jueves, 25 de octubre de 2018

Seguir siguiendo

A partir de los cuatro metros  hay peligro de daños. Ni tanto ni tan poco: fueron cuatrocientos.

Cuando decidí seguir siguiendo me encontré con el aire en los pulmones sin el que alguna vez me habías dejado. Encontré también que el agua caliente regenera las heridas; que la tierra que se pisa con firmeza se pisa mejor desnuda. Que el fuego que más quema es el de nuestras propias hogueras.
Seguir siguiendo ha sido un ejercicio de paciencia y costura. Suturar puntos de pliegues irregulares. Deshacer plumas rotas.
Seguir siguiendo ha sido seguir buscando la oportunidad en cada amanecer tardío y perezoso. Ha sido maquillarse con picardía y desmaquillarse con miedo.
Seguir siguiendo ha sido decir siempre que sí y encontrarme en negaciones cargadas de una sombra que uno, muy a su pesar, tiene que dejar ir. Sombras que descoser de los pies.

Nadie te enseña a seguir siguiendo, tampoco que hay caminos que duran más tiempo del que estamos dispuestos a dedicar. No sabía que cuando llegas a la meta, el camino aún no se ha acabado. Y aunque en cada túnel haya una luz al final, siempre habrá otro túnel para aquel que quiere traspasar montañas.

Nada nunca me había enseñado a correr tan rápido como tú. A huir tanto tiempo. A pelear con tanta rabia. Pero sobre todo, nunca había seguido siguiendo tantos años. No sé si darte las gracias o desear no haberte conocido nunca.
De todos modos agradezco el aprendizaje,

No me has hecho inmortal, pero debo estar cerca.

lunes, 1 de octubre de 2018

Proverbio chino

¿Las profecías están para cumplirse? Todas las flechas de neón señalan hacia ese cuarto de estar. La sala de espera del que no sabe qué espera cuando está esperando o no sabe qué esperar. 
Ya llevo una antología de todos y cada uno de los cuentos que me cuento desde hace mucho tiempo. ¿Aparecerás tú también en ellos? Llevo masticándolo bastantes horas.

Es verdad que lo más difícil del camino es aceptar que siempre va a ser difícil. No hay maniobras suficientes para dar con la clave perfecta para abrir algunas puertas que quizá siempre han estado destinadas a ser una incógnita. Me prometo a mi misma que esta vez las cosas no son circulares, que el pasado solo persigue a las personas que no han visto el futuro. Caminando por las ruinas de la ciudad perdida reconozco las viejas piedras que un día volaron por los aires. Los tifones que yo creé y los huracanes que los iniciaron. Por supuesto, tuyos.

Me vuelvo a decir: nada ni nadie es lo mismo. Y me aprendo como un mantra que cada paso es un paso hacia adelante. Incluso cuando sientes el retroceso. Pero siempre llegan esas olas de viejas resacas. Olas que vienen y me devuelven todo lo que alguna vez se quedó en el fondo del mar. ¿Van a volver siempre? Rezo porque la respuesta siempre sea un "no". Que el tiempo haga de las suyas, como siempre dicen que hace. Y de repente, un otoño más, cae en mis pies, sobre la arena, el mismo mensaje embotellado: el que teme sufrir, sufre de temor. Proverbio chino.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Serendipia.

No tardé mucho en memorizarte como memoricé serendipia la noche en que las estrellas parecían diferentes desde el mundo sublunar.
1460 días después de rumbos nómadas frenéticos caminé distinto cuando descubrí tus pies al lado. También cambié el insomnio por últimos cigarros.
Y se quedaron huellas en cada esquina, búsquedas detrás de cada puerta y de cada despertador. Hay acordes que recuerdan miradas, vueltas a las tres de la mañana y tiempos libres que descubrieron más purpurina de la que esperaban.
No tardé mucho en confesarte que no creía en las casualidades, aunque parezcas la más grande del mundo. No recuerdo en qué momento empecé a ver a través de ti, como si fueses el caleidoscopio que perdí con cinco años y encontré no hace tanto. Tampoco sé en qué momento me acostumbré al sonido de tu voz -tanto que lo guardaría en una caracola-.
Supongo que la vulnerabilidad de las pequeñas debilidades que te he prestado no asusta tanto cuando son tus dedos los que desenredan mis nudos, y respiro tranquila si te veo llegar, aunque me tiemble el pulso cada vez que me giro. Quizá lo que hizo al verano primavera fue ver cómo admirabas mis flores sin querer cortarlas. O que colocases un globo de cristal en las noches más frías.

No tengo ni idea de cómo has convertido las horas en reversibles, ni por qué las respuestas son tan irrelevantes. Jugaría eternamente a las preguntas, sobre todo las noches en que decides desnudarte sin quitarte la ropa. Quizá ese sea uno de tus puntos fuertes. Ese y el lunar de tu mejilla. Hay magias y magias, aunque ninguna se pueda comparar si no se ve sentada entre tus piernas.
Sigo sin saber qué ha pasado, y eso que ha pasado todo. Y no puedo dejar que deje de pasar. Quizá éste sea el vértigo más irresistible que he vivido, pero no tengo miedo cada vez que abro los ojos, porque del uno al qué siempre sale dos.


viernes, 27 de abril de 2018

"No se nace mujer, se llega a serlo"

El primer acto reivindicativo que se manifestó en mi vida fue la decisión que tomó mi madre al no ponerme pendientes. Recuerdo preguntar preocupada por qué no los llevaba como las demás niñas, su respuesta fue: me pareció una tontería hacerte pasar por ese sufrimiento solo para marcarte como a una oveja por ser niña. Entonces no me di cuenta de lo que significaba eso.
Volviendo a echar la vista atrás, recuerdo las repetidas discusiones sobre por qué tenía que peinarme si tenía el pelo corto como mi hermano, a lo que mi abuela, hija de su tiempo, argumentaba que no podía ir hecha unos zorros; que por qué no podía parecerme un poco a las otras niñas que iban tan arregladitas y bien compuestas.

Recuerdo también los "ay filla, que pena que seas la única chica del grupo, qué vas a  hacer siempre rodeada de mozos". Uniendo todo esto, no es sorprendente que el único juego de la PlayStation que capturaba toda mi atención fuese Tomb Raider, el único personaje femenino dentro del mundo de los videojuegos que me demostraba que ser mujer no significaba sólo ser recatada, admirar la valentía de los hombres y esperar a que te dejasen participar de ella si tenías suerte y algo de gracia. Quizá Mulán, Pippi Langstrump, Xena la princesa guerrera, se salvaban del resto de patrones y "mujeres-ejemplo" que me tragué durante años por todos los canales perceptivos, siendo la esponja que se es en ese lapso de tiempo.

El segundo acto reivindicativo que recuerdo con más fuerza fue a la edad aproximada de diez años, cuando Hugo, un niño de armas tomar, se dedicaba a pegar a los niños con menos fuerza física que él, y yo, queriendo imitar a mis heroínas, pensé que a veces las mujeres también llevan capa. Le grité que era un abusón y me empujó tan fuerte que me tiró al suelo. Cuando la cuidadora del comedor se enteró por las heridas que tenía en las manos, me dijo que una niñita como yo no podía meterse con los niños, que son unos brutos y siempre iba a tener las de perder.

Ayer recordé especialmente esta anécdota de Hugo. "Una niña como yo no podía meterse con los niños porque son unos brutos y siempre iba a tener las de perder".
Aunque durante muchos años la sociedad me hizo beber del machismo, por h o por b, un día recuperé la capa y me puse las gafas moradas. Ayer pensé que aquel día Hugo me ganó y me tiró al suelo. Hugo me hizo mucho daño. Hugo me hizo llorar de rabia e impotencia. Pero agradezco a Hugo que me hiciese vivir ese aterrizaje forzoso, porque Hugo no sabe que regó la semilla que hace que hoy en día no pase ni una más. Que me hizo coger el primer libro feminista. Que me hizo bajar a la primera manifestación del ocho de marzo. Que hizo que no me callase en las discusiones familiares y en los debates de calle. Que me ha hecho hermana y amiga de todas las mujeres. Que me une en una lucha que tiene un enemigo muy claro: el patriarcado.

Lo que sucede es que este ejemplo infantil no dista tanto de lo que sucedió ayer y sucede todos los días cada dos minutos. Solo que no es la cuidadora del comedor la que nos recuerda que "es lo que hay", no, mucho peor, es la sociedad. Son los órganos judiciales. Es el estado que nos debería amparar y no lo hace.

Ayer, por un momento, sentí que una vez más el sistema patriarcal le marcaba un gol(pe) insoportable al feminismo, a todas nosotras. Un golpe que desinfla, enfada, conmociona, desanima. Un golpe que duele como un empujón muy fuerte contra el suelo cuando tienes diez años. Y fue entonces cuando pensé que esto no hace más que regar la semilla de todas y cada una de las mujeres que empujamos cada día estas cadenas, estos pendientes, los nudos del pelo y los prejuicios. Estos golpes hacen que cada mañana cojamos con más ganas la capa y regalemos gafas moradas para que el día de mañana nuestras hijas, sean las brujas que no conozcan la hoguera. Y es entonces cuando por un momento vuelvo a ver la luz al final del túnel; cuando sé que esto gritará más fuerte y con más voces: tranquila, hermana, aquí está tu manada.

sábado, 24 de febrero de 2018

Eres Agua

Aquella noche, contra todo pronóstico, tras una serie de catastróficas desdichas, decidí acostarme mucho antes de lo habitual. Aunque había descubierto "eres agua".
Supongo que a las tres de la mañana ya sabía que algo no iba bien, o al menos no lo haría al día siguiente.

No era demasiado temprano ni muy tarde. Bajé los escalones con la desgana de un viernes pretencioso: uno, dos, tres... Y la vida se volvió una causalidad. No recuerdo con claridad mi reacción en el momento en el que vi la inundación.
Allí estaba todo lo que no había querido ver desde una edad muy temprana como para tomarse tan en serio el horóscopo y los ascendentes.
Y allí estaba yo, con los pies sumergidos, congelada, aterrada. Tras varias caídas, muchas maldiciones en voz alta y más que un par de lagrimas, la sed descansó.
Y allí estaba yo, con el agua por los talones, los brazos cansados, la ropa mojada, una casa inundada y la calma que precedía a la tormenta. O tal vez fue al revés.

"Eres agua, es inútil huir de ti; inundas y arrasas.
Eres agua, es inútil huir de ti; la sed no descansa"

Nunca un descubrimiento se me antojó tan irónico. Supongo que cuando me reí en medio de todo el desastre natural, no sabía que estaba a punto de entender que el fuego se había apagado. Al fin.
No sé que vino primero, si el huevo o la gallina; la revelación o la neurosis; las respuestas o las preguntas.

Es inútil huir de ti. Es inútil huir de mi. Y en el segundo cajón del escritorio reencontré las respuestas. Una carta que escondía la verdad que siempre había sido negada: agua eres.

La vida siempre tiene una manera muy extraña de mostrarte sus enrevesados caminos. Supongo que me hicieron falta veintidós años de tormentas, una regresión al pasado, una canción, una inundación, una decisión impasible y un poema para hacerme ver que no somos lo que querríamos o creíamos que íbamos a ser; para hacerme ver que somos, sin más vuelta de hoja. Esto o aquello. Lo somos. Nos guste mucho más o mucho menos.
No eres más que aquello que siempre has sido. Sin aceptar o aceptándolo. Eres agua, por mucho que quieras reducir a cenizas, siempre arrasas. Puedes seguir observando la hoguera cuanto quieras, puedes bailar con las llamas; incesante.
Nada de eso cambiará tu cauce y caudal. Te perteneces. Descubre: por mucho que intenten cogerte, eres transparente, eres blanco, te escurres entre los dedos.

¿Lo aceptas?

jueves, 15 de febrero de 2018

Bajo el Volcán

He vuelto a leer el día en el que dijiste que nunca podríamos decepcionarnos o hacernos daño. Realmente no he parado de releer un 2010 que se me antoja tan lejano como lleno de mentiras y delirios pesimistas.
No sé en qué momento dejé de ser tu altar o perdí la credibilidad del hogar que algún día significamos. Nos pusimos las alas tantas veces y me desplumaste con tanta facilidad... Nunca fue suficiente para ti, le pedías el mundo a alguien que aún no sabía en qué continente estaba. Aquel día ni siquiera Madrid fue suficiente para arreglar la magia suicida que inventamos desde las alturas de nuestros tejados.

Te esperé mil millones de días. Te esperé siempre con tanto odio como para decirme a mí misma que no estaba esperando. Repetí mil veces las conversaciones que nunca se materializaron, porque no volviste a entrar por el andén dos, nunca más.
También te he buscado entre la gente. A veces me giro de repente, por si eres tú. Suele pasar lo mismo que con las conversaciones. He procurado ponerle bien de mercromina a los recuerdos, a todas las canciones, a todos los pasos que cuentan kilómetros de una historia que un día nos prometimos escribir. Qué dramáticos éramos, pero cuánto nos queríamos, ¿verdad?
Cada vez que dejo volar a mi mente sin conceptos límite, apareces tú. Como una sombra que me acompaña como el negro en el luto. No llegarás a ser nadie, me dije; nunca te lo perdonaré, nos dijimos. Siempre te espero, me recordé. En el fondo sé que tú también lo haces.

No creo en las coincidencias, o al menos dejé de creer en ellas. Sé que la vida no te pondrá en mi camino, que nunca nos pagaremos lo que nos debemos y mucho menos, recordaremos con un café desde las alturas que con los pies en la tierra nos seguimos sintiendo tan cerca como nos sentimos en el alma. Mis ojos no volverán a brillar posados en tu ingenio. Nunca más me pedirás un cigarro. Nunca más volveremos a casa pensando que tendríamos que habernos confesado que estábamos profundamente enamorados. Nunca creí que la vida nos iría a separar. Sabía que los caminos nos distanciarían, que en el fondo tus sentimientos nublaban tus ganas de despegar y que yo pisaba tus pies fingiendo que bailábamos el mismo vals. Perdóname pero no puedo perdonarte. Y creo que jamás lo haré, porque existen los conceptos límite, la vida pasa y el tiempo no perdona.
No, no descubriremos nuestros pies cruzándose por la Gran Vía ni nos daremos la oportunidad de decirnos que “esto tenía que pasar tarde o temprano”. No sujetaré una copa en un bar, distraída, esperando que nada pase y pases tú. Y sí, los años pasan y están apagando tu voz. No existirán arrecifes si te vas. Desde donde quiera que esté, estés y estemos, veremos la luz verde al otro lado del puerto, pero es un espejismo del día en que decidimos, o más bien decidiste, que era todo o nada. Y para mí, nada mereció la pena si había migajas de noches eternas. Y para ti, fue un amanecer sin incoherencias, sin risas mayúsculas, sin domingos existenciales, sin esperas, sin reproches de distancia, sin que la luna aguardase… que era yo. Sí, me moriré de ganas de decirte que te voy a echar de menos. Pero ya no me muero por ti aunque me maten los recuerdos de vez en cuando.


Arranca la esperanza la razón dominando las pasiones. He ganado coherencia en mis discursos, te sorprenderías. Supongo que acabado el inicio y el final, la historia es una suerte de relato surrealista que parece no haber sucedido nunca. Ojalá muchas cosas. Suerte haber sido luz. Cuántas veces me lo decías. Siento no haberme dado cuenta a tiempo. Perdóname, por no haber seguido tus dedos en el cristal, sé que llegué demasiado tarde a la cita, tan tarde que tú ya te habías ido. Ojalá hubiésemos pasado sin miedo. Quizás en otra vida recordemos que en otra vida fuimos un mismo ser. Que nos atrevamos a andar por los cables. Yo, ya no sueño más. Y espero que tú, por lo menos, hayas despertado.