''Perdona que te moleste... Realmente ni siquiera sé si debería estar escribiéndote esto. Ríete a gusto tú que me conoces, cuántas veces me has oído hablar de la odiada era de la tecnología y qué de veces me lo reprochaste también junto con tus ''cabezota''.
Bueno, ante nada, sinceramente, me gustaría preguntarte cómo te está tratando la vida... Esta vez sí que es una pregunta de esas que dicen que ''si lo sientes, lo haces''.
Tengo que contarte algo gracioso, me acordé de ti el otro día pasando por aquella calle ¿te acuerdas? Esa en la que... Bueno, mierda, estoy dando rodeos como siempre. Joder, creo que debería ir al grano directamente y dejarme de cordialidades, que sí, que también sabes que las odio, los convencionalismos y toda esa basura de principios sociales.
En fin, a medida que vas leyendo palabra tras palabra supongo (y espero) que tu intriga habrá ido en aumento paulatinamente. Seré yo quien le de fin si es que hay algo de interés por tu parte.
Mira, no estoy bien... (es gracioso pensar que cuando leas esta última confesión de algún modo pensarás en lo paradójica que es la vida, ¿eh? seguro que hasta sientes algo de entusiasmo). Y antes de que me puedas preguntar para saber (tanto con interés falso como sincero) me gustaría pedirte que no lo hagas.
No estoy bien y punto. No estoy bien en muchos aspectos, ya que tu sabes que yo nunca he estado bien del todo en ningún momento, pero creo que eso es plato de buen gusto para el psicólogo y nada más.
Podría quedar descarado, pero si alguna vez te lo has preguntado, sí, yo también sigo pensando que hemos dejado aquel banco muy abandonado. Pero bueno, ese no es el tema (ya ves que no pierdo la costumbre de irme por las ramas; qué bien se me ha dado siempre divagar y qué poco te gustaba la mitad de las veces; tú que siempre necesitabas colarte dentro, saberlo todo). El tema es que necesito compartir ciertas cosas contigo, cosas como la libertad de sentirse uno mismo y, vuelta a la paradoja, quién mejor que tú.
No pido robarte la tarde entera, la noche o la mañana; sólo un par de horas ¿eh? como en los viejos tiempos. Y ahora, si sigues leyendo, te preguntarás que qué quiero en ese par de horas. Mi propuesta es simple: el columpio. Sé que no lo has olvidado. Así que, más como persona que como nada, te pido que me lleves, que no preguntes, que lo dejes estar y que estemos allí. Me subiré como he hecho otras veces y tendrás que columpiarme como has hecho tú otras tantas. Nada más. Ni siquiera hace falta fingir.
Sé también que no te preguntas por qué el columpio, porque cuantas veces me escuchaste gritar ''puedo comerme las nubes''.
En fin, no te tomes esto como una propuesta indecente... Más bien como un favor a una vieja promesa. Espero tu respuesta; lo comprenderé si no llega.''
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viernes, 13 de diciembre de 2013
lunes, 9 de diciembre de 2013
IT'S YOU! IT'S ME! AND THERE'S DANCING!
Estabas al otro lado, sentado en aquella banqueta metálica, con una cara pensativa y absorta cuando, por arte de magia, un impulso desmedido te hizo levantarte casi levitando; te acercaste a mi y preguntaste si me complacería compartir aquel baile de orquesta contigo, y aunque no me gustaba presumir de algo que no tenía, por algún extraño motivo mi respuesta fue una negativa. Pero desconocía de tu ya característico arte que siempre has tenido con la retórica.
Con miles de excusas y una sonrisa más que burlona arrancaste de mi boca un ''sí'' tan sincero como el último que te he concedido en la vida.
Y empezamos con un pie, que marcaba el ritmo de los graves, y seguimos con el otro, sin apartar la mirada el uno del otro, bebiéndonos las carcajadas, girando, gritando como si todo el entorno fuese una gran noria de feria con un telón negro de noche. Las luces brillaban, corrían, nos atrapaban y te envolvían mientras seguíamos girando como si aquel ritmo pegadizo jamás fuese a despegarse de nuestros huesos, y seguía viendo como mis pies se aceleraban cada vez más, como las piruetas de tu mano me hacían sentir ebria, pero era la embriaguez de la felicidad. Y movía mis brazos hipnotizados eléctricamente, sentí tan dentro aquellos tintineantes ritmos que creía verme volar del suelo; ahora añadía mi brazo izquierdo, seguido por el derecho. Parecían tener vida propia mientras mi cabeza no paraba de marcar cada compás, como si el mero hecho de hacerlo cada vez más fuerte fuese mi motor de la serotonina. Y de un momento para otro estábamos en el centro. Nos cogíamos del brazo. Nos alejábamos. Nos volvíamos a respirar. Atrapábamos las miradas más descaradas, pero para descaro aquellos saltos que nos atrevimos a regalarnos. Tus mejillas se tornaban rojizas, las mías las seguían como contagiadas. Juro que nos olvidamos hasta de respirar en aquella locura de adrenalina jamás experimentada en mi.
Mi boca sabía a libertad. Mi pelo alborotado por el éxtasis te producía aquella mueca divertida que me hizo aceptar el segundo baile.
Aquella noche nos supo a jaulas rotas y cicatrices maquilladas. Aquella noche nuestras miradas iluminadas olvidaron tanto como empezaron a recordar.
Con miles de excusas y una sonrisa más que burlona arrancaste de mi boca un ''sí'' tan sincero como el último que te he concedido en la vida.
Y empezamos con un pie, que marcaba el ritmo de los graves, y seguimos con el otro, sin apartar la mirada el uno del otro, bebiéndonos las carcajadas, girando, gritando como si todo el entorno fuese una gran noria de feria con un telón negro de noche. Las luces brillaban, corrían, nos atrapaban y te envolvían mientras seguíamos girando como si aquel ritmo pegadizo jamás fuese a despegarse de nuestros huesos, y seguía viendo como mis pies se aceleraban cada vez más, como las piruetas de tu mano me hacían sentir ebria, pero era la embriaguez de la felicidad. Y movía mis brazos hipnotizados eléctricamente, sentí tan dentro aquellos tintineantes ritmos que creía verme volar del suelo; ahora añadía mi brazo izquierdo, seguido por el derecho. Parecían tener vida propia mientras mi cabeza no paraba de marcar cada compás, como si el mero hecho de hacerlo cada vez más fuerte fuese mi motor de la serotonina. Y de un momento para otro estábamos en el centro. Nos cogíamos del brazo. Nos alejábamos. Nos volvíamos a respirar. Atrapábamos las miradas más descaradas, pero para descaro aquellos saltos que nos atrevimos a regalarnos. Tus mejillas se tornaban rojizas, las mías las seguían como contagiadas. Juro que nos olvidamos hasta de respirar en aquella locura de adrenalina jamás experimentada en mi.
Mi boca sabía a libertad. Mi pelo alborotado por el éxtasis te producía aquella mueca divertida que me hizo aceptar el segundo baile.
Aquella noche nos supo a jaulas rotas y cicatrices maquilladas. Aquella noche nuestras miradas iluminadas olvidaron tanto como empezaron a recordar.
lunes, 25 de noviembre de 2013
La carta del (punto) final.
He perdido cinco kilos desde el tiroteo. Me ha crecido un poco más el pelo, y con la llegada del invierno mi piel vuelve a ser casi transparente, como cuando nos quisimos conocer.
Me sigo levantando todas las mañanas; algunas tardo casi una hora en conseguir despegar mis párpados y despegarme de la cama; otras casi practico salto de altura.
Sigo yendo a la universidad, (casi) todos los días... Oh, también me he apuntado a teatro.
He gastado dos cajas de bengalas desde el tiroteo, sé que no te lo preguntas.
Sé que tampoco te preguntas si concilio el sueño por las noches, verás, mi respuesta es ''a la mitad''.
Tengo más pesadillas desde el tiroteo.
A veces siento el frío mordiendo mis huesos; otras veces veo como mueves los labios, pero no logro escuchar nada; las peores, son cuando sólo escucho los disparos, o cuando sueño que esa noche nunca ha existido en este lado del mundo.
Estoy dejando de escribir cartas a todas nuestras catástrofes. Cada día olvido más, recuerdo menos. Lo siento, lo siento porque no voy a volver a cruzar por el marco de tu puerta. Siento que jamás volvamos a ver llover como solíamos hacerlo. Siento que ya no vuelva a cantar en el asiento de copiloto, y no poder volver a fumar en tu terraza.
Esta es mi carta de despedida, la carta que nunca has necesitado, la carta que nunca vas a leer, la carta que nunca creí que llegaría a escribir y estoy escribiendo.
Hoy cometo una gran infidelidad, probablemente la mayor de todas; No estamos en un punto muerto, estamos en un (punto) final, y no pierdo la consciencia cuando escucho como digo ''que sea cierto el jamás''.
[...]
Recuerdo que perdí cinco kilos después del tiroteo, me había crecido el pelo y mi piel se había vuelto casi transparente como cada invierno ha seguido haciéndolo.
No, no recuerdo el tiroteo.
Me sigo levantando todas las mañanas; algunas tardo casi una hora en conseguir despegar mis párpados y despegarme de la cama; otras casi practico salto de altura.
Sigo yendo a la universidad, (casi) todos los días... Oh, también me he apuntado a teatro.
He gastado dos cajas de bengalas desde el tiroteo, sé que no te lo preguntas.
Sé que tampoco te preguntas si concilio el sueño por las noches, verás, mi respuesta es ''a la mitad''.
Tengo más pesadillas desde el tiroteo.
A veces siento el frío mordiendo mis huesos; otras veces veo como mueves los labios, pero no logro escuchar nada; las peores, son cuando sólo escucho los disparos, o cuando sueño que esa noche nunca ha existido en este lado del mundo.
Estoy dejando de escribir cartas a todas nuestras catástrofes. Cada día olvido más, recuerdo menos. Lo siento, lo siento porque no voy a volver a cruzar por el marco de tu puerta. Siento que jamás volvamos a ver llover como solíamos hacerlo. Siento que ya no vuelva a cantar en el asiento de copiloto, y no poder volver a fumar en tu terraza.
Esta es mi carta de despedida, la carta que nunca has necesitado, la carta que nunca vas a leer, la carta que nunca creí que llegaría a escribir y estoy escribiendo.
Hoy cometo una gran infidelidad, probablemente la mayor de todas; No estamos en un punto muerto, estamos en un (punto) final, y no pierdo la consciencia cuando escucho como digo ''que sea cierto el jamás''.
[...]
Recuerdo que perdí cinco kilos después del tiroteo, me había crecido el pelo y mi piel se había vuelto casi transparente como cada invierno ha seguido haciéndolo.
No, no recuerdo el tiroteo.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
El amar del que no ama.
- La vida es así, ¿sabes? Habrá alguien más... Qué digo, habrá muchos más, muchísimas personas que se cruzarán por tu vida. Pero deja de pensarlo, deja de buscarlo, porque sólo lo encontrarás así, cuando menos te lo esperes, cuando dejes de buscar, de repente. Quién sabe si la semana que viene, dentro de dos, o en meses... Eso nunca lo sabrás...
- No.
- ¿No qué?
- ¡No! Y punto, ¡No! ¿entiendes? No me lo creo. No me creo nada de eso. Es más, me atrevo a decir que es una mentira, ¡el consuelo del conforme! Y yo no, no voy a colaborar creando conformistas, porque se acabó eso. Me cago encima del ''cuando menos te lo esperes'', y aún más me cago encima del ''cuando dejes de buscarlo aparecerá'' ¿qué? ¿qué se supone que pasa? Por favor, ¿puede alguien demostrar que si te pasas cinco meses encerrado en casa sin pensar en ello, el hombre o la mujer de tu vida llamarán a la puerta con un gran cartel de neón en el que haya escrito un ''Gracias por no buscarme ni esperarme, aquí estoy'' ¡Es absurdo! Es absurdo que nos dediquemos a sentirnos casi culpables y esperemos que el universo no nos haya escuchado ''esperando'', ¡como si no lo hiciésemos! ¿y cuál es la solución? ¿pensar más bajito? ¡Ridículo! ¡Nos pasamos la vida esperando! Quietos, como si la solución fuese a aparecer como la virgen y es algo terrible, es terrible que la gente lleve a pies juntillas lo que me acabas de decir.
Hay, hay alguien ahí fuera, ¿sabes? Y si no lo hay, necesitamos creerlo, y lo creemos tan alto como lo esperamos, y no por ello aparecerá más tarde... ¡Y nos engañamos! Nos engañamos creyendo que no necesitamos a nadie, que el amor no es algo relevante, pero es otro método de autoayuda-placebo que sólo nos hace ser deshonestos con lo que buscamos en la vida, y por ello jamás nos vemos recompensados.
He estado todo este tiempo creyendo que las oportunidades vienen dadas, pero las oportunidades vienen dadas por la condición de uno mismo... ''Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo''.
- ¿A dónde vas?
- Me voy a... No sé, a coger mi libro favorito, escoger una cafetería con el dedo y esperar a que alguien que comparta mis mismas inquietudes tenga el día elocuente y le gane a la batalla del ''y si'' y se acerque a hablarme, y que con un poco de suerte, sea hombre. ¡No! ¿A dónde crees que voy? A caminar por la maldita Gran Vía y a esperar que la primera persona que me inquiete me mire y decirle que soy María y he encontrado una verdad reveladora y es que estos autobuses los carga el diablo. Y sí, tal vez esa no será la persona indicada, pero al menos estará más cerca de serlo. Estaré más cerca de encontrarla.
- María, por favor... ¿No puede esperar tu iluminación reveladora al final del trayecto?
- Yo no reparto casualidades, yo las encuentro. Aquí y ahora.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Carta a nuestras constelaciones.
Sólo lograba escuchar la noche (esa que tantas veces nos había visto), algunos aullidos tan distantes como débiles, y tu respiración agitada en mi espalda.
Agarré tu mano, sin recordar el dolor, sin recordar nada. No pensar, sentir.
Así que, eso hice, cogerla tan fuerte como sentía que éramos: infinitos.
Y no podía evitar pensar qué se cruzaba por tu mente. Casi inhalábamos el mismo aire, estábamos en el mismo compás mientras todos aquellos surcos nos hacían tropezar, pero no nos paraban, y por un momento creía saber por qué no podía dejar de correr en medio de aquel infinito maizal agarrándote tan fuerte. Como deseando que jamás parásemos, que jamás te fueses, como si por un momento fuésemos gritándonos en silencio todo lo que nos habíamos callado, como si estar ahí, en aquel preciso instante, de aquella forma, tan lejos y tan cerca, todo nos dijese ''habéis nacido para cambiar el mundo''. Y sé que tenías tanto miedo como yo, tanto miedo a que esas manos que parecían una, un día acariciasen la amargura de otra piel. Pero ninguno de los dos se soltó, seguíamos corriendo sin creer o querer saber la respuesta. O sabiéndola pero sin siquiera susurrarla, como si (como siempre) pudiésemos leernos la mente, sin necesidad de romper aquel silencio noctámbulo. Nuestra noche eterna.
Las hojas de las mazorcas aún inmaduras cortaban mi piel suavemente, el camino se hacía estrecho, mi corazón bombeaba con más fuerza, no sé si por la velocidad o por el vértigo de descubrir lo que callábamos. Seguías mis pasos, estrechabas aquella extremidad que tantas veces habías acariciado. También escuchaba tu vértigo, porque a cada segundo que avanzábamos, nos encontrábamos aún más.
''María, estás llegando al final, ¿no vas a parar de correr?'' me preguntaba, entonces sentí como casi te despegabas de nuestras manos, y el terror me hizo frenar en seco y girarme tan rápido como mis latidos por segundo.
Y te vi. Ahí estábamos, frente a frente, aquella cercanía accidental que éramos incapaces de romper o acabar.
Y te vi. Te vi como no te había visto nunca, como si cada bocanada de aire fuese mía, y la comisura de tus labios, me parecía tan perfecta que me atemorizaba el mero hecho de besarla. Fui recorriendo tus lunares, abstraiéndolos como si formasen parte de mis ideas innatas. Y cada vez estábamos más cerca, más cerca que nunca. Respirábamos el mismo aire, sentía como rozabas mi anatomía con sólo mirarme, y te leía, y tenía tanto miedo de que te desvanecieras que ni siquiera me atrevía a tocarte, no podía permitirme que te disolvieses en aquel instante, porque éramos tan reales que aquella noche las constelaciones nos admiraban a nosotros.
La inercia que nos caracterizaba no nos abandonó, y ya no escuchaba aquellos ladridos lejanos, ni el sonido que provocaba el viento agitando aquellas hojas, no escuchaba aquella noche de Noviembre más que tus latidos y nuestra respiración agitada, escuchaba lo que nunca nos dijimos, sabiendo que tú también lo hacías.
Sentí como mi corazón descarrilaba, mis manos temblaban, cerré los ojos para evitar ver el posible desastre, y entonces sucedió. Sucedió tan fuerte que supe que estábamos hechos del mismo material, y nos perdimos en algo más que un beso. En aquel momento descubrí lo que es la existencia de la posibilidad de morir por alguien, de vivir por ti. De saber que habría mordido el agua, habría dejado de respirar o incluso habría respirado por los dos. Y todas las noches malditas se volvieron reversibles en aquel instante, en el instante en que ambos seguíamos hablando de magia y efectos especiales.
Y lo supe. Supe que tú y yo siempre nos habíamos buscado y aún quedaba mucho para encontrarnos.
Agarré tu mano, sin recordar el dolor, sin recordar nada. No pensar, sentir.
Así que, eso hice, cogerla tan fuerte como sentía que éramos: infinitos.
Y no podía evitar pensar qué se cruzaba por tu mente. Casi inhalábamos el mismo aire, estábamos en el mismo compás mientras todos aquellos surcos nos hacían tropezar, pero no nos paraban, y por un momento creía saber por qué no podía dejar de correr en medio de aquel infinito maizal agarrándote tan fuerte. Como deseando que jamás parásemos, que jamás te fueses, como si por un momento fuésemos gritándonos en silencio todo lo que nos habíamos callado, como si estar ahí, en aquel preciso instante, de aquella forma, tan lejos y tan cerca, todo nos dijese ''habéis nacido para cambiar el mundo''. Y sé que tenías tanto miedo como yo, tanto miedo a que esas manos que parecían una, un día acariciasen la amargura de otra piel. Pero ninguno de los dos se soltó, seguíamos corriendo sin creer o querer saber la respuesta. O sabiéndola pero sin siquiera susurrarla, como si (como siempre) pudiésemos leernos la mente, sin necesidad de romper aquel silencio noctámbulo. Nuestra noche eterna.
Las hojas de las mazorcas aún inmaduras cortaban mi piel suavemente, el camino se hacía estrecho, mi corazón bombeaba con más fuerza, no sé si por la velocidad o por el vértigo de descubrir lo que callábamos. Seguías mis pasos, estrechabas aquella extremidad que tantas veces habías acariciado. También escuchaba tu vértigo, porque a cada segundo que avanzábamos, nos encontrábamos aún más.
''María, estás llegando al final, ¿no vas a parar de correr?'' me preguntaba, entonces sentí como casi te despegabas de nuestras manos, y el terror me hizo frenar en seco y girarme tan rápido como mis latidos por segundo.
Y te vi. Ahí estábamos, frente a frente, aquella cercanía accidental que éramos incapaces de romper o acabar.
Y te vi. Te vi como no te había visto nunca, como si cada bocanada de aire fuese mía, y la comisura de tus labios, me parecía tan perfecta que me atemorizaba el mero hecho de besarla. Fui recorriendo tus lunares, abstraiéndolos como si formasen parte de mis ideas innatas. Y cada vez estábamos más cerca, más cerca que nunca. Respirábamos el mismo aire, sentía como rozabas mi anatomía con sólo mirarme, y te leía, y tenía tanto miedo de que te desvanecieras que ni siquiera me atrevía a tocarte, no podía permitirme que te disolvieses en aquel instante, porque éramos tan reales que aquella noche las constelaciones nos admiraban a nosotros.
La inercia que nos caracterizaba no nos abandonó, y ya no escuchaba aquellos ladridos lejanos, ni el sonido que provocaba el viento agitando aquellas hojas, no escuchaba aquella noche de Noviembre más que tus latidos y nuestra respiración agitada, escuchaba lo que nunca nos dijimos, sabiendo que tú también lo hacías.
Sentí como mi corazón descarrilaba, mis manos temblaban, cerré los ojos para evitar ver el posible desastre, y entonces sucedió. Sucedió tan fuerte que supe que estábamos hechos del mismo material, y nos perdimos en algo más que un beso. En aquel momento descubrí lo que es la existencia de la posibilidad de morir por alguien, de vivir por ti. De saber que habría mordido el agua, habría dejado de respirar o incluso habría respirado por los dos. Y todas las noches malditas se volvieron reversibles en aquel instante, en el instante en que ambos seguíamos hablando de magia y efectos especiales.
Y lo supe. Supe que tú y yo siempre nos habíamos buscado y aún quedaba mucho para encontrarnos.
jueves, 7 de noviembre de 2013
A-SIDE
Creo que mi vida (o la vida, en general) está compuesta por momentos, millones de momentos. Todos estos momentos de los que intento hablar, son inevitables además de esenciales, ya que al fin y al cabo son todo aquello que nos llevará a ser quienes somos hoy, definirán cada error, cada prueba, la superación y todas las caídas, arañazos y golpes.
A veces, me despierto por las mañanas y creo que este momento se acabará, que podré cerrar esta puerta y no volver a cruzarla, nunca más. Y que cada paso que doy hacia adelante sin echar la vista atrás, me hace alejarme de los fantasmas, sin remordimientos, sin arrepentimientos, levantándome y besando el suelo, pero avanzando.
Otras veces, quiero creer que tú no la has cerrado y que yo tampoco, quiero creer que nadie aquí va echar el pestillo, que sólo estamos a ambos lados, pero es un paréntesis, un paréntesis en una historia de esas que uno querría filmar, o sobre la que escribir algún día. Esos días son los peores porque generan una sarta de mentiras demoledoras. Dentro de todo este engaño quiero creer que a veces la gente necesita alejarse de ciertas cosas para verlas con perspectiva, o para aprender a valorar qué realmente quiere o quería. Cuando llegan estos días todo parece diferente, todo se ve desde un matiz esperanzador, pero al fin y al cabo, sé que es otra obra de mi terrible autómata. ¿Qué es si no la relatividad? Y es que este momento no puede hablar por si mismo, ni yo tampoco, ni mucho menos tú. Aún así, creo que ahora mismo puedo permitirme hablar del hueco de luz que queda cuando una puerta no se ha cerrado del todo, cuando sabes que no es el momento para que nadie la cruce (en este caso, tú y yo) pero tampoco para que alguien la cierre. Que quizá esto no es más que uno de esos procesos de conseguir algo real, que tal vez sólo estamos en espera, con esa luz roja que dice ''ahora no''. Odio recurrir a los típicos tópicos, pero tal vez al final todo se resuma al no saber lo que tienes hasta que lo pierdes (o lo que quieres, o cómo lo quieres, o cuánto).
Pero, por suerte o por desgracia, también existen los momentos después de estos últimos, esos en los que creo que todo esto no es más que un modo de coger fuerzas para ser yo quien cierre la puerta o ver que has sido tú quien la ha cerrado. Y tal vez nunca fuimos todo lo que creíamos ser, y esto no es más que una anécdota, algo de lo que aprender, y estamos tan acabados como lejanos. Tal vez es hora de dejar de tirar de la cuerda, de cerrar este libro lleno de historias escritas por tus sueños y mis pesadillas. Y tal vez tu nunca querrás cruzar la puerta, ni yo tampoco, y la cerraremos, con un poco de mi fuerza, y un poco de tu decisión. Y creo que debería borrar de los cristales todas las mañanas en que me desperté creyendo que podíamos estar en el mismo camino, pero en diferentes momentos. Y es hora de hacer las maletas para no volver, y sonreír a todos los mordiscos de nariz, y habrá paz, habrá paz para siempre. Pero sin ti.
Recuerdo todas las veces que me he preguntado ''¿cómo se supera algo?'' y ahora me respondo a mi misma, ''aceptándolo, aceptando que hay cosas que sólo se van a quedar en buenos recuerdos''.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Del arte del grito.
El frío se me colaba entre los huesos mientras caminaba firme. ''Sin mirar atrás, María, no mires atrás''. Las calles apestaban a humedad, la boca me sabía a sal, apenas lograba distinguir mis botas. El sonido estridente de la llave en aquella vieja puerta me avisó ''es hora de romperse'', pero permanecí impasible. Subí los escalones de mármol, fríos, como si cada paso me pesara más, paulatinamente, y se hacían eternas, infinitas, y sentía que podía ser una buena comparación con mis últimas vidas.
Cerré la puerta detrás de mi, y el contraste del calor no parecía satisfactorio, porque el invierno acababa de llegar y no hablo sólo de la estación. Sentía tanto frío dentro que creía ver el vaho inúndandolo todo.
Cada movimiento resultaba tan vago que quizá estuve demasiado tiempo desvistiéndome y colándome entre las sábanas. Entonces y sólo entonces, el grito sordo se apoderó de mi cabeza. Agarré con ansia la almohada, tan fuerte que mis manos gélidas parecían querer romperse tanto como se me desquebrajaba el alma mientras el aire atravesaba mis pulmones y se ahogaba contra la presión que me permitía gritar sin ser escuchada. Y grité, grité tan fuerte que creí perder la consciencia, los ojos me ardían y la cabeza parecía hincharse como un globo a velocidades pasmosas. Y seguí gritando, y el grito no quería acabar, y sentía como mi pecho dejaba de subir y bajar, y sólo se desinflaba, sólo dejaba de respirar mientras mis oídos escuchaban la habitación sumergirse en la nada. Y vino el tercer grito, casi como un hilo de desesperación aterradora. Y quizá fue el peor, porque ahí, ahí supe que no iba a volver a respirar, no de la forma en que solía hacerlo. Desee no volver a hacerlo nunca. Sentí quebrar la cabeza, sentí como algo me perforaba el pecho. Permanecí inmóvil, respirando tan despacio, escuchando todo aquel desastre, todos aquellos edificios que se derrumbaban, y ya nada respondía, ni mis manos, ni mis ojos incapaces de volver a cerrarse o de dejar de segregar aquel asqueroso líquido amargo. Y me temblaba la anatomía, se sacudía como si quisiese correr, pero mi capacidad para realizar cualquier tipo de movimiento era nula. Así que me quedé allí tendida, y no hice nada. No hice nada por horas. No hice absolutamente nada tanto tiempo que a veces pienso que sólo fue una pesadilla. Entonces recuerdo mi cara en el espejo la mañana siguiente y con ella, todas las cicatrices que hablaban braille.
-You stole a blue french horn for me...
- I would have stolen you a whole orchestra.
- I would have stolen you a whole orchestra.
domingo, 20 de octubre de 2013
Las cinco etapas del duelo.
No, ¿entiendes? No lo hagas. No te vas y no te has ido y no vas a hacerlo porque no puedes. Y tú nunca ibas a irte y no puedes abandonarme así, no puedes cerrar la puerta como si nunca hubiese sido nada, porque lo he sido, y lo soy, y no puedes evitar que lo sea, no puedes acabar este capítulo arrancando las páginas anteriores, ¿comprendes eso? Lo haces, sé que lo haces, así que haz el favor de volver, haz el favor de retirarlo todo y decir que lo que acabas de romper era una falsa alarma, que las luces rojas van a dejar de brillar y de carcomerme la piel. Dilo, dilo porque sé que quieres decirlo. No me des la espalda, no cruces la maldita puerta sin escucharme, porque lo estás haciendo.
Y la has cerrado ya, y jamás escucharás nada de lo que estoy gritando con la maldita boca cerrada, pero adelante, adelante porque eres un cobarde, un maldito cobarde y jamás la abriré, ¿entiendes? Nunca más, esta es la última vez porque detesto todo en lo que te has convertido o lo que tal vez siempre has sido. Esta es la última vez que me abandonas y que te abandono, porque no quiero volver a recordar una sola palabra que me hayas dedicado. Y esta es la última vez que te olvido, porque no pienso volver a recordarte. Y quiero reventar la maldita ventana y todos los cristales lloverán reflejando que nunca llegué a ser ni la mitad de lo que escribías, de lo que dabas. Y le repito al espejo que esta es la última vez para ti, para todo lo que un día fuimos, y ¿esto que escribo? no te creas importante con ello, porque no es más que una mera forma de curar las heridas, de reventar los vacíos, de explotar todo lo que has creado, y la dinamita son mis manos alrededor de la garganta de todo lo que un día llegamos a ser. Y la asfixio, la asfixio con todas las fuerzas que la rabia me regala, y si volvieses, no dudaría en seguir asfixiándolo hasta comprimir todo el oxígeno y destruirlo con un sólo movimiento. Te lo repito una vez más, esta es la última vez que te olvido, y ojalá pudiese.
¿Por qué no coges este barco? ponlo rumbo a casa, seguimos teniendo tiempo... Puedo cambiar las cosas de lugar, te prometo que lo voy a intentar muy fuerte y con los ojos muy cerrados. Lo cambiaré todo y volverá a ser como antes, y lo vas a ver, vas a poder ver cómo nada es lo que parecía, y volveremos a patearnos Madrid, como antes ¿recuerdas? como en los viejos tiempos en los que malgastábamos las horas escuchando la música callejera. Y nada más va a importar, porque no volverá a torcerse, no se hundirá por su propio peso, ¿por qué no puedes intentarlo tan fuerte como yo? Si viniste para quedarte, ¿por qué te vas sin siquiera luchar? ¿No vas a volver?
No vas a volver y las paredes me están comiendo, los valles se han cambiado por desiertos. Y no puedo más... No puedo respirar este aire contaminado que me intoxica, que me envejece el rostro y las ojeras que me recuerdan el ayer. ¿Y ahora? ¿Dónde consigo un mapa que me diga ''usted está aquí''? porque no tengo ni idea del ''aquí'' en el que me encuentro, y necesito ayuda.
Me tiemblan tanto las manos, y las idas y venidas, y los días son eternos, y no consigo dejar de escavar este pozo sin sentido y sin aparente final.
Estoy sola, 'sola, haga lo que haga, siempre acabo sola. No hay nada que temer salvo la propia soledad'. Y me pierdo, y me encuentro, pero aún sin saber dónde, porque alguien ha apagado todas las luces y no veo ningún símbolo direccional, alguien ha tapado la luz verde del cartel de salida, y aquí dentro el oxígeno cada vez dura menos, se oxida, se agota... Y me quedo aquí, decido tumbarme hasta que logre abrir los ojos, me acurruco con la carga a mis hombros, con las dudas, con el miedo, inseguridad, decepción, pérdida, a la deriva, y me duermo, y me despierto sin levantarme. Ha pasado tiempo, mucho tiempo, o al menos esa sensación recorre cada poro de mi piel. Y empiezo a comprender, que la vida es un eterno cambio, que no sólo existe una, existen tantas vidas como cambios experimentemos, y cada etapa empieza y acaba dejando atrás tantos aspectos como personas, incorporando otras, conservando aquellas que realmente han querido caminar junto a nosotros. Y acaricio mi rostro con la yema de mis dedos despidiendo a aquella persona que fui ayer, que en esencia se quedará siempre aquí, despidiéndome de ti, saludando desde el fondo de la escalera, apretando mis cordones, dispuesta enfrentar esos escalones, sabiendo que no fui yo quien decidió rendirse, sino seguir luchando, y esta vez lucho porque este peso muerto sobre mis hombros vaya resultando cada vez más ligero. Y lo hará, prometo que lo hará. Y las malas noches, se convertirán en buenos días, y los malos días, en buenas noches.
Y la has cerrado ya, y jamás escucharás nada de lo que estoy gritando con la maldita boca cerrada, pero adelante, adelante porque eres un cobarde, un maldito cobarde y jamás la abriré, ¿entiendes? Nunca más, esta es la última vez porque detesto todo en lo que te has convertido o lo que tal vez siempre has sido. Esta es la última vez que me abandonas y que te abandono, porque no quiero volver a recordar una sola palabra que me hayas dedicado. Y esta es la última vez que te olvido, porque no pienso volver a recordarte. Y quiero reventar la maldita ventana y todos los cristales lloverán reflejando que nunca llegué a ser ni la mitad de lo que escribías, de lo que dabas. Y le repito al espejo que esta es la última vez para ti, para todo lo que un día fuimos, y ¿esto que escribo? no te creas importante con ello, porque no es más que una mera forma de curar las heridas, de reventar los vacíos, de explotar todo lo que has creado, y la dinamita son mis manos alrededor de la garganta de todo lo que un día llegamos a ser. Y la asfixio, la asfixio con todas las fuerzas que la rabia me regala, y si volvieses, no dudaría en seguir asfixiándolo hasta comprimir todo el oxígeno y destruirlo con un sólo movimiento. Te lo repito una vez más, esta es la última vez que te olvido, y ojalá pudiese.
¿Por qué no coges este barco? ponlo rumbo a casa, seguimos teniendo tiempo... Puedo cambiar las cosas de lugar, te prometo que lo voy a intentar muy fuerte y con los ojos muy cerrados. Lo cambiaré todo y volverá a ser como antes, y lo vas a ver, vas a poder ver cómo nada es lo que parecía, y volveremos a patearnos Madrid, como antes ¿recuerdas? como en los viejos tiempos en los que malgastábamos las horas escuchando la música callejera. Y nada más va a importar, porque no volverá a torcerse, no se hundirá por su propio peso, ¿por qué no puedes intentarlo tan fuerte como yo? Si viniste para quedarte, ¿por qué te vas sin siquiera luchar? ¿No vas a volver?
No vas a volver y las paredes me están comiendo, los valles se han cambiado por desiertos. Y no puedo más... No puedo respirar este aire contaminado que me intoxica, que me envejece el rostro y las ojeras que me recuerdan el ayer. ¿Y ahora? ¿Dónde consigo un mapa que me diga ''usted está aquí''? porque no tengo ni idea del ''aquí'' en el que me encuentro, y necesito ayuda.
Me tiemblan tanto las manos, y las idas y venidas, y los días son eternos, y no consigo dejar de escavar este pozo sin sentido y sin aparente final.
Estoy sola, 'sola, haga lo que haga, siempre acabo sola. No hay nada que temer salvo la propia soledad'. Y me pierdo, y me encuentro, pero aún sin saber dónde, porque alguien ha apagado todas las luces y no veo ningún símbolo direccional, alguien ha tapado la luz verde del cartel de salida, y aquí dentro el oxígeno cada vez dura menos, se oxida, se agota... Y me quedo aquí, decido tumbarme hasta que logre abrir los ojos, me acurruco con la carga a mis hombros, con las dudas, con el miedo, inseguridad, decepción, pérdida, a la deriva, y me duermo, y me despierto sin levantarme. Ha pasado tiempo, mucho tiempo, o al menos esa sensación recorre cada poro de mi piel. Y empiezo a comprender, que la vida es un eterno cambio, que no sólo existe una, existen tantas vidas como cambios experimentemos, y cada etapa empieza y acaba dejando atrás tantos aspectos como personas, incorporando otras, conservando aquellas que realmente han querido caminar junto a nosotros. Y acaricio mi rostro con la yema de mis dedos despidiendo a aquella persona que fui ayer, que en esencia se quedará siempre aquí, despidiéndome de ti, saludando desde el fondo de la escalera, apretando mis cordones, dispuesta enfrentar esos escalones, sabiendo que no fui yo quien decidió rendirse, sino seguir luchando, y esta vez lucho porque este peso muerto sobre mis hombros vaya resultando cada vez más ligero. Y lo hará, prometo que lo hará. Y las malas noches, se convertirán en buenos días, y los malos días, en buenas noches.
sábado, 19 de octubre de 2013
Sobre la relatividad y la catarsis.
Irónico. Irónico es lo único que pienso ahora mismo. ¿Por qué? Porque creo que es irónico todo lo relativo a todo. Todo es irónico ahora mismo. Es irónico la forma en que concebimos ciertas cosas, cómo construimos altares y qué rápido los fulminamos o los fulminan. Es irónico todo esto ¿no lo crees? pero de una forma muy agria. Dios, cómo detesto lo amargo.
Es irónico el pasar del tiempo. Como por ejemplo es irónico cómo hace tres años me salvabas y ahora me das la estocada final. Certera, fría, fuerte.
Y me surgen miles de preguntas, pero la única respuesta que obtengo es un olvido desolador, un golpe sordo. Cada espina, cada pequeño arañazo, cada cuchillo por la espalda están empezando a dejar de ser pequeños trámites.
Quizá las malas lenguas tengan razón y no te ha importado, o lo dejé de hacer hace mucho, y todo esto estaba premeditado y falto de excusa hasta que la encontraste. Tal vez todas las adulaciones no eran más que espejos y espejismos. Que todo este tiempo no ha sido más que encerrarse en un cuarto de espejos de todo tipo de lentes, y tú nunca estuviste realmente como decías que estarías.
Es irónico cómo ciegan algunas luces al final del túnel. Que lo inquebrantable se convierta en frágil y enfermo. Que las razones que nos unieron sólo me demuestren que todo acaba siendo polvo y cenizas. Y que lo desconocido se hace conocido en un respiro, y me pesa comprobar que también a la viceversa.
Y todo se quema, todo se incendia, todo lo haces arder una mañana nublada aparentemente rutinaria. ¿Sabes qué es lo mejor de prender fuego? Que durante el proceso es devastador, pero nunca jamás volverás a poder reponer nada, porque nada queda.
Así que, hoy, no pongo la mano sobre el fuego por ti. Esta vez contemplo cómo el crepitar de las llamas consume con fiereza las horas acumuladas, las tardes, las mañanas, los cafés, los paseos eternos, los inviernos malditos y las azoteas.
¿Sabes dónde acaba esta ironía? en ese preciso instante en el que descubro que eres tú quien observa desde el otro lado, y yo quien se intoxica dentro.
jueves, 17 de octubre de 2013
Sentimientos cordiales para heridas sin cerrar.
''He estado pensando sobre el tema, y creo que esta vez no me decantaré por la negativa. Sin embargo, he escrito unos cuantos puntos que veo necesarios e imprescindibles para esta ocasión, y espero (y creo) que no estarás en desacuerdo, y los aceptarás:
Nada de dos besos en la mejilla, porque ya sabes que odio la cordialidad. Tampoco cogeremos el transporte público, que no está la vida para darle el gusto al señor presidente. Caminaremos, pero no quiero ni un sólo silencio (cómodo o incómodo) que invite a decir cosas de las que uno luego se desentiende. Yo escogeré el sitio, pero no te creas que será más complicado que una cafetería. Nada de invitarme o de invitarte, sólo serán un par de cafés o quizá uno. No caeremos en el engaño de hablar sobre sentimientos o emociones demasiado fuertes que puedan acabar en otros temas aún peores. No se te ocurra llevarme al círculo, y mucho menos pasear. No muestres interés por el título del libro que saque al buscar mi cartera (reitero lo de pagar mi café). Ni un sólo reproche sobre el tabaco. Cuando crucemos la puerta de salida, cada uno tomará un camino, y nos despediremos con un 'gracias por la tarde, ya nos veremos'. Dejaremos un largo espacio de tiempo hasta que volvamos a renegociar el próximo encuentro (si es que hay próximo encuentro). No existirán los impulsos aparentemente ''idóneos''. Y no, no se te ocurra preguntar por mis ojeras.
Espero que no haya problema.''
martes, 15 de octubre de 2013
Se necesitan más que alas y huesos huecos para poder volar.
''Estás pensado demasiado'' me repito una y otra vez. Y ese maldito reloj marca la una, y no deja de sonar, una y otra vez ''tic-toc''. No lo aguanto más. Si alguien no lo para lo pararé yo. Y este edredón, odio este maldito edredón. Y la cama, se me está quedando grande, y esas cortinas, y el color de las paredes, y el maldito cuadro de París, y la Coca-cola encima de la mesa. Este maldito perfume, odio este maldito perfume y mi pelo que me asfixia, y el tiempo que no pasa o que no se para. Odio este maldito cuarto. Y ya que me pongo a maldecir, maldigo Madrid, y toda esa gente despreocupada, toda esa masa de gente despreocupada que ni siquiera sabe caminar sin arrollar a las personas, malditas sean todas. Y el edificio de Schweppes. ¿Es que nadie piensa parar todo ese ir y venir de los coches? El ruido, el rojo, el verde, el ámbar, y todos absortos en conversaciones banales e insustanciales, con esas risas escandalosamente picajosas, ¿es que nadie va a decirles algo?
¡Basta! Basta porque alguien debería parar toda esta farsa de gente entre la que ya no sé si hay personas o marionetas, ¿es que a nadie le preocupa? ¿es que a caso algo aquí merece la pena? Porque malditas las avenidas inmensas y las prostitutas de Montera, y el maldito barrio de Tribunal y las azoteas. Y ya vale de fingir síndrome de Stendhal, porque aquí no hay nada de bonito ni de asombroso. Y cuando digo nada, es nada. Ni la desdichada plaza de Sol, ni sus desgraciados artistas, ni ese señor tocando Coldplay, ni las míseras monedas en su funda de guitarra. Porque aquí hace mucho tiempo que las cosas han pasado de castaño a oscuro, y aquí hay más desgracias de las que uno se atrevería a contar, y ya no da para más, no da para más cubrirlas con esta ciudad fantasma que ya nada guarda, no esa magia que me solía hipnotizar. Y ahora que me pongo a maldecir, a lo mejor debería maldecirme a mi misma, porque esta ciudad sigue tal y como estaba, porque nada cambia más que esta necesidad de gritar entre el gentío que se me ha perdido el cuaderno, y las escrituras, y la cabeza, y qué se yo qué más. Y que tal vez maldito el momento en el que empecé a perderlo todo sin querer o queriendo. Y que tal vez maldito el momento en que queriendo o sin querer perdí hasta el suelto en los bolsillos.
'Si pudiera explicarte todos mis silencios. Sólo son laberintos en los que te pierdo. Viviría por ti, viviría por ti, como viven los valientes'.
viernes, 20 de septiembre de 2013
Nadie piensa arriesgarse a buscarte en las ruinas de tu ciudad. Nadie.
Hacía semanas que notaba aquella sombra en los ojos, la piel casi transparente, los huesos frágiles y aquella mirada fatigada, la que se perdía en cada grieta de las paredes de aquel magenta en las noches más irreversibles.
Repasaba delicademente las rosas estampadas del colchón con la yema de los dedos, mientras divagaba, como saltando entre ideas, ni siquiera recordaba cuántos días llevaba sin comer algo más consistente que un agrio yogur, ni tampoco recordaba en qué momentos cerraba los ojos para dormir y no para intentar olvidar.
Algunas noches ni siquiera sabía si respiraba. Era entonces cuando comenzaban las imágenes, destrozando cualquier rastro de cordura o salud mental, como si pudieran atravesarle la cabeza y el cuerpo.
Nunca había deseado empezar una guerra, frente a él sus murallas eran débiles, y aquel indestructible orgullo cubierto de hielo abrasador que le caracterizaba las hacía de papel seda. A veces deseaba no haber caído nunca, deseaba no haberse vuelto débil, se daba asco. Solía repetirse ''había sido siempre tan capaz''.
A veces se despertaba, pero nunca sacaba los piés de la cama. Otras sin embargo, se pasaba las mañanas arrancando hojas de viejos cuadernos, con la mirada clavada en el gotelé. Las demás estaban gobernadas por la rutina, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de sentirla.
Dicen que no hay mayor derrota que la de la perdición de uno mismo, su cuaderno de mano siempre tenía trazados a lápiz, pájaros, jaulas, balas.
Se sentía como todas aquellas tarjetas del bingo completamente usadas y tiradas en el suelo de las ferias ambulantes, aunque ella solía formar parte de la magia.
Una tras otra. Las botellas de vino vacías y The Shins endulzando la habitación. El olor a cítrico y la colonia fresca. Los gemidos y las respiraciones agitadas. Las tardes de lluvia y las noches sin dormir. La ciudad a través de sus ojos ebrios, las luces, su portal. El asiento del copiloto y las interminables conversaciones de cocina. Los paseos noctámbulos también. El vapor del amanecer en los cristales de la ventana de su coche.
Los gritos, las noches de insomnio... Las tardes de hastío. Las pesadillas. La cara inexpresiva frente al espejo cada mañana. Las ojeras. Las eternas esperas en la calle, donde nunca aparecía. El tiempo corriendo y ella resbalándose entre sus dedos, o quizá era al revés. El desprecio e impasibilidad que confesaba su vanidad. Siempre tan soberbio. Cada ''no seré yo quien me vaya'' esparcido por el suelo. A veces quería escupir tanto vacío que sentía su cabeza reventar. A veces deseaba golpear tan fuerte su pecho que se deshacía en la necesidad de caer agotada junto a él.
Aquel juego se había convertido en el monstruo que dormía bajo su cama. Entonces deseaba no dormir nunca. Pero siempre recurría al pensamiento irracional de las balas bajo la piel, a pesar de saber que él sujetaba aquel rifle con firmeza. Era enfermizo, auto-destructivo.
Hacía tiempo que caminaba por la cuerda floja, ella y su miedo a las alturas. Recuerdo la frecuencia con la que confesaba cuántas veces había deseado caer al vacío, también mi habitual pregunta. Ella siempre meditaba dos minutos exactos antes de contestar, siempre con aquella sonrisa torcida y la mirada perdida ''Al fin y al cabo, es mi miedo a las alturas lo que me hace sentir viva''.
Repasaba delicademente las rosas estampadas del colchón con la yema de los dedos, mientras divagaba, como saltando entre ideas, ni siquiera recordaba cuántos días llevaba sin comer algo más consistente que un agrio yogur, ni tampoco recordaba en qué momentos cerraba los ojos para dormir y no para intentar olvidar.
Algunas noches ni siquiera sabía si respiraba. Era entonces cuando comenzaban las imágenes, destrozando cualquier rastro de cordura o salud mental, como si pudieran atravesarle la cabeza y el cuerpo.
Nunca había deseado empezar una guerra, frente a él sus murallas eran débiles, y aquel indestructible orgullo cubierto de hielo abrasador que le caracterizaba las hacía de papel seda. A veces deseaba no haber caído nunca, deseaba no haberse vuelto débil, se daba asco. Solía repetirse ''había sido siempre tan capaz''.
A veces se despertaba, pero nunca sacaba los piés de la cama. Otras sin embargo, se pasaba las mañanas arrancando hojas de viejos cuadernos, con la mirada clavada en el gotelé. Las demás estaban gobernadas por la rutina, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de sentirla.
Dicen que no hay mayor derrota que la de la perdición de uno mismo, su cuaderno de mano siempre tenía trazados a lápiz, pájaros, jaulas, balas.
Se sentía como todas aquellas tarjetas del bingo completamente usadas y tiradas en el suelo de las ferias ambulantes, aunque ella solía formar parte de la magia.
Una tras otra. Las botellas de vino vacías y The Shins endulzando la habitación. El olor a cítrico y la colonia fresca. Los gemidos y las respiraciones agitadas. Las tardes de lluvia y las noches sin dormir. La ciudad a través de sus ojos ebrios, las luces, su portal. El asiento del copiloto y las interminables conversaciones de cocina. Los paseos noctámbulos también. El vapor del amanecer en los cristales de la ventana de su coche.
Los gritos, las noches de insomnio... Las tardes de hastío. Las pesadillas. La cara inexpresiva frente al espejo cada mañana. Las ojeras. Las eternas esperas en la calle, donde nunca aparecía. El tiempo corriendo y ella resbalándose entre sus dedos, o quizá era al revés. El desprecio e impasibilidad que confesaba su vanidad. Siempre tan soberbio. Cada ''no seré yo quien me vaya'' esparcido por el suelo. A veces quería escupir tanto vacío que sentía su cabeza reventar. A veces deseaba golpear tan fuerte su pecho que se deshacía en la necesidad de caer agotada junto a él.
Aquel juego se había convertido en el monstruo que dormía bajo su cama. Entonces deseaba no dormir nunca. Pero siempre recurría al pensamiento irracional de las balas bajo la piel, a pesar de saber que él sujetaba aquel rifle con firmeza. Era enfermizo, auto-destructivo.
Hacía tiempo que caminaba por la cuerda floja, ella y su miedo a las alturas. Recuerdo la frecuencia con la que confesaba cuántas veces había deseado caer al vacío, también mi habitual pregunta. Ella siempre meditaba dos minutos exactos antes de contestar, siempre con aquella sonrisa torcida y la mirada perdida ''Al fin y al cabo, es mi miedo a las alturas lo que me hace sentir viva''.
domingo, 8 de septiembre de 2013
B-SIDES
Tomé asiento en aquel gélido suelo. Y pensé que no me gustaba la vida. Rompí un par de platos baratos del ikea, el impacto y aquellos pedazos cayendo aleatoriamente por el suelo de mi cocina me hacían sentir más vacía, a pesar de exteriorizar lo que con palabras no podía.
Me gustan las cosas rotas. De hecho, mantengo la teoría de que las personas no son más que un ''algo'' roto. Como esos juguetes que esperan demasiado tiempo en una caja de cartón en un trastero o ático bañado de polvo y demasiadas cosas inútiles. No somos más que partes fracturadas de nosotros mismos, a veces unidos por cintas aislantes y remiendos imperfectos apurados en domingos demasiado existenciales. No somos más que un atajo de trastornos psicológicos incubados desde una infancia aparentemente normal. Mendigamos empatía y comprensión por falta de seguridad y capacidad para sacarnos adelante. Ni siquiera estamos programados para sobrevivir solos. ¿Qué clase de vida es esa? Dependemos de cosas tan abstractas e inexplicables como el ''amor'' o la ''felicidad'' y ni siquiera podríamos decir más de dos palabras sin balbucear si nos preguntasen que significado tienen para nosotros. Vivimos apegados a determinadas cosas materiales, a sentimientos, personas, sin tener un documento legal y fiable de que no nos harán daño o abandonarán, aún sabiendo de antemano que será así. ¿Qué clase de sociedad nos rodea? Porque si alguien con un poquito de conciencia y moral pudiese ver esto, lloraría. Lloraría de pena, terror, o de impotencia, y su cara no sería más agradable que ''el grito'' de Eduard Munch.
Sin duda apretaría el gatillo, con la misma facilidad con la que puedo acabar con la vajilla de mi casa.
Me gustan las cosas rotas. De hecho, mantengo la teoría de que las personas no son más que un ''algo'' roto. Como esos juguetes que esperan demasiado tiempo en una caja de cartón en un trastero o ático bañado de polvo y demasiadas cosas inútiles. No somos más que partes fracturadas de nosotros mismos, a veces unidos por cintas aislantes y remiendos imperfectos apurados en domingos demasiado existenciales. No somos más que un atajo de trastornos psicológicos incubados desde una infancia aparentemente normal. Mendigamos empatía y comprensión por falta de seguridad y capacidad para sacarnos adelante. Ni siquiera estamos programados para sobrevivir solos. ¿Qué clase de vida es esa? Dependemos de cosas tan abstractas e inexplicables como el ''amor'' o la ''felicidad'' y ni siquiera podríamos decir más de dos palabras sin balbucear si nos preguntasen que significado tienen para nosotros. Vivimos apegados a determinadas cosas materiales, a sentimientos, personas, sin tener un documento legal y fiable de que no nos harán daño o abandonarán, aún sabiendo de antemano que será así. ¿Qué clase de sociedad nos rodea? Porque si alguien con un poquito de conciencia y moral pudiese ver esto, lloraría. Lloraría de pena, terror, o de impotencia, y su cara no sería más agradable que ''el grito'' de Eduard Munch.
Sin duda apretaría el gatillo, con la misma facilidad con la que puedo acabar con la vajilla de mi casa.
miércoles, 27 de marzo de 2013
Goodnight, another bad morning.
Estoy corriendo, puedo incluso sentir como el corazón me perfora el pecho, me duele, no puedo parar. La última vez sabía de qué huía, y ahora está en todas partes, cuando miro hacia atrás, debajo de mi cama, dentro de ella, ¿soy yo?
Correr sin saber de qué se huye.
Es la misma ciudad, las mismas calles, las mismas luces, se mueven, tintinean, me persiguen y se reflejan en mi piel, una detrás de otra, anuncian el fin de algo que desconozco. Pero ya no queda tiempo, ni siquiera para respirar, ya no queda nada, nunca queda nada.
''Soy el héroe de esta historia, no necesito ser salvada'' me repito.
Siento su respiración en la nuca y no puedo acelerar el pulso. Me arden los pulmones, los ojos. Escupe su canción en mi oído, cuenta de diez a cero, la cuenta atrás, la cuenta final. Casi puedo sentirlo en mis talones, saborea el sudor que resbala por mi frente. Nada, de repente, nada. Todo pasa borroso ¿sabes? Como si hubiesen cambiado la escena sin pedirme permiso.
Una estación de tren. Estoy sola... ¿O no? La reconozco, la corrección con edding negro en el cartel, el río, el camino de vuelta iluminado por cuatro farolas que ni siquiera ahuyentan a las bestias que se esconden dentro. Las dos vías, el manto estrellado bajo el que estoy, las telarañas, el saliente pulido en piedra con un veintisiete grabado. El crepitar de los castaños. La respiración agitada, y el aliento helado que me susurra. Me tiene, y si me giro acabará conmigo, ¿a qué le tengo miedo? Estoy sola, siempre estoy sola. Miro atrás, me giro tan rápido como el orgullo mezclado con falsa valentía me lo permite. Y la veo, se eleva ante mi, ancestral, inamovible, insondable, oscura y tenebrosa: mi sombra.
Correr sin saber de qué se huye.
Es la misma ciudad, las mismas calles, las mismas luces, se mueven, tintinean, me persiguen y se reflejan en mi piel, una detrás de otra, anuncian el fin de algo que desconozco. Pero ya no queda tiempo, ni siquiera para respirar, ya no queda nada, nunca queda nada.
''Soy el héroe de esta historia, no necesito ser salvada'' me repito.
Siento su respiración en la nuca y no puedo acelerar el pulso. Me arden los pulmones, los ojos. Escupe su canción en mi oído, cuenta de diez a cero, la cuenta atrás, la cuenta final. Casi puedo sentirlo en mis talones, saborea el sudor que resbala por mi frente. Nada, de repente, nada. Todo pasa borroso ¿sabes? Como si hubiesen cambiado la escena sin pedirme permiso.
Una estación de tren. Estoy sola... ¿O no? La reconozco, la corrección con edding negro en el cartel, el río, el camino de vuelta iluminado por cuatro farolas que ni siquiera ahuyentan a las bestias que se esconden dentro. Las dos vías, el manto estrellado bajo el que estoy, las telarañas, el saliente pulido en piedra con un veintisiete grabado. El crepitar de los castaños. La respiración agitada, y el aliento helado que me susurra. Me tiene, y si me giro acabará conmigo, ¿a qué le tengo miedo? Estoy sola, siempre estoy sola. Miro atrás, me giro tan rápido como el orgullo mezclado con falsa valentía me lo permite. Y la veo, se eleva ante mi, ancestral, inamovible, insondable, oscura y tenebrosa: mi sombra.
domingo, 24 de febrero de 2013
COEXIST.
"El que teme sufrir, sufre de temor." Proverbio chino. Ya he vuelto al bucle, a rizar el rizo. No pensar, habíamos quedado en que no ibas a pensar más. Distráete, recrea. Nietzsche, leer Nietzsche. Dios no existe. Metáforas, metonimias, antropomorfismos. La moral cristiana va contra la naturaleza del ser humano. Lo que realmente va contra la naturaleza es ésta dichosa necesidad que me carcome. María, estás volviendo al principio. Relájate, toma aire. Qué irónico el vacío de mi pecho y lo lleno que está mi jardín de colillas. Joder, estás pensando otra vez. Abstraerse. Boson de Higgs, manchas solares, la constitución de 1812, las siete y veinte. Ya son las siete y veinte y estás en el punto de partida. Sigue. Napoleón en Chamartín, Bárbara tiene diarrea, serotonina, dopamina. No, ya estás yendo por el mal camino otra vez. Mayo, cerezas. Ya basta María. Side B, bancos, Opencor. Te estás pasando otra vez. Piel de porcelana, constelaciones, mirada enigmática. Joder, seré masoquista.
martes, 19 de febrero de 2013
Dulce introducción al caos.
''Nietzsche entiende que la realidad no tiene ningún significado en sí, bien que exista como un ser; tampoco existen hechos eternos, como tampoco existen verdades absolutas ni mundos metafísicos, ni un más allá, ni lo bueno ni lo malo en sí, pues lo primero no es más que una convención y lo segundo está motivado por la preservación de uno mismo.''
''¿A qué crees que has venido a este mundo?''. ¿A qué creo que he venido a este mundo? ¿A caso alguien podría responder a semejante cuestión? No sé, como quien gana la lotería, se despierta un Lunes o estornuda en medio de una discusión. Hay cosas que uno simplemente no entiende o carece de conocimiento para poder explicar.
Nacer. Morir. Se supone que entre ambos conceptos vivimos. Vivir. Supongo que he venido a este mundo a vivir. ¿Vivir? Vivir duele. Desde el primer momento en el que el conjunto de células forman un ser vivo, duele. Nacer duele. Respirar duele. Crecer duele. Aprender duele. Equivocarse duele. Madurar duele, ¡hasta las espinillas duelen! ¿Entonces? ¿Qué sentido tiene esto?
''La vida es un valle de lágrimas'' por San Agustín. Nacemos para morir y somos conscientes de ello, pero seguimos viviendo. Vivimos sufriendo e irónicamente, sufrimos para vivir. Y mientras tanto buscamos razones que jamás llegaremos a encontrar, los ''por qué'' que nunca tendrán una respuesta. Queremos conocernos y ni una vida basta, pero es la única que nos dan. Una oportunidad sin pronóstico alguno, que ni siquiera asegura una posible tarjeta verde.
Sin embargo, saltamos de los coches en marcha, fumamos, bebemos, nos metemos todo tipo de droga, rajamos nuestras muñecas, nos medicamos, matamos, corremos, nos precipitamos desde azoteas si es necesario. Amamos. ¿Con qué fin? Agarrarse a lo que nos ha sido concedido desde el minuto cero. Nos salvamos y nos perdemos pretendiéndolo, sólo por intentar sentirnos vivos y a veces conseguirlo. Encontramos una fuerza irracional e incomprensible dentro de cada alma (si es que en algún momento ha existido) que no sólo quiere ser, sino durar. Coexistir, sobrevivir, establecerse, estar. Respirar. Respiramos aún sabiendo que ello nos oxida.
Estamos divididos en dos partes, una de ellas extasiada por sentirse desgraciada y la otra intentando salir a flote. En nuestras manos queda la decisión de saber a qué acera nos apetece pertenecer.
''¿A qué crees que has venido a este mundo?''. ¿A qué creo que he venido a este mundo? ¿A caso alguien podría responder a semejante cuestión? No sé, como quien gana la lotería, se despierta un Lunes o estornuda en medio de una discusión. Hay cosas que uno simplemente no entiende o carece de conocimiento para poder explicar.
Nacer. Morir. Se supone que entre ambos conceptos vivimos. Vivir. Supongo que he venido a este mundo a vivir. ¿Vivir? Vivir duele. Desde el primer momento en el que el conjunto de células forman un ser vivo, duele. Nacer duele. Respirar duele. Crecer duele. Aprender duele. Equivocarse duele. Madurar duele, ¡hasta las espinillas duelen! ¿Entonces? ¿Qué sentido tiene esto?
''La vida es un valle de lágrimas'' por San Agustín. Nacemos para morir y somos conscientes de ello, pero seguimos viviendo. Vivimos sufriendo e irónicamente, sufrimos para vivir. Y mientras tanto buscamos razones que jamás llegaremos a encontrar, los ''por qué'' que nunca tendrán una respuesta. Queremos conocernos y ni una vida basta, pero es la única que nos dan. Una oportunidad sin pronóstico alguno, que ni siquiera asegura una posible tarjeta verde.
Sin embargo, saltamos de los coches en marcha, fumamos, bebemos, nos metemos todo tipo de droga, rajamos nuestras muñecas, nos medicamos, matamos, corremos, nos precipitamos desde azoteas si es necesario. Amamos. ¿Con qué fin? Agarrarse a lo que nos ha sido concedido desde el minuto cero. Nos salvamos y nos perdemos pretendiéndolo, sólo por intentar sentirnos vivos y a veces conseguirlo. Encontramos una fuerza irracional e incomprensible dentro de cada alma (si es que en algún momento ha existido) que no sólo quiere ser, sino durar. Coexistir, sobrevivir, establecerse, estar. Respirar. Respiramos aún sabiendo que ello nos oxida.
Estamos divididos en dos partes, una de ellas extasiada por sentirse desgraciada y la otra intentando salir a flote. En nuestras manos queda la decisión de saber a qué acera nos apetece pertenecer.
martes, 12 de febrero de 2013
La mecánica del corazón
''Cuando tengo mucho miedo, noto que la mecánica de mi corazón patina hasta tal punto que parezco una locomotora de vapor en el momento en que sus ruedas chirrían en una curva. Viajo sobre los raíles de mi propio miedo. ¿De qué tengo miedo? De ti, en fin, de mi sin ti. El vapor, pánico mecánico de mi corazón se filtra por debajo de los raíles. Nuestro último encuentro aún está tibio, sin embargo, tengo tanto frío como si jamás te hubiera encontrado ese día, el día más frío del mundo''.
martes, 29 de enero de 2013
Just follow my yellow light and ignore all those big warning signs.
En el techo de aquel salón podía imaginar cada constelación aferrada a su mito.
Podía ver a Andrómeda siendo salvada por Perseo, de la misma forma que tú lo estabas haciendo conmigo.
El tiempo jugueteaba entre tus lunares, concretamente entre aquellos que forman la Osa Mayor. Aquél helado belga luchaba contra el calor de una madrugada cualquiera de Julio, aún sabiendo que acabaría siendo derrotado. Sonábamos como un viejo vinilo de Bob Dylan, dos latidos no tan mal acompasados, no tan diferentes.
Te movías por aquella habitación como si respirar fuese fácil. Quería ser el oxígeno que se colase por tus pulmones, quería desenvolverme y deshacerme, pero contigo. Quería ser el último suspiro, pero tuyo. Rozabas con cuidado mi piel, comparándola con la porcelana, me observabas, casi conseguía ser aire, y cicatrizaban las balas, los arañazos, las ventanas rotas y aquellas heridas que supuraban siempre que decidías cruzar el perímetro de necesidad agonizante.
Deseaba que jamás atravesaras aquella puerta, me sentía como un perro a tus pies, pidiendo que aquella noche se hiciese eterna, convirtiéndome en tu nación, dejando mi bandera a un lado sin que tú siquiera fueses consciente.
Lo conseguías, me devolvías el pulso, pintabas, saliéndote de la línea pautada. No había monstruos que matar ni pesadillas oníricas que me persiguiesen. Aparecías como si ya nada nunca más pudiese tocarme, cubrías cada milímetro de mi cuerpo como un eclipse lunar, luz aural.
Y cuando llegaba el momento en el que sólo quedaba la sombra de tu silueta en aquella tela de color rojo apagado, cerraba los ojos, fuerte, tan fuerte como pedía que por algún casual, volvieses, una y otra vez, volvieses, siempre.
Podía ver a Andrómeda siendo salvada por Perseo, de la misma forma que tú lo estabas haciendo conmigo.
El tiempo jugueteaba entre tus lunares, concretamente entre aquellos que forman la Osa Mayor. Aquél helado belga luchaba contra el calor de una madrugada cualquiera de Julio, aún sabiendo que acabaría siendo derrotado. Sonábamos como un viejo vinilo de Bob Dylan, dos latidos no tan mal acompasados, no tan diferentes.
Te movías por aquella habitación como si respirar fuese fácil. Quería ser el oxígeno que se colase por tus pulmones, quería desenvolverme y deshacerme, pero contigo. Quería ser el último suspiro, pero tuyo. Rozabas con cuidado mi piel, comparándola con la porcelana, me observabas, casi conseguía ser aire, y cicatrizaban las balas, los arañazos, las ventanas rotas y aquellas heridas que supuraban siempre que decidías cruzar el perímetro de necesidad agonizante.
Deseaba que jamás atravesaras aquella puerta, me sentía como un perro a tus pies, pidiendo que aquella noche se hiciese eterna, convirtiéndome en tu nación, dejando mi bandera a un lado sin que tú siquiera fueses consciente.
Lo conseguías, me devolvías el pulso, pintabas, saliéndote de la línea pautada. No había monstruos que matar ni pesadillas oníricas que me persiguiesen. Aparecías como si ya nada nunca más pudiese tocarme, cubrías cada milímetro de mi cuerpo como un eclipse lunar, luz aural.
Y cuando llegaba el momento en el que sólo quedaba la sombra de tu silueta en aquella tela de color rojo apagado, cerraba los ojos, fuerte, tan fuerte como pedía que por algún casual, volvieses, una y otra vez, volvieses, siempre.
sábado, 5 de enero de 2013
He shot me down. I hit the ground.
No había oxígeno en mis pulmones. El dolor punzante y mi mano rígida intentando que no supurase la herida hacía que mis dedos cansados intentasen contener aquel penetrante e insonoro palpito. Resbalé hasta tocar el suelo, las imágenes se distorsionaban. Mis manos ensangrentadas, completamente vestidas de rojo. Hacían un bonito contraste con la palidez inhumana que solía caracterizarme. ¿Un tiro? ¿Quizás alguien en un acto cobarde había decidido embestirme? ¿La adrenalina o la confusión me habían evitado recordar qué era ficticio o qué había pasado antes de encontrarme con aquel charco amargo?
Retorcí aturdida mi anatomía. Dolía. Dolía hasta dejarme sin consciencia por intervalos de escasos minutos. No existían labios rosados ni ojos brillantes, sólo pelo alborotado que dibujaba una tétrica escena en cualquier callejón, del cual ni siquiera recordaba la vuelta, la vuelta a casa. ''Volver a casa significa compartir cama con el monstruo que habita debajo'' me repetí.
Volvían los incesantes pinchazos en la cabeza, ''¿moriré?'' pensé. Yo ya llevaba muerta mucho tiempo como para que aquella cuestión pudiese importarme algo.
El eco de mi respiración cesaba lentamente mientras las pulsaciones hacían su último fade, al compás de aquella intermitente farola. Parecía querer escribir el capítulo más digno de una tragedia de Shakespeare.
Existe un antes y un después en la vida de cada persona. ¿De qué huimos? De los fantasmas del pasado, los que se disfrazan para evitar que descubramos quienes son realmente: nosotros mismos.
Resignarse es perder el pulso. Levantarse es desgarrarse la piel. Esperar es consumirse. Luchar es perder el poder de sentir. No importa de qué forma nos enfrentemos a nosotros mismos, lo realmente importante es saber que seguimos siéndolo.
El paso más vertiginoso, el que decide si seguimos vivos o muertos, no es aquel en el que nos damos cuenta de que nos estamos desangrando, es aquel en el que hallamos el cristal roto en nuestras manos, el cual, encaja de forma perfecta con la profundidad, diámetro y gravedad de la herida.
''No hay nada que temer salvo la propia soledad''.
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