mi piel sutilmente, con cuidado, como acariciándola e intoxicándola al unísono.
Ahora estaba en aquel cuarto lleno de gente que creía ver en mi alguna respuesta. ¿Y qué les iba yo a decir? ¿Que no había pasado? ¿Qué se suponía que tenía que decirles? ¿Qué esperaban que sacase de mi chistera completamente rota? Esta vez no tenía absolutamente nada en las manos, ni un solo truco (tú que me enseñaste tantos. Tal y como me los diste te los llevaste).
No sé cuánto tiempo transcurrió a lo largo de esa tarde, no me atrevo a escribir sobre lo que pasó allí ni por fuera ni por dentro. Pero ¿y ahora cómo iba a vivir sabiendo que ya no podías formar parte de otra cosa que no fueran mis memorias y recuerdos? No me fiaba, no me fío de esas malditas enfermedades que te arrebatan el más divino tesoro: recordar.
Si seguía cuerda, ¿cuánto tiempo iba a aguantar para que lo último que viese al morir fueras tú? ¿y si ya no recordaba nunca que alguna vez habías existido? ¿y si por otra obra maestra de la vida, ya no iba a saber más qué pasó ese pegajoso día de Mayo? Yo te necesitaba para siempre ¿sabes? Yo te necesitaba como aquel aire seco y agrio. Yo te necesitaba más de lo que creía que se podía necesitar a alguien. Y te necesitaba tanto que el mero hecho de pensar que no nos íbamos a encontrar nunca más por mi culpa, por mi propio desgaste, por el óxido de los cuerpos decadentes, me comía el equilibrio.
''Ya sólo queda repasar un poco más la última palabra'' Escuchaba cómo decía de forma lejana. Ya había acabado. Me incorporé algo mareada y me miré frente al espejo. Y entonces, sólo entonces, supe que pasase lo que pasase, ni la enfermedad, ni mucho menos la salud, nos iban a separar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario