He perdido cinco kilos desde el tiroteo. Me ha crecido un poco más el pelo, y con la llegada del invierno mi piel vuelve a ser casi transparente, como cuando nos quisimos conocer.
Me sigo levantando todas las mañanas; algunas tardo casi una hora en conseguir despegar mis párpados y despegarme de la cama; otras casi practico salto de altura.
Sigo yendo a la universidad, (casi) todos los días... Oh, también me he apuntado a teatro.
He gastado dos cajas de bengalas desde el tiroteo, sé que no te lo preguntas.
Sé que tampoco te preguntas si concilio el sueño por las noches, verás, mi respuesta es ''a la mitad''.
Tengo más pesadillas desde el tiroteo.
A veces siento el frío mordiendo mis huesos; otras veces veo como mueves los labios, pero no logro escuchar nada; las peores, son cuando sólo escucho los disparos, o cuando sueño que esa noche nunca ha existido en este lado del mundo.
Estoy dejando de escribir cartas a todas nuestras catástrofes. Cada día olvido más, recuerdo menos. Lo siento, lo siento porque no voy a volver a cruzar por el marco de tu puerta. Siento que jamás volvamos a ver llover como solíamos hacerlo. Siento que ya no vuelva a cantar en el asiento de copiloto, y no poder volver a fumar en tu terraza.
Esta es mi carta de despedida, la carta que nunca has necesitado, la carta que nunca vas a leer, la carta que nunca creí que llegaría a escribir y estoy escribiendo.
Hoy cometo una gran infidelidad, probablemente la mayor de todas; No estamos en un punto muerto, estamos en un (punto) final, y no pierdo la consciencia cuando escucho como digo ''que sea cierto el jamás''.
[...]
Recuerdo que perdí cinco kilos después del tiroteo, me había crecido el pelo y mi piel se había vuelto casi transparente como cada invierno ha seguido haciéndolo.
- La vida es así, ¿sabes? Habrá alguien más... Qué digo, habrá muchos más, muchísimas personas que se cruzarán por tu vida. Pero deja de pensarlo, deja de buscarlo, porque sólo lo encontrarás así, cuando menos te lo esperes, cuando dejes de buscar, de repente. Quién sabe si la semana que viene, dentro de dos, o en meses... Eso nunca lo sabrás...
- No.
- ¿No qué?
- ¡No! Y punto, ¡No! ¿entiendes? No me lo creo. No me creo nada de eso. Es más, me atrevo a decir que es una mentira, ¡el consuelo del conforme! Y yo no, no voy a colaborar creando conformistas, porque se acabó eso. Me cago encima del ''cuando menos te lo esperes'', y aún más me cago encima del ''cuando dejes de buscarlo aparecerá'' ¿qué? ¿qué se supone que pasa? Por favor, ¿puede alguien demostrar que si te pasas cinco meses encerrado en casa sin pensar en ello, el hombre o la mujer de tu vida llamarán a la puerta con un gran cartel de neón en el que haya escrito un ''Gracias por no buscarme ni esperarme, aquí estoy'' ¡Es absurdo! Es absurdo que nos dediquemos a sentirnos casi culpables y esperemos que el universo no nos haya escuchado ''esperando'', ¡como si no lo hiciésemos! ¿y cuál es la solución? ¿pensar más bajito? ¡Ridículo! ¡Nos pasamos la vida esperando! Quietos, como si la solución fuese a aparecer como la virgen y es algo terrible, es terrible que la gente lleve a pies juntillas lo que me acabas de decir.
Hay, hay alguien ahí fuera, ¿sabes? Y si no lo hay, necesitamos creerlo, y lo creemos tan alto como lo esperamos, y no por ello aparecerá más tarde... ¡Y nos engañamos! Nos engañamos creyendo que no necesitamos a nadie, que el amor no es algo relevante, pero es otro método de autoayuda-placebo que sólo nos hace ser deshonestos con lo que buscamos en la vida, y por ello jamás nos vemos recompensados.
He estado todo este tiempo creyendo que las oportunidades vienen dadas, pero las oportunidades vienen dadas por la condición de uno mismo... ''Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo''.
- ¿A dónde vas?
- Me voy a... No sé, a coger mi libro favorito, escoger una cafetería con el dedo y esperar a que alguien que comparta mis mismas inquietudes tenga el día elocuente y le gane a la batalla del ''y si'' y se acerque a hablarme, y que con un poco de suerte, sea hombre. ¡No! ¿A dónde crees que voy? A caminar por la maldita Gran Vía y a esperar que la primera persona que me inquiete me mire y decirle que soy María y he encontrado una verdad reveladora y es que estos autobuses los carga el diablo. Y sí, tal vez esa no será la persona indicada, pero al menos estará más cerca de serlo. Estaré más cerca de encontrarla.
- María, por favor... ¿No puede esperar tu iluminación reveladora al final del trayecto?
- Yo no reparto casualidades, yo las encuentro. Aquí y ahora.
Sólo lograba escuchar la noche (esa que tantas veces nos había visto), algunos aullidos tan distantes como débiles, y tu respiración agitada en mi espalda.
Agarré tu mano, sin recordar el dolor, sin recordar nada. No pensar, sentir.
Así que, eso hice, cogerla tan fuerte como sentía que éramos: infinitos.
Y no podía evitar pensar qué se cruzaba por tu mente. Casi inhalábamos el mismo aire, estábamos en el mismo compás mientras todos aquellos surcos nos hacían tropezar, pero no nos paraban, y por un momento creía saber por qué no podía dejar de correr en medio de aquel infinito maizal agarrándote tan fuerte. Como deseando que jamás parásemos, que jamás te fueses, como si por un momento fuésemos gritándonos en silencio todo lo que nos habíamos callado, como si estar ahí, en aquel preciso instante, de aquella forma, tan lejos y tan cerca, todo nos dijese ''habéis nacido para cambiar el mundo''. Y sé que tenías tanto miedo como yo, tanto miedo a que esas manos que parecían una, un día acariciasen la amargura de otra piel. Pero ninguno de los dos se soltó, seguíamos corriendo sin creer o querer saber la respuesta. O sabiéndola pero sin siquiera susurrarla, como si (como siempre) pudiésemos leernos la mente, sin necesidad de romper aquel silencio noctámbulo. Nuestra noche eterna.
Las hojas de las mazorcas aún inmaduras cortaban mi piel suavemente, el camino se hacía estrecho, mi corazón bombeaba con más fuerza, no sé si por la velocidad o por el vértigo de descubrir lo que callábamos. Seguías mis pasos, estrechabas aquella extremidad que tantas veces habías acariciado. También escuchaba tu vértigo, porque a cada segundo que avanzábamos, nos encontrábamos aún más.
''María, estás llegando al final, ¿no vas a parar de correr?'' me preguntaba, entonces sentí como casi te despegabas de nuestras manos, y el terror me hizo frenar en seco y girarme tan rápido como mis latidos por segundo.
Y te vi. Ahí estábamos, frente a frente, aquella cercanía accidental que éramos incapaces de romper o acabar.
Y te vi. Te vi como no te había visto nunca, como si cada bocanada de aire fuese mía, y la comisura de tus labios, me parecía tan perfecta que me atemorizaba el mero hecho de besarla. Fui recorriendo tus lunares, abstraiéndolos como si formasen parte de mis ideas innatas. Y cada vez estábamos más cerca, más cerca que nunca. Respirábamos el mismo aire, sentía como rozabas mi anatomía con sólo mirarme, y te leía, y tenía tanto miedo de que te desvanecieras que ni siquiera me atrevía a tocarte, no podía permitirme que te disolvieses en aquel instante, porque éramos tan reales que aquella noche las constelaciones nos admiraban a nosotros.
La inercia que nos caracterizaba no nos abandonó, y ya no escuchaba aquellos ladridos lejanos, ni el sonido que provocaba el viento agitando aquellas hojas, no escuchaba aquella noche de Noviembre más que tus latidos y nuestra respiración agitada, escuchaba lo que nunca nos dijimos, sabiendo que tú también lo hacías.
Sentí como mi corazón descarrilaba, mis manos temblaban, cerré los ojos para evitar ver el posible desastre, y entonces sucedió. Sucedió tan fuerte que supe que estábamos hechos del mismo material, y nos perdimos en algo más que un beso. En aquel momento descubrí lo que es la existencia de la posibilidad de morir por alguien, de vivir por ti. De saber que habría mordido el agua, habría dejado de respirar o incluso habría respirado por los dos. Y todas las noches malditas se volvieron reversibles en aquel instante, en el instante en que ambos seguíamos hablando de magia y efectos especiales.
Y lo supe. Supe que tú y yo siempre nos habíamos buscado y aún quedaba mucho para encontrarnos.
Creo que mi vida (o la vida, en general) está compuesta por momentos, millones de momentos. Todos estos momentos de los que intento hablar, son inevitables además de esenciales, ya que al fin y al cabo son todo aquello que nos llevará a ser quienes somos hoy, definirán cada error, cada prueba, la superación y todas las caídas, arañazos y golpes.
A veces, me despierto por las mañanas y creo que este momento se acabará, que podré cerrar esta puerta y no volver a cruzarla, nunca más. Y que cada paso que doy hacia adelante sin echar la vista atrás, me hace alejarme de los fantasmas, sin remordimientos, sin arrepentimientos, levantándome y besando el suelo, pero avanzando.
Otras veces, quiero creer que tú no la has cerrado y que yo tampoco, quiero creer que nadie aquí va echar el pestillo, que sólo estamos a ambos lados, pero es un paréntesis, un paréntesis en una historia de esas que uno querría filmar, o sobre la que escribir algún día. Esos días son los peores porque generan una sarta de mentiras demoledoras. Dentro de todo este engaño quiero creer que a veces la gente necesita alejarse de ciertas cosas para verlas con perspectiva, o para aprender a valorar qué realmente quiere o quería. Cuando llegan estos días todo parece diferente, todo se ve desde un matiz esperanzador, pero al fin y al cabo, sé que es otra obra de mi terrible autómata. ¿Qué es si no la relatividad? Y es que este momento no puede hablar por si mismo, ni yo tampoco, ni mucho menos tú. Aún así, creo que ahora mismo puedo permitirme hablar del hueco de luz que queda cuando una puerta no se ha cerrado del todo, cuando sabes que no es el momento para que nadie la cruce (en este caso, tú y yo) pero tampoco para que alguien la cierre. Que quizá esto no es más que uno de esos procesos de conseguir algo real, que tal vez sólo estamos en espera, con esa luz roja que dice ''ahora no''. Odio recurrir a los típicos tópicos, pero tal vez al final todo se resuma al no saber lo que tienes hasta que lo pierdes (o lo que quieres, o cómo lo quieres, o cuánto).
Pero, por suerte o por desgracia, también existen los momentos después de estos últimos, esos en los que creo que todo esto no es más que un modo de coger fuerzas para ser yo quien cierre la puerta o ver que has sido tú quien la ha cerrado. Y tal vez nunca fuimos todo lo que creíamos ser, y esto no es más que una anécdota, algo de lo que aprender, y estamos tan acabados como lejanos. Tal vez es hora de dejar de tirar de la cuerda, de cerrar este libro lleno de historias escritas por tus sueños y mis pesadillas. Y tal vez tu nunca querrás cruzar la puerta, ni yo tampoco, y la cerraremos, con un poco de mi fuerza, y un poco de tu decisión. Y creo que debería borrar de los cristales todas las mañanas en que me desperté creyendo que podíamos estar en el mismo camino, pero en diferentes momentos. Y es hora de hacer las maletas para no volver, y sonreír a todos los mordiscos de nariz, y habrá paz, habrá paz para siempre. Pero sin ti.
Recuerdo todas las veces que me he preguntado ''¿cómo se supera algo?'' y ahora me respondo a mi misma, ''aceptándolo, aceptando que hay cosas que sólo se van a quedar en buenos recuerdos''.
El frío se me colaba entre los huesos mientras caminaba firme. ''Sin mirar atrás, María, no mires atrás''. Las calles apestaban a humedad, la boca me sabía a sal, apenas lograba distinguir mis botas. El sonido estridente de la llave en aquella vieja puerta me avisó ''es hora de romperse'', pero permanecí impasible. Subí los escalones de mármol, fríos, como si cada paso me pesara más, paulatinamente, y se hacían eternas, infinitas, y sentía que podía ser una buena comparación con mis últimas vidas.
Cerré la puerta detrás de mi, y el contraste del calor no parecía satisfactorio, porque el invierno acababa de llegar y no hablo sólo de la estación. Sentía tanto frío dentro que creía ver el vaho inúndandolo todo.
Cada movimiento resultaba tan vago que quizá estuve demasiado tiempo desvistiéndome y colándome entre las sábanas. Entonces y sólo entonces, el grito sordo se apoderó de mi cabeza. Agarré con ansia la almohada, tan fuerte que mis manos gélidas parecían querer romperse tanto como se me desquebrajaba el alma mientras el aire atravesaba mis pulmones y se ahogaba contra la presión que me permitía gritar sin ser escuchada. Y grité, grité tan fuerte que creí perder la consciencia, los ojos me ardían y la cabeza parecía hincharse como un globo a velocidades pasmosas. Y seguí gritando, y el grito no quería acabar, y sentía como mi pecho dejaba de subir y bajar, y sólo se desinflaba, sólo dejaba de respirar mientras mis oídos escuchaban la habitación sumergirse en la nada. Y vino el tercer grito, casi como un hilo de desesperación aterradora. Y quizá fue el peor, porque ahí, ahí supe que no iba a volver a respirar, no de la forma en que solía hacerlo. Desee no volver a hacerlo nunca. Sentí quebrar la cabeza, sentí como algo me perforaba el pecho. Permanecí inmóvil, respirando tan despacio, escuchando todo aquel desastre, todos aquellos edificios que se derrumbaban, y ya nada respondía, ni mis manos, ni mis ojos incapaces de volver a cerrarse o de dejar de segregar aquel asqueroso líquido amargo. Y me temblaba la anatomía, se sacudía como si quisiese correr, pero mi capacidad para realizar cualquier tipo de movimiento era nula. Así que me quedé allí tendida, y no hice nada. No hice nada por horas. No hice absolutamente nada tanto tiempo que a veces pienso que sólo fue una pesadilla. Entonces recuerdo mi cara en el espejo la mañana siguiente y con ella, todas las cicatrices que hablaban braille.
-You stole a blue french horn for me...
- I would have stolen you a whole orchestra.